“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2011-12-24

Luz III

         Ver Luz y Luz II

  -¡DESPIERTA, LUZ! ¡DESPIEEEEEEEEERTA!

  Abrí un ojo.  Di un respingo. Era Lish, que mostraba una sonrisa de oreja a oreja muy cerca de mí, quizá lo suficiente para matarme de un susto.

  Me incorporé de un salto. 
-Lish, cuantas veces te he dicho que no...-susurré, volando  del mareo como una mosca borracha . 
-Vamos, Luz, ¡es Navidad!-exclamó, haciéndome explotar los tímpanos. Saltó de la cama como si se tratara de un trampolín,  y abrió las cortinas. 
-¡Está nevando! ¡Luz, nieva! ¡Está ne-van-do!-gritó, correteando por la habitación. En efecto, un glaseado de plata titilaba en el amanecer dorado. 
-¡Ya te he o-i-do!-contesté, sonriendo. 
-Luz, te quiero requetemuchísimo.-me dijo, con una sonrisa de mil maravillas. 
-Yo también, cariño.-le di un beso en la frente.-Hoy vístete muy guapa, ¡que es navidad!
-¡De acuerdo, Luz! ¡Hoy voy a brillar como la estrella del árbol de Navidad! ¡Ya lo verás!

  Ese día Lish se puso un gran vestido de terciopelo gris que le llegaba hasta las rodillas y unos botines del mismo color. Además, se hizo un esplendoroso moño decorado con brillantes trozos de delicado cristal anudados entre sí. Pero lo más hermoso de ella era su preciada ilusión, que centelleaba en sus ojos cual estrella luminosa. Y su sonrisa de  ricos hoyuelos...¡qué alegría era verla así!  

  Bajamos a desayunar con el corazón latiendo a mil por hora. Lish estaba emocionadísima, y no paraba de repetir que era el mejor día de su vida. Si hubiera sabido...

  Desayunamos té y pastas, pero Lish no pudo probar bocado por los nervios. Yo me conformé con una deliciosa miga de un extraño dulce que jamás había probado.

  Lish y yo dedicamos la mañana a las manualidades. Hicimos guirnaldas de papel de plata, decorados para el árbol de Navidad, e incluso le ayudamos a mamá Aò dài té a hacer su famosa receta secreta (que no puedo precisar) para la gran cena familiar que se celebraría en nuestra casa. Parecía todo tan maravilloso...

  Hacia el mediodía Lish y yo salimos a hacer recados de última hora. Había que comprar pan, algún postre y el regalo de la tía Hortensia, de la que habíamos recibido esa misma mañana una carta en la que anunciaba  que se presentaría a la tradicional ceremonia de Navidad de la familia de Lish. 

  -Lish, abrígate, estrellita; fuera hace un frío...-aconsejó mamá  Aò dài té. 
-¡Sí, mamá!-canturreó Lish, contenta. 

  La madre de Lish tenía razón, en el exterior hacía una temperatura helasupermegafriísima.  Todo el encantador pueblo Dalia brillaba bajo una mágica película de cristal perlado. Ah, por cierto, Dalia es el pueblo en el que tenemos el honor de vivir. Está situado en algún lugar lejano, en el valle Garden. Este ondulante y tranquilo valle se halla en la falda del carismático monte Colmillo, que roza el cielo con su  punta, siempre rodeada por un mar de algodonosas nubes. Se dice que nadie hasta hoy ha podido presenciar el final de esa majestuosa torre natural. El final del valle Garden está pintado con un magnífico acantilado contra el que explotan las estruendosas olas del siniestro mar. Los que conocen muy bien la zona, aseguran que entre la roca quebrada de este acantilado sin nombre hay una pequeña cala de arenas blancas. 

  El caso es que Lish y yo salimos al hermoso exterior con fascinación.  En el portal de casa había una preciosa cesta de Navidad. Como todos los años, la gente del pueblo hacía este singular regalo a aquella familia que le hubiera pintado alguna vez una sonrisa. Todo habitante de Dalia añadía un presente, y, poco a poco, se llenaba la generosa ofrenda del pueblo. Como siempre, había una postal del pintor de la aldea, con un mensaje que se repetía cada Navidad: "Gracias por ser como sois".  Es una singular manera de querernos. 

  Las calles estaban decoradas con luces de colores y papeles dorados. Los decorados de las tiendas aportaban mucho a la acogedora imagen de esa maravillosa época de felicidad. Fuimos a la panadería de los McGuire. Habían decorado su tienda con velas de todo tipo, que daban a la estancia de madera un ambiente dulce. El lugar olía de maravilla, como siempre.
-Hola,  Yà lì shān dé lín.-saludó la señora McGuire, abrazando a Lish con cariño. La señora McGuire era una mujer rechoncha, de ojos azules y maneras dulces. Todos la queríamos mucho-¿Qué tal está tu madre? ¿Ya ha encontrado ese precioso broche que se le perdió? 
-Sí, señora. Resultó que estaba en el baño, debió de caérsele al limpiarse las manos.-respondió Lish, educadamente. 
-Ah, menos mal. Bueno, preciosa, ¿que deseas?-dijo con dulzura, volviendo a su puesto tras el escaparate. 
-Cuatro barras de pan, por favor. Y algún postre para esta noche.-añadió Lish, comiendo con la mirada los dulces que se exponían aquel día en el mostrador. 
-Mmmm...Algo especial para un momento especial...-pensó la amable señora, rascándose la barbilla. En aquel instante entró en la estancia el bueno del señor McGuire, llevando una humeante bandeja con una apetitosa tarta de moras. 
-Decidido.-sonrió Lish, lamiéndose los labios.-Me llevo esa.

  Cuando salimos de la panadería de los McGuire, nos dirigimos a la casa de Eleanor. Era una muchacha extranjera que había venido hace pocos años con su hijo Manuel. Era florista, y en su invernadero cuidaba con cariño todo tipo de flores exóticas que vendía a los pueblerinos. Era una chica muy amable y generosa, y en cuanto vino todos nos encariñamos con ella y su tímido hijo. 

  -Luz, estoy nerviosa. Jamás he visto a la tía Hortensia, y temo que no sea la persona que todos esperamos. Sin embargo, ni se molesta en asistir a los eventos familiares.-murmuró Lish, perdiendo la vista en el cielo encapotado. 
-Pequeña hada, sabes que no la conoces porque vive muy lejos, en un lugar desconocido y diferente. Debe de costarle un esfuerzo viajar hasta aquí, ¿no crees? Y si este año viene, es porque ha asumido la enorme responsabilidad de viajar sola atravesando lugares peligrosos. Y todo por estar con nosotros. Es un acto muy valiente, y se lo agradeceremos como es debido. 

  Eleanor nos recibió (o, mejor dicho, recibió a Lish, pues a mí no me veía) con una sonrisa.
-Hola, pequeña y dulce criatura.-Se asomó a la calle, aún en bata-¿Vienes sola, encanto?-"¡Nooooooooooooooooo, viene  conmigo!" quería gritarle, pero, como siempre, me mordí la lengua. Era horrible para mí el hecho de que nadie me tomara en cuenta, que yo no fuera más que una sombra en el viento, sin nombre ni identidad. Miré a Lish. Era lo único que me hacía sentir en casa, pensé. Me abracé a su cuello, sensible. 
-Sí, mamá me ha enviado a hacer unos recados. ¿Podrías venderme una flor? Es que necesito un regalo de última hora y...
-A, entiendo, pasa, pasa...-ofreció, haciéndose a un lado. 

  Eleanor era una joven preciosa, de pelo rizado y ojos melosos. Siempre estaba de buen humor, y en su tiempo libre se dedicaba a regalar caramelos que ella misma preparaba a los niños del pueblo. Era el ídolo de todos, y como una hermana para Lish. 

  Cruzamos la modesta pero acogedora casa de Eleanor, repleta de hermosos cuadros de Cicerón, el pintor del pueblo. Eran grandes amigos, y estaban todo el día intercambiando regalos. 

  Llegamos al magnífico invernadero de la joven. Era una preciosa cabaña con luminosos ventanales por pared. La tibia luz del sol pintaba el lugar con sus suaves colores. Estaba lleno de cómodas sillas de mimbre y plantas de todo tipo que le daban al sitio un encanto natural. Además, la temperatura era siempre cálida y de ensueño. 

  Eleanor mostró a mi niña las plantas silvestres más hermosas que cabe imaginar. Pasó el tiempo, y Lish se decidió por una resplandeciente flor de tallo blanco, con  pétalos púrpura y destellos dorados . Eleanor le puso a la planta un  lazo dorado y nos despidió. Insistió en regalarnos la flor, y, por mucho que Lish se negó a aceptarlo, la muchacha no se movió ni un centímetro en su decisión.
-Adiós, dulce niña, y saluda a tu tía de mi parte. ¡La flor le encantará, ya lo verás!-se despidió, sonriente. 

  Regresamos a casa dando un paseo por las pintorescas callejuelas de Dalia, siempre tan maravillosas. 

  En una bocacalle, cuando salimos a la plaza del pueblo, nos encontramos cara a cara con Helena. El corazón me galopó desenfrenadamente, y sentí frío. Su soñadora mirada se posó en Lish, y sonrió con coquetería. Mi pequeña se quedó quieta y tensa, sin saber cómo reaccionar. Yo contuve la respiración. Pasaron dos eternidades, y mi odio se convirtió en ira. Sin embargo, tenía ante mí a la dueña de la criatura que había intentado separarnos a Lish y a mí. El alma me sangraba al recordar que casi lo logró.

  -¡Hola, Yiyí!-exclamó con alegría, como si realmente no hubiera pasado nada. Lish no respondió. Frunció el ceño y apretó los puños hasta que los nudillos se le quedaron blancos. Helena le lanzó una mirada desconcertada.
-Yiyí ...¿te encuentras bien?-susurró, acariciando la mejilla de mi hada. Lish clavó una mirada melancólica en su ex amiga, triste pero afilada. 
-¿Cómo te atreves a dirigirme la palabra, serpiente?-murmuró, apartando la mano de Helena secamente. 
-No te entiendo, Yiyí...-dijo la niña con un hilo de voz, intentando abrazar a Lish. Sus ojos iban adquiriendo brillo. Por un instante, me enternecí. Luego recordé el daño que nos había hecho esa cruel criatura disfrazada de inocente niña. 
Lish apartó a Helena de su lado con un empujón. A Helena le flaquearon las piernas, y cayó en la nieve con estrépito. Sus mejillas se sonrosaron, y de sus ojos emergieron tristes lágrimas cristalinas que se fundieron con la nieve. El miedo se leía en sus ojos que incubaban agua de diamante. 
-¡Estás loca!-gritó Helena, incorporándose y corriendo en llantos a su hogar. Lish la siguió con la mirada, con un reflejo de arrepentimiento en su sombría expresión. Volé a su cuello y la consolé con palmaditas y palabras dulces. Entonces me di cuenta de que una niña nos miraba fijamente desde el otro lado de la plaza. Estaba llorando, y en su rostro se veía el miedo. La pequeña corrió a la falda de su madre, y nos señaló con un dedo acusador. Su madre nos miro de reojo con indignación, y cuchicheó algo al oído de la mujer que se hallaba a su lado. Pronto toda la plaza estaba rumoreando sobre Lish, y miradas furtivas se escapaban con desprecio hacia ella. Mi hada respiró hondo y cruzó la plaza con paso rápido, conmigo al hombro. Fue humillante sentir todas las miradas clavadas en mi disgustada niña triste. 

  No hablamos en todo el camino, y, ya en casa, nos dirigimos directamente al cuarto de Lish. Allí, sin intercambiar palabra alguna, le preparé un baño caliente, lo que siempre levantaba el humor de la pequeña. 

  Pero eso tampoco funcionó, Lish seguía en aquel estado de tristeza contenida. Si al menos llorara y se desahogara un poco...

  La mamá de Lish, intuyendo en su soledad un problema sentimental, subió a su cuarto con una taza de humeante chocolate caliente. Estuvieron hablando largo rato (mejor dicho, la madre de Lish habló, pues ella no separó los labios de la taza). No logró sacarle nada, y, rendida, se apresuró a bajar para adelantar los preparativos de la noche. 
-Por cierto, estrella de luz,-dijo, ya en el umbral de la puerta-tal vez esto te anime:una amiga tuya va a venir esta noche a cenar con nosotros, ya que sus padres están muy ocupados. Había reservado la sorpresa para luego pero...creo que ahora la necesitas más. 

  La sorpresa vino hacia las ocho de la tarde. Tenía un gran despampanante abrigo rosa  y una mueca de desagrado. La habían traído obligada, según parecía.
-¿¡¿Tú?!?-exclamó Lish, mirando a su madre con odio.
-Yo no quería venir. No me han dejado otro remedio.-masculló Lisa de mala gana. Dejó su vistoso abrigo en la percha y entró en la casa sin la menor educación. 
-¡Adiós, queridaaaaaaaaaaaa!-chilló su madre, con una sonrisa falsa en los labios pintados con un cegador color rojo. Sus padres les dieron las gracias a los padres de Lish por cuidar a Lisa y se fueron, felices por haberse librado de su exigente hija. 

  Su madre  obligó a Lish a ir con Lisa, y esta obedeció maldiciendo entre dientes. A mí me dio lástima, y decidí consolarla. Pero, aunque lo disimulara, yo sabía que mi niña seguía angustiada por lo de Helena. ¡A la pobre solo le faltaba hacer de criada de una víbora como Lisa!

   
  Lish estaba de pie, con la mirada más oscura que nunca,  el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho. Lisa, en cambio, se hallaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas y un rostro sereno e indignado. El fuego de la chimenea crepitaba sobre sus brasas, el gran reloj de la sala marcaba las ocho y media con sus ruidosas agujas que tensaban el ambiente.
-Yo no quería venir.-repitió secamente Lisa, mirando a Lish de reojo.
-Yo tampoco quería que vinieras.-respondió Lish, en el mismo tono. Pellizqué a Lish en su cuello desnudo por sus malas maneras. Ella se hizo el gesto de limpiarse el hombro para tirarme de mi puesto.  ¡Desagradecida!
-Siento estropearte tus…maravillosas Navidades.-dijo, mirando a su alrededor con desprecio.- ¿A esto le llamáis una fiesta?
-Eso era hasta que llegaste.-dijo Lish, subiendo las escaleras de caracol que conducían a su habitación. Lisa se quedó sola en el salón, rumiando maldiciones. Yo volé con mi hada.

  Lish estaba acurrucada en su cama, acariciando su conejo de peluche. Se mordía el labio inferior, con los ojos brillantes de lágrimas.

  -Lo siento, amor. Sé que este ha sido un día difícil para ti. Pero sabes que siempre me tendrás a tu lado para consolarte, pase lo que pase. Lo demás, caramelito, es pasajero.-susurré con una triste sonrisa. Acaricié la mejilla de mi hada.-Sonríe, pequeña, la sonrisa es la mejor medicina. Ilumina al mundo con tu alegría, cariño. 
-Déjame sola, elfina.-gruñó, dándome la espalda.
-De acuerdo, corazón herido, reflexiona. Estaré en el jardín, si necesitas algo.-Y, sin esperar respuesta, salí volando por la ventana. 

  El ambiente era fresco y tranquilo. El jardín de Lish es precioso. Tenía un antiguo roble, un majestuoso árbol de ramas nudosas y hojas brillantes y enigmáticas. También había flores de tonos tibios, y sinuosas enredaderas que decoraban las paredes con sus cabellos verdes. La noche nacía en el valle Garden, y el cielo se teñía de azul océano, con sus espumosas nubes negras y el fascinante faro de nívea luz que aparece cada noche. La hierva se vestía de colores pálidos, y las bellas luciérnagas de vestidos estrellados vagaban en el valle cual mágicas nubes de fantasía. 

  Volé junto con una noble mariposa de alas rosáceas, observando el elegante batir de su ondulante vuelo. Y así, en el sagrado silencio de la plácida noche, sentí por primera vez la gélida presencia de la soledad. Algún día Lish decidiría dar comienzo a una nueva vida, un día a día libre e independiente. Y, entonces, ¿qué sería de mí? Tuve miedo. Volvía a ser egoísta, y me sentía como aquél día en el que el efecto del agua me hizo humana. Me sentí insegura y frágil, y lloré sobre el hermoso crepúsculo. Esa no era yo, no podía serlo. Lish era mi vida al completo, el fruto de mi existencia, pero al imaginar una vida sin ella había encontrado mi lado egoísta. Y eso no era bueno.  Me sequé las lágrimas, intenté controlar mis sentimientos y regresé a la habitación de Lish.


  Estábamos todos en el salón. La madre de Lish había preparado pastas, que los invitados agradecían con sonrisas y palabras amables. El padre de mi hada hablaba con el herrero del pueblo sobre no sé qué de las cañerías (siempre tan ingenioso), con una pipa en la boca y mirada enigmática. Los niños se entretenían jugueteando en el sótano, y Lish y Lisa intercambiaban miradas de odio. La velada transcurría muy lentamente. El reloj casi se había parado.


  Fue un instante de confusión. Un rayo explotó en el cielo, y un estremecedor trueno rugió e hizo temblar todo el valle. Las lámparas se apagaron. El fuego de la chimenea se extinguió. Las contraventanas y puertas se abrieron, y del hogar de Lish se apoderó un gélido silencio. El frío aire de la noche se coló por la puerta principal, que dejaba entrever el  ceniciento cielo. Y una oscura silueta entró a grandes zancadas a la estancia. Todos aguantaron la respiración. Se escucharon los gritos de los niños, que había presenciado el terrible espectáculo. Hubo un golpe sordo. Más tarde sabrían que la pobre señora McGuire se había desmayado. 


  Era una figura envuelta en una gruesa capa, que ondeaba con el fuerte vendaval que se desataba fuera. Poseía un rollizo bastón de madera. Sus ojos brillaban bajo la capucha, amenazadores. Un fuego helado se adueñó de mi pecho.   


  La luz de la luna se apagó, cubierta por un telón de negras nubes. La oscuridad inundó todo el pueblo. 



  -¿Yà lì shān dé lín?-susurró una voz grave y áurea, como el sonido de las olas al hincharse para abatir el muelle. La madre de Lish la envolvió con un abrazo protector. Percibí que sus manos temblaban.
-¿Yà lì shān dé lín?-repitió el visitante encapuchado,  con la voz más ronca que antes. "No dejaré que te haga nada, pequeña. No te tocará mientras yo siga viva" dije telepáticamente a Lish. Su madre le acarició la frente, tranquilizadora. Pero yo sabía que quien más temía en aquel instante era ella misma, no la niña. Porque mi hada es fuerte, valiente y audaz. Y en ese momento no tenía necesidad de leerle el pensamiento para saber sus intenciones. 
-Soy yo.-vociferó, adelantándose un paso y liberándose de su madre, que le rogaba quedarse con una mirada acuosa. Yo la acompañé a vuelo, preparada para reaccionar. Las elfinas seremos maternales y cuidadosas, pero, cuando se trata de la seguridad de nuestras hadas...  

  Mi joven hada se abrió paso entre la muchedumbre, robando todas las miradas confusas de la multitud. Su corazón naufragaba en un océano de siniestras dudas, pero su valentía hinchaba las velas de su voluntad.  El destino barajaba con malicia las cartas de la suerte de Lish, mientras esta se exponía a la furia del temporal. 

  De la oscura túnica del encapuchado manó una mano blanca como la nieve. El delicado miembro ascendió hasta la mejilla de la pequeña Lish, para posarse con suma delicadeza en su piel de porcelana. Mi hada contenía la respiración, mientras sus ojos de tigresa escrutaban la oscuridad de más allá de esa enigmática capucha. 

  -¿Quién eres?-preguntó en un susurro, mientras esos dedos inquietantes resbalaban hasta la barvilla de Lish para perderse de nuevo bajo el grueso manto.  
-¿No sabes quién soy?-habló de nuevo esa fascinante voz como de un oleaje furioso que ponía los pelos de punta. Mi dulce niña negó con la cabeza levemente, como si estuviera en un letargo mental, aturdida por las emociones del momento. Un fuerte viento azotó el umbral de la casa. Se escuchó un crugido, probablemente de madera. Las luces parpadearon. Se encendieron lentamente, como por arte de magia. 

  Y, por primera vez, el encapuchado descubrió su rostro. 

  Jamás creí que una  mirada mágica pudiera hacerme sentir...humana.

  

  

   

  


  


2011-11-28

Un Dulce Caramelo



  Una niña de boca de rosas y ojos vidriosos encontró aquél día un pequeño gato blanco. El animal la miró con su mirada de océano, y ella posó una mano sobre su lomo tembloroso. 

  Al retirar sus dedos del suave pelaje del cachorro, los vio pintados de rojo. 
-¿Qué te ocurre?-preguntó al gatito. El animal no respondió, y sus grandes ojos de zafiro se humedecieron con el rocío de la tristeza. La niña asintió, intuyendo la melancolía de la criatura.
-Ahora vuelvo.-anunció, despidiéndose con la mano del gato. La niña se alejó corriendo, y volvió pasado el tiempo. Entre sus pequeñas manos de cisne traía un envoltorio dorado. Lo abrió, y descubrió un caramelo. 
-Toma, es para ti. Lo necesitas más que yo. Mamá dice que, cuando te pones triste, la dulzura es la mejor medicina.-dijo con voz de miel, entregando al pequeño gato su valiosa posesión. El pequeño animal lamió la golosina, para acto seguido acurrucarse en el regazo de la niña. Esta le cantó una nana que su madre le recitaba al dormir, meciéndolo entre sus brazos. Escuchando el latido de su corazón. El gato herido ronroneaba, a pesar de estar más sangrante que el día.

  El sol se precipitó entre los tejados de rubí, y la noché cayó sobre la luz, cual velo azulado. 


  La niña se durmió en la penumbra. Sus pestañas de azabache batían las alas del sueño. 


  Al despertar, ya había amanecido. El pecho del gato ya no flameaba, ni su cuerpo llameaba. Su mirada celeste se perdía en el cielo.
-Buenas noches-susurró la niña. Y desapareció con los rayos de oro que vertía el cielo.

2011-11-26

La Falda Rosa

   -¡Lucía!-aulló mi hermana a un minúsculo pelo de mí. Me tapé las orejas con ambas manos, cerrando un ojo y arrugando mi nariz.
-¿Qué quieres, Marta?-gruñí.
-¡Buenos días, hermanita!-dijo ella, con voz cantarina, alejándose dando saltitos rumbo a la cocina.

  La leche estaba demasiado caliente, y terminé de desayunar con la lengua quemada. Marta y yo corrimos al baño en estampida, dando empujones por entrar primero al baño.
-¿Me dejaf tu fffalda rofa?-me preguntó, con la boca llena de pasta dental.
-No. Hoy me la voy a poner yo.-mascullé, esperando en el pasillo con impaciencia.
-Eff menfira, lo haf dixo pofque te la he pedido.-acusó ella, señalándome con la boca aún llena de pasta dental.
-Di lo que quieras.-dije, bostezando.
-¡Cruel!
-Estúpida.
-¡Malvada!
-Sapo pestilente, acaba de una vez, por Dios.-añadí, irritada.
-¡Se lo diré a mamá!
-Bien.
-Bien.
-¡Bien!-le grité, mirándola con provocación. No acabó bien para ninguna.

  Marta me lanzó una mirada de odio y salió corriendo para llorarle a mamá. Yo me quedé ahí, de brazos cruzados, terca. Nuestra madre nos castigó a no salir aquella tarde. Nos cayó una gran regañina, y salimos galopando de casa, con las mejillas rosas y un tenso silencio de por medio.

  La falda se quedó en mi armario.

  Llegamos a clase tarde, resoplando y coloradas por la carrera. La profesora nos echó al pasillo a meditar el concepto de la “puntualidad”.

  -Eres una inconsciente. ¡Mira que decirle a mamá que no te dejo mi falda! ¡Ya sabes lo que pasa cuando se entera de nuestras pequeñas discusiones! ¡Salimos las dos perdiendo!-gruñí, frunciendo el ceño.


-Y tú eres una egoísta. ¿Dónde está tu falda, eh?
-Es de mi posesión, la compré con mis ahorros y me pertenece. Puedo hacer lo que quiera con ella.
-¡Todo menos prestársela a tu hermana! ¡Parece que no me quieres!-susurró Marta, poniendo esos ojitos de cordero degollado que hacen a una sentirse culpable.
-¡Oh, no! ¡Eso no!-exclamé, cerrando los ojos.-¡Esta vez no vas a salirte con la tuya!
-Pero si en el fondo tú me quieres, Lucía. No puedes negarlo.-añadió con voz dulce, dándome un beso en la mejilla.
-No sigas.
-¿Por qué?
-Por favor, Marta, para.
-Mírame a los ojos.
-No
-Mírame, hermanita.
-No quiero.
-Sí que quieres, Lucía. Sé que tu corazón es tierno en el fondo.

  -Lo siento. Mañana te dejaré mi falda rosa. Te quiero muchísimo, hermana mía de mi alma. ¿Contenta?-murmuré, desesperada. Intenté sonreír.
-Gracias, Lucía. Es muy bonito por tu parte.-sonrió, resplandeciente.

  Al día siguiente, mi falda rosa se quedó en el armario. Y el siguiente, y el siguiente.
-¿No te vas a poner nunca mi falda? ¿Esa que tanto adoras?-pregunté un día a mi hermana, curiosa.
-No, gracias. Si en el fondo no me gusta. ¿Me dejas tu vestido azul?


2011-11-19

Aquél Otoño






   Era otoño, ¿recuerdas? Yo lloraba desconsolada en el banco de un parque. El alma se me escapaba del cuerpo por cada lágrima que me arrancaba la cruel vida. Mi inocencia había sido herida, y teñía con su sangre el color de los árboles. Yo miraba el cielo gris y me preguntaba a mí misma quién era. El mundo parecía arrugarse como el papel ante la llama, y yo estaba dentro del primero. Me sentía la chica más desdichada del universo.

  Tú me viste derramar tiernas lágrimas, y te sentaste a mi lado, a pesar de no conocerme. "No tienes derecho a llorar", me dijiste. Yo te mire, con el alma en un puño, y fueron los mejores treinta segundos de mi vida. Tú me sonreías con dulzura, envolviéndome en tu fascinante mirada color chocolate. "¿Por qué?" te pregunté, con la voz rasgada. "Porque una persona tan maravillosa como tú no tiene derecho a llorar si no es de felicidad. Es un insulto para las personas que sí tienen razones, ¿no crees?". Me arrancaste una sonrisa del corazón, secando mi llanto con una mano de terciopelo. "No te conozco y ya quiero casarme contigo" te respondí, regalándote mi mejor sonrisa. "Sí, quiero" susurraste, cogiéndome de la mano. 


  Me preguntaba si no escucharías el bombardeo que ocurría en mi corazón. Me miraste, y yo te devolví la mirada. Tú la desviaste haciendo gala de unos preciosos hoyuelos, y yo me sonrojé. 


  El mundo era de color rosa, con estrellitas color crema, nubecillas de miel y corazones glaseados con purpurina. 


  Me acompañaste a casa, y yo te dije un inaudible gracias. 


  Me sonreíste, y mis mejillas se encendieron. Me rodeaste la cintura, yo te envolví la cara entre mis manos. Mi cuerpo temblaba, y nuestras miradas se acariciaban. Nuestros labios se tocaron, y yo cerré los ojos. ¿Sería un sueño?


  Pero cuando parpadeé, tú seguías ahí. Tus ojos buscaban los míos. 


  "¿Cuándo volveré a verte?" te pregunté, con los ojos brillantes. "Pronto" me respondiste, y tus pasos se alejaron bajo la tibia luz de otoño. Todavía no te habías ido y ya te echaba de menos. 

 

2011-11-15

Ni Naiz Afrika


  Ni Naiz Afrika





Begiak kliskatu nituen, eta mundua piztu zen.

  Ez nengoen inon, mundua baitzegoen nire baitan. Zeru urrekarak niri egiten zidan irribarre. Lurra kiriblidua zegoen nire azpian, erori ez nedin. Aireak nire birikak betetzen zituen, eta lur maitakorrak prestatzen zizkidan elikatzen ninduten fruituak. Zer gehiago eska nezakeen? Mundua nire aginpean zegoen, erregina bat sentitzen nintzen Afrikako bihotz zirraragarria besarkatuz, taupa-taupa adoretsua senean sentituz.

  Maitemindua nengoen. Maitemindua Afrikako oihan liluragarriekin, bere zilarrezko urjauzi zurbilekin, bere kobrezko basamortu ederrekin.

  Jaiki nintzen, eta Lurra agurtu nuen. “Egunon, adats orlegizko maitea” esan nion, gozo. Berak erantzun zidan: “Kaixo, seme agurgarria. Gaur egun berri bat izango da guretzat, beste egun bat elkarrekin bait da”. Eta, beti gertu eta maitakor, elkarrekin ibili ginen. Egun bakoitza egun berri bat da.

  Perlazko zingira hotz batean murgildu nuen nire burua, biziaren arnas zuria dastatuz. Beltxarga dotore eta prestu batekin egin nuen igeri, isiltasun adierazgarrian. Bere amodiozko luma leunekin egin nuen amets, eta bihotz hunkituarekin begiradaz agurtu genuen elkar. Arima freskoarekin, basamorturantz habiatu ginen mundua eta ni.

  Lehenengo aldiz nire oin biluziek hondar epela ikutu zutenean, hotzikara batek astindu zuen nire gorputza. Nire aurrean herioaren itsaso gorrizt hori besterik ez nuen ikusten, eta beldur nintzen. Baina gero esan nuen nire baitarako lautada isolatu eta amaigabe hura lagunen arimaren leku izkutuena bezala dela; zaila da haietara salto egiten ausartzea, baina, egin ostean, mundu eder eta miragarri bat aurki dezakegu, gure egiazko barrunbea soil-soilik. Sinplezia polit bat da.

  Beraz, bihotza zaldi aztoratu gisa nire bularra kolpatuz, pausoz pauso barneratu nintzen infernu kilikagarri horretan.

  Eguzki odoleztatuak zeru urdinean egin zuen dantza. Bere garrak urrutian itzali ziren, argi distiratsu eta leunak zeruan isuriz.

  Eta, berriz ere, gaua berpiztu egin zen nire begirada liluratuaren aurrean. Maitale gozoa balitz inguratu ninduen bere ilunabar beroan.

  Basamortuko itzal eztien artean zimeldu zen nire begirada, Ama Lurraren musu samur batean nire gogoak ametsetako lurraldea zeharkatuz.

 Afrika gauaren berotasunean lokartu zen.
                                                                       Nahia

2011-10-30

Ann Doyle

  Escuchaba  pasos a mis espaldas. Y risas susurrantes y provocativas. La niebla plateada se extendía por la callejuela, humedeciendo los adoquines ennegrecidos por la noche que sepulta a los vivos bajo un manto de oscuridad. 

  Los pasos se acercaban, cada vez los escuchaba más cerca, y las risas eran más fuertes y alocadas. Yo no me podía girar. No era capaz de mirar al que tanto terror me producía, al que me seguía en mis pesadillas incluso. Y yo corría, con la respiración acelerada y el corazón golpeándome el pecho, como si quisiera abrirse paso a través de mi carne para salir huyendo de aquel horror. Entre la niebla apareció una pared alta y mugrienta, brillante y amenazadora bajo la gélida luz de la luna. 

  Y yo intentaba escalarla, pero mi cuerpo se resbalaba por su superficie lisa y húmeda. Mis uñas se ensangrentaban y se mezclaban en mi cara con mis lágrimas agónicas. Y, entonces, una voz cavernosa me llamaba por mi nombre en la oscuridad.  Me daba la vuelta clavándome las uñas en la carne de impotencia. Y yo chillaba, y una nubecilla de plata salía de entre mis labios en forma de llanto. Lágrimas de horror florecían en mis ojos enrojecidos, y, entonces, él  exponía su rostro a la luna. 


  


  Desperté con mi propio grito. Estaba empapada en sudor, y el cuello me palpitaba. Hacía frío, y mis sábanas estaban amontonadas en el suelo. Era evidente que había sido una noche movida. La ventana estaba abierta, y un débil hilo de luz de luna blanqueaba la habitación. Intenté calmar mi alocado corazón. Pero no lo conseguí, pues las imágenes de mi pesadilla seguían nítidas en mi mente. ¿Acaso había algún otro sueño tan real que fuera casi tan palpable como el mío? 
-¿La misma pesadilla de siempre, hermanita?-se arrastró hasta mis oídos una voz ronca, evidentemente sin desperezar aún. 
-Sí.-logré susurrar con un hilo de voz, sin conseguir calmarme. Busqué a tientas el rostro de Felicity y encontré un abrazo en su delicado cuello de porcelana. Lloré en silencio. 
-Eso, Ann, desahógate...
Hipé y suspiré gran parte de mi angustia, y, al cabo de un rato,  lloré con voz temblorosa.
-Es que yo no puedo controlarlo, Feli, no puedo...Es horrible, casi doloroso. Dime, ¿cómo puede doler una vaga imaginación? ¡Yo lo siento, siento el terror arder en mis venas y no puedo hacer nada!
-Plántale cara, Ann, sólo así podrás descubrir su verdadera identidad.-susurró Felicity, frunciendo el ceño con su fascinante mirada enigmática. Me tembló el labio inferior, y el corazón se me aceleró.


  Un cuervo de mirada de muerte se posó en la repisa de la ventana. 
-Oh, un cuervo...-murmuró Felicity, acercándose lentamente a la ventana. 
Una fría angustia me atravesó el pecho, y sentí el sabor de la sangre en la boca.
-No te acerques.
-Tranquila, hermana, es solo un amigo. Le llamaré...
-No te acerques.-dije en un hilo de voz, agarrándome a la mesilla de noche para no caer.
-Furia de Magma. Es precioso, ¿e?
Sentí un calor cerca de mí. Una presencia.
-¡NO TE ACERQUES! ¡ÉL ESTÁ AQUÍ!-chillé, aterrorizada. En aquel instante, el cuervo se abalanzó sobre mi hermana, clavando su negro pico en el níveo brazo de ella. Brotó sangre de color escarlata, y el grito que salió de la boca de mi hermana retumbó en mis oídos. Al mismo tiempo, la lámpara de cristal que colgaba del techo cayó, y sus afilados cristales estallaron en una lluvia brillante y letal. Me cubrí la cabeza con ambas manos, mientras que mi hermana hacía lo mismo. 


  Teníamos la  piel de los brazos surcadas por heridas carmesí, y Felicity se retorcía en el suelo llorando a causa de la herida que le había hecho el cuervo. Desgarré una tira de mi sábana, y la até lo mejor que pude al brazo de mi hermana herida, haciendo oídos sordos a sus quejas y lamentos. La pobre estaba pálida y fría, y no paraba de temblar. 


  En mitad de mi torpe cura, un chillido quebrado rasgó el silencio.  Las dos nos miramos en silencio con los ojos abiertos y enrojecidos.
-No vayas.-susurré, amenazante.-No te incumbe.
-Pero debemos ir, hermanita. Ann, tal vez aún estemos a tiempo de salvar una vida.-dijo Felicity, asomándose a la ventana. 
-Somos sólo dos niñas. No podemos hacer nada.-temblé, con el miedo reflejado en mis ojos.
-Haz lo que quieras, yo voy.-dijo ella, pálida de miedo. 


  Saltamos por la ventana, y nos expusimos a la siniestra noche. La luna se entreveía entre las nubes negras, y los lobos aullaban en señal de aviso aquella noche sanguinaria. 


  Andamos cogidas de la mano, sobresaltándonos ante cualquier crujido de la noche. 


  -No se ve nada.-logré mascullar, temblando de frío y de miedo.


-Estate atenta, Ann, ahora entraremos en el corral.
-¿Es necesario? En el corral somos presas fáciles. 
-Somos mujeres. En todos los lugares somos presas fáciles.


  Nos quedamos paralizadas de horror. Aquello era una carnicería.


  La sangre recién vertida brillaba a la mortecina luz de la luna. La lana de todo el rebaño se hallaba manchada de rojo. Las vísceras y tripas de los pobres animales estaban repartidas por todas las cuadras. Si el diablo en persona hubiese sido el culpable de este crimen, sería razonable. 


  -¡Oh, el ganado de Padre! ¡Tantos años de esfuerzo y dedicación para que su caro proyecto tenga un fin tan terrible! ¡Jamás recuperará la fortuna que dedicó para llegar a tener todo esto! ¡Nosotras tendremos que trabajar duramente para llevar adelante nuestra desdichada familia! ¡Es el fin!-lloró Felicity, arrodillándose en el fangoso suelo.-¡Todas las desgracias caerán sobre nuestras espaldas! ¡Estamos malditas!


  Me puse de cuclillas junto a mi hermana, y la consolé con un mudo abrazo. Pasó el tiempo, y la noche transcurría. Los llantos de Felicity menguaron hasta reducirse a un áspero quejido desesperado. 


  Una garganta ronca y siniestra rompió el silencio, y mi nombre resonó en mis oídos fatigados. Miré a mi hermana. La oscuridad entorpecía mi vista. La llamé. Intenté tocarla, con un miedo que helaba mi sangre y llenaba mis ojos de lágrimas. Sentí algo frío en la mano. La tenía mojada de...sangre. Felicity estaba cubierta de sangre aún palpitante. Y él, ante mi profundo y gélido terror, se mostró bajo la pálida luz de la luna.






  -Ha sido la pesadilla, ¿verdad, hermanita?-Abrí los ojos de terror. Miré a la ventana, y me quedé así, inmóvil, ante el asombro de mi hermana. 


  Un cuervo de ojos de muerte se posó en la repisa. Me quedé paralizada de horror. Sabía lo que iba a pasar. 
-Feli, no te muevas. Ten cuidado.-dije, dándole un fugaz beso en la mejilla.


  Me incorporé de un salto, y salí corriendo de  mi habitación. El corredor se me hizo más largo que nunca, y, aunque no lo supiera, cada paso que daba me llevaba a la muerte.


  Entré sin llamar a la habitación de mis padres. La terrorífica luz de la luna alumbraba la estancia. 
-¡Mamá, papá! ¡Tengo que!...


  Mi madre abrió los ojos, sobresaltada. Miré el lado vacío de la cama.
-¿Dónde está Padre?-pregunté, horrorizada. Mi corazón retumbaba como mil truenos. Estaba paralizada de angustia, y mi madre leyó mis pensamientos. Palideció, y por un instante creí que estaba muerta. El último instante que tuve para creer en algo.


  Acto seguido, la puerta se abrió suavemente, con enloquecedora lentitud, chirriante. Y entró Padre.


  Sus ojos estaban enrojecidos, y sus manos ensangrentadas aún más.  Una sonrisa retorcida pintaba una terrorífica mueca de locura en el rostro de un asesino. 


  El único consuelo era el afilado cuchillo manchado de reciente sangre que apretaban sus violentas manos.