“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2011-10-30

Ann Doyle

  Escuchaba  pasos a mis espaldas. Y risas susurrantes y provocativas. La niebla plateada se extendía por la callejuela, humedeciendo los adoquines ennegrecidos por la noche que sepulta a los vivos bajo un manto de oscuridad. 

  Los pasos se acercaban, cada vez los escuchaba más cerca, y las risas eran más fuertes y alocadas. Yo no me podía girar. No era capaz de mirar al que tanto terror me producía, al que me seguía en mis pesadillas incluso. Y yo corría, con la respiración acelerada y el corazón golpeándome el pecho, como si quisiera abrirse paso a través de mi carne para salir huyendo de aquel horror. Entre la niebla apareció una pared alta y mugrienta, brillante y amenazadora bajo la gélida luz de la luna. 

  Y yo intentaba escalarla, pero mi cuerpo se resbalaba por su superficie lisa y húmeda. Mis uñas se ensangrentaban y se mezclaban en mi cara con mis lágrimas agónicas. Y, entonces, una voz cavernosa me llamaba por mi nombre en la oscuridad.  Me daba la vuelta clavándome las uñas en la carne de impotencia. Y yo chillaba, y una nubecilla de plata salía de entre mis labios en forma de llanto. Lágrimas de horror florecían en mis ojos enrojecidos, y, entonces, él  exponía su rostro a la luna. 


  


  Desperté con mi propio grito. Estaba empapada en sudor, y el cuello me palpitaba. Hacía frío, y mis sábanas estaban amontonadas en el suelo. Era evidente que había sido una noche movida. La ventana estaba abierta, y un débil hilo de luz de luna blanqueaba la habitación. Intenté calmar mi alocado corazón. Pero no lo conseguí, pues las imágenes de mi pesadilla seguían nítidas en mi mente. ¿Acaso había algún otro sueño tan real que fuera casi tan palpable como el mío? 
-¿La misma pesadilla de siempre, hermanita?-se arrastró hasta mis oídos una voz ronca, evidentemente sin desperezar aún. 
-Sí.-logré susurrar con un hilo de voz, sin conseguir calmarme. Busqué a tientas el rostro de Felicity y encontré un abrazo en su delicado cuello de porcelana. Lloré en silencio. 
-Eso, Ann, desahógate...
Hipé y suspiré gran parte de mi angustia, y, al cabo de un rato,  lloré con voz temblorosa.
-Es que yo no puedo controlarlo, Feli, no puedo...Es horrible, casi doloroso. Dime, ¿cómo puede doler una vaga imaginación? ¡Yo lo siento, siento el terror arder en mis venas y no puedo hacer nada!
-Plántale cara, Ann, sólo así podrás descubrir su verdadera identidad.-susurró Felicity, frunciendo el ceño con su fascinante mirada enigmática. Me tembló el labio inferior, y el corazón se me aceleró.


  Un cuervo de mirada de muerte se posó en la repisa de la ventana. 
-Oh, un cuervo...-murmuró Felicity, acercándose lentamente a la ventana. 
Una fría angustia me atravesó el pecho, y sentí el sabor de la sangre en la boca.
-No te acerques.
-Tranquila, hermana, es solo un amigo. Le llamaré...
-No te acerques.-dije en un hilo de voz, agarrándome a la mesilla de noche para no caer.
-Furia de Magma. Es precioso, ¿e?
Sentí un calor cerca de mí. Una presencia.
-¡NO TE ACERQUES! ¡ÉL ESTÁ AQUÍ!-chillé, aterrorizada. En aquel instante, el cuervo se abalanzó sobre mi hermana, clavando su negro pico en el níveo brazo de ella. Brotó sangre de color escarlata, y el grito que salió de la boca de mi hermana retumbó en mis oídos. Al mismo tiempo, la lámpara de cristal que colgaba del techo cayó, y sus afilados cristales estallaron en una lluvia brillante y letal. Me cubrí la cabeza con ambas manos, mientras que mi hermana hacía lo mismo. 


  Teníamos la  piel de los brazos surcadas por heridas carmesí, y Felicity se retorcía en el suelo llorando a causa de la herida que le había hecho el cuervo. Desgarré una tira de mi sábana, y la até lo mejor que pude al brazo de mi hermana herida, haciendo oídos sordos a sus quejas y lamentos. La pobre estaba pálida y fría, y no paraba de temblar. 


  En mitad de mi torpe cura, un chillido quebrado rasgó el silencio.  Las dos nos miramos en silencio con los ojos abiertos y enrojecidos.
-No vayas.-susurré, amenazante.-No te incumbe.
-Pero debemos ir, hermanita. Ann, tal vez aún estemos a tiempo de salvar una vida.-dijo Felicity, asomándose a la ventana. 
-Somos sólo dos niñas. No podemos hacer nada.-temblé, con el miedo reflejado en mis ojos.
-Haz lo que quieras, yo voy.-dijo ella, pálida de miedo. 


  Saltamos por la ventana, y nos expusimos a la siniestra noche. La luna se entreveía entre las nubes negras, y los lobos aullaban en señal de aviso aquella noche sanguinaria. 


  Andamos cogidas de la mano, sobresaltándonos ante cualquier crujido de la noche. 


  -No se ve nada.-logré mascullar, temblando de frío y de miedo.


-Estate atenta, Ann, ahora entraremos en el corral.
-¿Es necesario? En el corral somos presas fáciles. 
-Somos mujeres. En todos los lugares somos presas fáciles.


  Nos quedamos paralizadas de horror. Aquello era una carnicería.


  La sangre recién vertida brillaba a la mortecina luz de la luna. La lana de todo el rebaño se hallaba manchada de rojo. Las vísceras y tripas de los pobres animales estaban repartidas por todas las cuadras. Si el diablo en persona hubiese sido el culpable de este crimen, sería razonable. 


  -¡Oh, el ganado de Padre! ¡Tantos años de esfuerzo y dedicación para que su caro proyecto tenga un fin tan terrible! ¡Jamás recuperará la fortuna que dedicó para llegar a tener todo esto! ¡Nosotras tendremos que trabajar duramente para llevar adelante nuestra desdichada familia! ¡Es el fin!-lloró Felicity, arrodillándose en el fangoso suelo.-¡Todas las desgracias caerán sobre nuestras espaldas! ¡Estamos malditas!


  Me puse de cuclillas junto a mi hermana, y la consolé con un mudo abrazo. Pasó el tiempo, y la noche transcurría. Los llantos de Felicity menguaron hasta reducirse a un áspero quejido desesperado. 


  Una garganta ronca y siniestra rompió el silencio, y mi nombre resonó en mis oídos fatigados. Miré a mi hermana. La oscuridad entorpecía mi vista. La llamé. Intenté tocarla, con un miedo que helaba mi sangre y llenaba mis ojos de lágrimas. Sentí algo frío en la mano. La tenía mojada de...sangre. Felicity estaba cubierta de sangre aún palpitante. Y él, ante mi profundo y gélido terror, se mostró bajo la pálida luz de la luna.






  -Ha sido la pesadilla, ¿verdad, hermanita?-Abrí los ojos de terror. Miré a la ventana, y me quedé así, inmóvil, ante el asombro de mi hermana. 


  Un cuervo de ojos de muerte se posó en la repisa. Me quedé paralizada de horror. Sabía lo que iba a pasar. 
-Feli, no te muevas. Ten cuidado.-dije, dándole un fugaz beso en la mejilla.


  Me incorporé de un salto, y salí corriendo de  mi habitación. El corredor se me hizo más largo que nunca, y, aunque no lo supiera, cada paso que daba me llevaba a la muerte.


  Entré sin llamar a la habitación de mis padres. La terrorífica luz de la luna alumbraba la estancia. 
-¡Mamá, papá! ¡Tengo que!...


  Mi madre abrió los ojos, sobresaltada. Miré el lado vacío de la cama.
-¿Dónde está Padre?-pregunté, horrorizada. Mi corazón retumbaba como mil truenos. Estaba paralizada de angustia, y mi madre leyó mis pensamientos. Palideció, y por un instante creí que estaba muerta. El último instante que tuve para creer en algo.


  Acto seguido, la puerta se abrió suavemente, con enloquecedora lentitud, chirriante. Y entró Padre.


  Sus ojos estaban enrojecidos, y sus manos ensangrentadas aún más.  Una sonrisa retorcida pintaba una terrorífica mueca de locura en el rostro de un asesino. 


  El único consuelo era el afilado cuchillo manchado de reciente sangre que apretaban sus violentas manos. 






  

2011-10-24

  Era una tormenta endemoniada, de las que matan el sol y encrespan el mar. De las que engullen el mundo y sacuden las estrellas, de las que apagan la luna y hacen temblar el universo entero. 


  Érase, en mitad de aquella tormenta de mil demonios, una barquita de papel. En su interior, un niño de ojos perdidos y mejillas sonrosadas. El temporal hacía zozobrar la frágil barca, y pintaba la cara del niño con las rabiosas espumas de las olas oscuras que ensombrecían el cielo. 


  El niño apretaba contra su pecho una rosa delicada. Sus manos se teñían con el color escarlata de su propia sangre. En el interior de la rosa, habitaba un precioso corazón palpitante. 


  La tormenta eterna envolvía el dulce y risueño niño con sus olas de zafiro, con el plomizo cielo sobre su cabeza infantil. La barca de papel en la que vivía el niño atravesaba el mar en su mismísima furia. 




  En este mundo de dudas, todos somos niños indefensos. La tormenta es la vida. Todos vivimos a la intemperie surcando el mar en una frágil barca de papel. Todos perseguimos  bellos sueños, y nos sangran las manos por los  esfuerzos que debemos realizar para conseguirlos. Pero en el sueño mismo está la recompensa. El amor.