“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2011-10-30

Ann Doyle

  Escuchaba  pasos a mis espaldas. Y risas susurrantes y provocativas. La niebla plateada se extendía por la callejuela, humedeciendo los adoquines ennegrecidos por la noche que sepulta a los vivos bajo un manto de oscuridad. 

  Los pasos se acercaban, cada vez los escuchaba más cerca, y las risas eran más fuertes y alocadas. Yo no me podía girar. No era capaz de mirar al que tanto terror me producía, al que me seguía en mis pesadillas incluso. Y yo corría, con la respiración acelerada y el corazón golpeándome el pecho, como si quisiera abrirse paso a través de mi carne para salir huyendo de aquel horror. Entre la niebla apareció una pared alta y mugrienta, brillante y amenazadora bajo la gélida luz de la luna. 

  Y yo intentaba escalarla, pero mi cuerpo se resbalaba por su superficie lisa y húmeda. Mis uñas se ensangrentaban y se mezclaban en mi cara con mis lágrimas agónicas. Y, entonces, una voz cavernosa me llamaba por mi nombre en la oscuridad.  Me daba la vuelta clavándome las uñas en la carne de impotencia. Y yo chillaba, y una nubecilla de plata salía de entre mis labios en forma de llanto. Lágrimas de horror florecían en mis ojos enrojecidos, y, entonces, él  exponía su rostro a la luna. 


  


  Desperté con mi propio grito. Estaba empapada en sudor, y el cuello me palpitaba. Hacía frío, y mis sábanas estaban amontonadas en el suelo. Era evidente que había sido una noche movida. La ventana estaba abierta, y un débil hilo de luz de luna blanqueaba la habitación. Intenté calmar mi alocado corazón. Pero no lo conseguí, pues las imágenes de mi pesadilla seguían nítidas en mi mente. ¿Acaso había algún otro sueño tan real que fuera casi tan palpable como el mío? 
-¿La misma pesadilla de siempre, hermanita?-se arrastró hasta mis oídos una voz ronca, evidentemente sin desperezar aún. 
-Sí.-logré susurrar con un hilo de voz, sin conseguir calmarme. Busqué a tientas el rostro de Felicity y encontré un abrazo en su delicado cuello de porcelana. Lloré en silencio. 
-Eso, Ann, desahógate...
Hipé y suspiré gran parte de mi angustia, y, al cabo de un rato,  lloré con voz temblorosa.
-Es que yo no puedo controlarlo, Feli, no puedo...Es horrible, casi doloroso. Dime, ¿cómo puede doler una vaga imaginación? ¡Yo lo siento, siento el terror arder en mis venas y no puedo hacer nada!
-Plántale cara, Ann, sólo así podrás descubrir su verdadera identidad.-susurró Felicity, frunciendo el ceño con su fascinante mirada enigmática. Me tembló el labio inferior, y el corazón se me aceleró.


  Un cuervo de mirada de muerte se posó en la repisa de la ventana. 
-Oh, un cuervo...-murmuró Felicity, acercándose lentamente a la ventana. 
Una fría angustia me atravesó el pecho, y sentí el sabor de la sangre en la boca.
-No te acerques.
-Tranquila, hermana, es solo un amigo. Le llamaré...
-No te acerques.-dije en un hilo de voz, agarrándome a la mesilla de noche para no caer.
-Furia de Magma. Es precioso, ¿e?
Sentí un calor cerca de mí. Una presencia.
-¡NO TE ACERQUES! ¡ÉL ESTÁ AQUÍ!-chillé, aterrorizada. En aquel instante, el cuervo se abalanzó sobre mi hermana, clavando su negro pico en el níveo brazo de ella. Brotó sangre de color escarlata, y el grito que salió de la boca de mi hermana retumbó en mis oídos. Al mismo tiempo, la lámpara de cristal que colgaba del techo cayó, y sus afilados cristales estallaron en una lluvia brillante y letal. Me cubrí la cabeza con ambas manos, mientras que mi hermana hacía lo mismo. 


  Teníamos la  piel de los brazos surcadas por heridas carmesí, y Felicity se retorcía en el suelo llorando a causa de la herida que le había hecho el cuervo. Desgarré una tira de mi sábana, y la até lo mejor que pude al brazo de mi hermana herida, haciendo oídos sordos a sus quejas y lamentos. La pobre estaba pálida y fría, y no paraba de temblar. 


  En mitad de mi torpe cura, un chillido quebrado rasgó el silencio.  Las dos nos miramos en silencio con los ojos abiertos y enrojecidos.
-No vayas.-susurré, amenazante.-No te incumbe.
-Pero debemos ir, hermanita. Ann, tal vez aún estemos a tiempo de salvar una vida.-dijo Felicity, asomándose a la ventana. 
-Somos sólo dos niñas. No podemos hacer nada.-temblé, con el miedo reflejado en mis ojos.
-Haz lo que quieras, yo voy.-dijo ella, pálida de miedo. 


  Saltamos por la ventana, y nos expusimos a la siniestra noche. La luna se entreveía entre las nubes negras, y los lobos aullaban en señal de aviso aquella noche sanguinaria. 


  Andamos cogidas de la mano, sobresaltándonos ante cualquier crujido de la noche. 


  -No se ve nada.-logré mascullar, temblando de frío y de miedo.


-Estate atenta, Ann, ahora entraremos en el corral.
-¿Es necesario? En el corral somos presas fáciles. 
-Somos mujeres. En todos los lugares somos presas fáciles.


  Nos quedamos paralizadas de horror. Aquello era una carnicería.


  La sangre recién vertida brillaba a la mortecina luz de la luna. La lana de todo el rebaño se hallaba manchada de rojo. Las vísceras y tripas de los pobres animales estaban repartidas por todas las cuadras. Si el diablo en persona hubiese sido el culpable de este crimen, sería razonable. 


  -¡Oh, el ganado de Padre! ¡Tantos años de esfuerzo y dedicación para que su caro proyecto tenga un fin tan terrible! ¡Jamás recuperará la fortuna que dedicó para llegar a tener todo esto! ¡Nosotras tendremos que trabajar duramente para llevar adelante nuestra desdichada familia! ¡Es el fin!-lloró Felicity, arrodillándose en el fangoso suelo.-¡Todas las desgracias caerán sobre nuestras espaldas! ¡Estamos malditas!


  Me puse de cuclillas junto a mi hermana, y la consolé con un mudo abrazo. Pasó el tiempo, y la noche transcurría. Los llantos de Felicity menguaron hasta reducirse a un áspero quejido desesperado. 


  Una garganta ronca y siniestra rompió el silencio, y mi nombre resonó en mis oídos fatigados. Miré a mi hermana. La oscuridad entorpecía mi vista. La llamé. Intenté tocarla, con un miedo que helaba mi sangre y llenaba mis ojos de lágrimas. Sentí algo frío en la mano. La tenía mojada de...sangre. Felicity estaba cubierta de sangre aún palpitante. Y él, ante mi profundo y gélido terror, se mostró bajo la pálida luz de la luna.






  -Ha sido la pesadilla, ¿verdad, hermanita?-Abrí los ojos de terror. Miré a la ventana, y me quedé así, inmóvil, ante el asombro de mi hermana. 


  Un cuervo de ojos de muerte se posó en la repisa. Me quedé paralizada de horror. Sabía lo que iba a pasar. 
-Feli, no te muevas. Ten cuidado.-dije, dándole un fugaz beso en la mejilla.


  Me incorporé de un salto, y salí corriendo de  mi habitación. El corredor se me hizo más largo que nunca, y, aunque no lo supiera, cada paso que daba me llevaba a la muerte.


  Entré sin llamar a la habitación de mis padres. La terrorífica luz de la luna alumbraba la estancia. 
-¡Mamá, papá! ¡Tengo que!...


  Mi madre abrió los ojos, sobresaltada. Miré el lado vacío de la cama.
-¿Dónde está Padre?-pregunté, horrorizada. Mi corazón retumbaba como mil truenos. Estaba paralizada de angustia, y mi madre leyó mis pensamientos. Palideció, y por un instante creí que estaba muerta. El último instante que tuve para creer en algo.


  Acto seguido, la puerta se abrió suavemente, con enloquecedora lentitud, chirriante. Y entró Padre.


  Sus ojos estaban enrojecidos, y sus manos ensangrentadas aún más.  Una sonrisa retorcida pintaba una terrorífica mueca de locura en el rostro de un asesino. 


  El único consuelo era el afilado cuchillo manchado de reciente sangre que apretaban sus violentas manos. 






  

2011-10-24

  Era una tormenta endemoniada, de las que matan el sol y encrespan el mar. De las que engullen el mundo y sacuden las estrellas, de las que apagan la luna y hacen temblar el universo entero. 


  Érase, en mitad de aquella tormenta de mil demonios, una barquita de papel. En su interior, un niño de ojos perdidos y mejillas sonrosadas. El temporal hacía zozobrar la frágil barca, y pintaba la cara del niño con las rabiosas espumas de las olas oscuras que ensombrecían el cielo. 


  El niño apretaba contra su pecho una rosa delicada. Sus manos se teñían con el color escarlata de su propia sangre. En el interior de la rosa, habitaba un precioso corazón palpitante. 


  La tormenta eterna envolvía el dulce y risueño niño con sus olas de zafiro, con el plomizo cielo sobre su cabeza infantil. La barca de papel en la que vivía el niño atravesaba el mar en su mismísima furia. 




  En este mundo de dudas, todos somos niños indefensos. La tormenta es la vida. Todos vivimos a la intemperie surcando el mar en una frágil barca de papel. Todos perseguimos  bellos sueños, y nos sangran las manos por los  esfuerzos que debemos realizar para conseguirlos. Pero en el sueño mismo está la recompensa. El amor. 

2011-10-19

Amodiozko ipuin ahaztua




   Amodiozko ipuin ahaztuaren garrasiak zerua goibeltzen du, poesiaren zigilu oxidatua. 


  Nork berpiztuko du dama ederraren bihotz samurra, nork ametsetako printze kementsuaren ezpata tristea?


  Gogoratu dezagun bi gazteen suzko amodio ezinezkoa, denboraren errautsetan betirako galdua. 


  Adats urrekarako neska  ameslariari egin diezaiogun kanta, begi pozointsu galduak pentsamendu itsaso harrotuan murgiltzen dituena. 


  Arrosezko masail leunen mutil gazteari egin diezaiogun kanta, dorreko bere jainkosari so elikatzen duenari bere bihotz prestua. 


  Kanta dezagun bien amodio adoretsua, biziak baizik oztopatzen ez duena. Non dago mutilak maitale mutuari oparitu zion begirada distiratsua? Non dama eztiak itzuli zion irri gozoa? Non geratu dira bien musu zirraragarriak, haizeak eramanak? Non laztan amaigabeak, gau sakratuan luma leun gisa hedatzen zirenak?


  Itsasoko kresala hondartza zurian  balitz, maitaleen su miragarria momenturo loratzen da. Bukaera tristea izan dezake ipuin honek, lege suntsitzaileek bi arima gozo hauek bana ditzake. Edota zorteak, hunkiturik, etorkizun distiratsuarekin lagun ditzake. 


  Erantzuna denboran galdua geldituko da, izar misteriotsuek gure irudimena argiztatzen duten arte. 
  


2011-10-14

Luz II

  (Véase el cuento “Luz”)  


  Mquedé sin aliento. Aquel aroma... Lo aspiré, saboreé su olor todo lo que pude. Me llevó a tiempos remotos, a la era en la que yo era una elfina joven que vivía en el jardín del adiestramiento. En el lugar donde una elfina guardiana se inicia en las artes de la protección de gente mágica. 

  Era una mezcla entre el olor a pino, a miel de romero y a hierba recién cortada. 


  Mi piel se iluminó sin que yo pudiera evitarlo. Mis oídos de elfina comenzaron a captar extrañas vibraciones rítmicas. Mi invisibilidad dejó de funcionar. Involuntariamente, contesté a aquellas extrañas ondas magnéticas (por así decirlo) con unas iguales que me salieron de la boca como reflejo natural. 


  Me tapé la boca con ambas manos, disgustada y confusa. Me zambullí en el bolsillo de Lish lo más rápido que puede hacerlo mi magia. Suspiré, esperando que nadie me hubiera visto. ¿Qué había ocurrido?










  -Así que, según tú, hiciste todas esas cosas impropias por culpa de...
-Una extraña presencia no humana.-completé volando en círculos por la habitación con un mal presentimiento.
-Vamos, Guāng, ya sabes que yo siempre te he creído, pero...-dudó Lish, rascándose la nuca.-Tienes que comprender que es una cosa muy...rara...Puede que hayas comido algo en mal estado. Voto por aquél asqueroso puré de espinacas.-bromeó. 
-¡No estoy de guasa,Yà lì shān dé lín !-exclamé. Volé hasta estar a un pelo de la cara de Lish, con la cara roja porque no me había creído. Ella, sabiendo que solo utilizaba su nombre completo cuando estaba verdaderamente preocupada y enfadada, se estremeció.
-Sólo intento serte sincera, elfina gruñona.-dijo, cogiéndome cariñosamente  por la cintura. Me puso sobre su hombro.-Continúa, te escucho.-Respiré hondo.
-Me ocurrió "eso" cuando Helena pasó junto a nosotras en la entrada del colegio. Una especie de instinto incontrolable e inusual se apoderó de mí. Una naturaleza paralela a la mía se puso en contacto conmigo. Aunque también podría ser Lisa, que en aquel preciso instante clavaba su mirada llena de desprecio en ti, aunque tú no lo notaras. Pero eso no es nada paranormal.  Pudo ser ella, o cualquier otra persona que estuviera pasando por ahí...pero mi instinto de elfina (que, por cierto, nunca me ha fallado) me dice que ha sido Helena la causante.  Lo malo es que hay muchas clases de seres mágicos, opuestos a nuestra naturaleza benéfica...que no se llevan muy bien con nosotros. Esa posibilidad debe estar presente. Ten cuidado con esa niña.
-¿Cómo son las criaturas opuestas a nosotras?-preguntó Lish, abriendo mucho los ojos. 
-Brujos, hechiceros, médiums, hombres lobo, criaturas de la noche...todos ellos tienen elfinas guardianas o elfos protectores. Podría ser el caso de mis reacciones de alarma...-añadí, preocupada.
-¿Crees que Helena puede ser una de ellos?-preguntó Lish, con expresión de angustia. 
-Puede...-al comprender su tristeza, agregué-pero también puede que sea una criatura benéfica como nosotras. El perfume que me sobrevino era el de los jardines en los que aprendí...y allí las elfinas y los elfos eran muy...amables...-argumenté, a pesar de saber que en los jardines aprendían a ejercer su oficio tanto elfinas y elfos oscuros como benéficos. 
-No intentes consolarme. Helena es mi mejor y única amiga, y pienso descubrir qué es.
-Así se habla, Lish.-le besé en la frente y la arropé con ternura. Esperé a escuchar su profunda respiración, para luego envolverme en sus cabellos. Aquella noche las dos tuvimos pesadillas. 






  Las Chicas de los Corazones, como las llamábamos Lish y yo, cuchicheaban e intercambiaban notitas. La profesora Maribel hablaba con las paredes sobre la polinización. Las Chicas de los Corazones eran unas alumnas estúpidas y cotorras, que escondían su ignorancia bajo una gran mata de pelo y ropa cursi. La Reina de los Corazones era Lisa, una arrogante y maleducada que mataba el rato criticando y creyéndose una diosa. Lisa y, por lo tanto, todas las Chicas de los Corazones, escogían la ropa siempre tachonada de corazones (de ahí su apodo). 


  Helena compartía siempre pupitre con Lish. Eran las únicas de la clase que no formaban parte de las Chicas de los Corazones, por lo que a menudo eran el centro de sus burlas. Pero no les importaba.


  Lish tenía el pelo recogido en una trenza de lado que le caía sobre el hombro derecho, justo donde yo me encontraba. Como era invisible y no había peligro de que me descubriera, yo no le quitaba ojo a Helena. Así pasó la aburrida clase de la sta. Maribel.


  Helena era una niña delgada. Su pelo era muy rizado y rubio, y tenía unos penetrantes ojos grises. Tenía una nariz de patata, y unos labios muy gruesos y rosados. Aquel día tenía un vestido verde oscuro que le llegaba hasta las rodillas, y una chaquetita blanca de tres cuartos de manga. Sus botines de cuero chirriaban mientras jugueteaba con los pies. 
-Yiyí, ¿te encuentras bien?-le preguntó a Lish (Yiyí para ella), poniendo su mano sobre la de mi niña. 
-Si...¿por qué no iba a estarlo?-contestó Lish, tensa. Intercambiamos una fugaz mirada.
-Te encuentro diferente.-Miró a Lish de reojo, y susurró:
-Puedes decírmelo.
-¿El qué?
-Lo que sea. Somos amigas, ¿no? No tiene que haber secretos entre nosotras.
-Claro.-Lish desvió la mirada y fingió que atendía a lo que decía la profesora. 


  Lish caminaba junto a Helena. Ella parloteaba sobre las gafas de sol que le había comprado su abuela, comentando entre risas que con ellas parecía un moscón. Sus rizos rubios bailaban en torno a su cara, saltando sin control. Lish estaba pensativa, mirando las nubes algodonosas que se arremolinaban en el cielo azul. Yo espiaba a Helena desde un bolsillo de la camisola de Lish, aunque eso este mal, buscando cualquier indicio mágico en ella.  Helena, pese a ser una niña distraída y algo descuidada, tenía un buen corazón. La amiga de mi querida hada interrumpió de golpe su discurso, haciendo una pregunta imprevista.
-¿Quieres dormir hoy en mi casa? 
-¿Cómo dices?-preguntó Lish, haciéndose la despistada mientras pensaba qué hacer. 
-No seas tonta, ya sé que me has entendido.-sonrió Helena, abrazando a Lish. Soporté un aplastamiento en el bolsillo de Lish, y casi pierdo el conocimiento .Tuve que sacar la cabeza para respirar. ¡Qué bien sabe el aire fresco!-Ya sabes: pizza, palomitas, una peli, guerra de almohadas...
Aparecí con un chasquido en la oreja de Lish.
-Ni se te ocurra.-mascullé. "¡No, no, no! ¡Di que no! ¡No y no!"
-Vale, ¿a qué hora?-"Por las garras del dragón, ¡niña desobediente!"
-¿A las seis en mi casa?-"¡Aún estás a tiempo! ¡Niégate!"
-OK. Ahí estaré. 
-¡Nos vemos!
-¡Descuida!
Cuando Helena estaba a punto de desaparecer en una curva de la calle, me pareció que me lanzaba una mirada brillante. Y una sonrisa de triunfo.






  -¡Vas a dormir en la casa de una posible psicópata asesina! ¡Eres una insensata!
-Yo pienso llegar hasta el fondo del asunto, y TÚ vas a ser la clave.
-¿YO? ¡Que la tierra me trague!
-Cuando nos hayamos acostado, tú te levantarás usando la invisibilidad, e investigarás. Si esta noche no encuentras ninguna elfina ni nada de aspecto mágico, admitirás que te has equivocado y que Helena es una persona totalmente normal. Pero, si estás en lo cierto y nos encontramos ante un ser mágico, habrá que tomar precauciones. 
-Hablas como si supieras ante qué amenaza estamos. Pero yo también puedo decir cosas coherentes, y te aseguro que vas a arrastrarme contigo a la boca del lobo. 
-Déjate de sermones, elfina. 
-Careces de prudencia. ¿Qué harías tú sin mí?


  A las cinco y cuarto cruzamos el umbral de casa. Lish se había vestido con ropa deportiva. Pantalones anchos sujetos a las piernas por innumerables cintas y lazos, una camisa holgada, el pelo recogido en una maraña de cordones de colores y zapatos anchos.  Yo me columpiaba en su pendiente de aro.


  ¡DIIIIIIIIIING, DOOONG!


  

   Helena apareció en la puerta con una sonrisa radiante. Se hizo a un lado, haciendo una cómica reverencia e invitando a Lish a entrar con acento francés:
-Entge, señoga…

  Lish se abalanzó al mullido sofá rojo del salón de Helena. Apretó contra su pecho un cojín con dibujos de gatitos. Yo me senté en su hombro, observando con desconfianza todos los movimientos de la chica rubia.
-Esta va a ser una fiesta de pijamas inolvidable. Mis padres han salido, y no volverán hasta mañana a la hora de comer. -¿Qué clase de padres dejan sola a su hija pequeña durante tanto tiempo?, pensé-¡Tenemos la casa para nosotras!-gritó Helena,  sentándose en la alfombra con las piernas cruzadas.
-¿Sabes lo que significa eso?-dijo Lish, arqueando una ceja.
-¡COSQUILLAS!-aullaron las dos, revolcándose en el suelo y haciéndose cosquillas mutuamente. Las carcajadas fueron eternas, y casi parecía que Lish se lo estaba pasando bien. Casi.

  La pizzería resultó estar cerrada por obras, y tuvieron que encargar comida china. El pedido llegó diez minutos tarde, y, para enmendarlo, el repartidor les regaló un calendario chino. Las dos niñas se lo agradecieron profundamente, aunque Lish mejor, si se me permite decirlo. ¡Qué educada es mi chiquitina!

  La verdad es que el calendario no era gran cosa, sobre todo porque Lish era conocedora de su propia cultura, y tenía uno mucho más preciso, así que se lo regaló  a Helena.

  Mientras devoraban la despampanante cena, Helena puso una película de miedo. Era sobre un hombre lobo que mataba violentamente a todo aquel que se le pusiera a mano, y la vana lucha por atraparlo. Era supermegasquerosísimo, y sólo mi desconfianza hacia Helena me empujó a no cerrar los ojos ni taparme los oídos. ¿Sería una indirecta sobre lo que era ella realmente? ¿Una advertencia, tal vez? ¿Esas serían sus intenciones hacia nosotras, hacernos papilla y merendarnos? Fue terriblemente horroroso, no dejaba de alarmarme por cualquier chiquillada. Sólo pensar que podíamos estar en la guarida de un ser oscuro…Me ponía los pelos de punta. ¿Cómo podía haberle permitido a Lish ir a ese evento? ¡Qué mala elfina era!

  La película fue más o menos tranquila (excepto para mí, una escéptica miedosa), y las chicas subieron a la planta de arriba a limpiarse los dientes y ponerse el pijama. Yo no le quité la vista de encima a Helena ni un diminuto segundo. ¡Ay, si le ocurriera algo a mi pequeña! ¡Ay de mí! ¡Qué miedo!

  ¿Os he dicho que la casa de Helena es supergrande, antigua y tenebrosa? Perteneció a una familia rica hace muchísimo tiempo, y la decoración sigue siendo la misma. Cortinas rojas y pesadas, muebles grandes y oscuros, tejado de tejas negras, una torreta puntiaguda, chimenea, relojes alargados y ruidosos, camas enormesgrandísimas… La habitación de Helena es la más moderna. Tiene todas las paredes totalmente cubiertas de pósters de famosos, tiene un ordenador portátil y peces de colores. A Helena le chiflan las figuritas de gatos, esas suaves de terciopelo, y tiene su cuarto lleno de ellos. No hace falta decir que le encantan las mascotas. Así dicho, parece que es una niña simpática y normal, una monada incluso, pero esa noche me aterrorizaba absolutamente todo. Estaba muy nerviosa, y tenía una extraña sensación de ser observada. Todas las sombras me parecían criaturas malignas. Tranquilízate, elfina, todo va bien, no va a pasar nada, me decía. Pero no resultó.

  Jamás creí que Lish fuera una buena actriz, pero lo de aquella noche me sorprendió. Era como si…como si no se percatara de la situación y tuviera mucha confianza en Helena. Como si verdaderamente no sospechara de ella. Era magnífico. O eso creo. 

  Las dos chicas hablaron durante mucho rato sin decir nada realmente interesante. A mí se me cerraban los ojos, y casi me duermo un par de veces. Casi.


  A las tantas (¡por los duendecillos de los bosques, demasiado tarde!) acabaron de parlotear y decidieron apagar la luz. A mí me dolió, pues en mi elemento me siento requetemuchísimo más segura, y me aferré al hilito de luz anaranjada que entraba de la calle entre las persianas. Yo me acomodé encima de uno de esos gatitos tan suaves, y me prometí mil veces que aquella noche no dormiría. 


  El próximo minuto fue larguísimo y requetecansadísimo. Mis ojos me planteaban un gran problema, pues se me cerraban como almejas asustadas, y era casi imposible permanecer alerta. Decidí remediar mi cansancio con un chorro de agua fría. ¡Ese sí que es el remedio más eficaz! Además, debía cumplir mi parte del plan de investigación (o sea, toda la parte), y medio dormida no podría hacerlo.


  Volé medio zombi al baño, megapreocupadísima porque en aquellos diminutos segunditos le ocurriera algo a mi Lish. Abrí el grifo y me expuse, apretando los dientes a la ducha helada. Para ser una buena elfina hay que hacer sacrificios, me dije. El agua cayó, y me pegó el vestidito de algodón al cuerpo, igual que mi pelo en forma de nube. Para que entendáis: esto es un gran sacrificio para una elfina, pues en los instantes en los que el agua le toca a una, sus poderes se anulan. Caí al cuenco-nunca sé cómo llamarlo- de mármol que suele haber bajo los grifos, helada y con los dientes castañeteando. Ahora no me dormía, no, pero mi cuerpo estaba entumecido de frío y yo no podría volver en unos cuantos minutos. Como dice el refrán, elfina prevenida vale por dos. Y yo, siendo prevenida, había lanzado-antes de mojarme, por supuesto-un hechizo al grifo de que, en cuanto el agua ciñera mi vestido a mi cuerpecito, dejara de caer agua. Sino, me hubiera ahogado ahí mismo. 

  Cada vez que utilizaba este método de pasar la noche en vela, el efecto del agua me producía una sensación muy extraña. El miedo. Como habréis adivinado, soy una elfina miedosa que teme continuamente por el bienestar de su protegida. Pero el miedo que siento bajo la influencia del agua es muy extraño y violento. En esos instantes en los que tardo en secarme, soy una humana en miniatura. Como los humanos, mi voz es proporcionada respecto a mi tamaño; como los humanos, soy egoísta y temo por mí; como los humanos, no tengo poderes; como los humanos, soy vulnerable, y más aún si le añadimos que soy muchísimo más diminutapequeñí- sima.  Y ese miedo egoísta por mí misma me produce escalofríos, me pone los pelos de punta y me hiela la garganta. Y, de manera incontrolable, mi corazón galopa desenfrenadamente.


  Yo esperaba pacientemente a secarme, sentada como una elfina buena, temblando (¿de frío o de miedo?). Pero, cuando estaba a punto de volver a alzar el vuelo y ante mi desesperación, el grifo volvió a abrirse como por arte de magia(en este caso, el "como" sobra). El nivel del agua helada subía y subía, y yo lloraba de miedo. Era impotencia lo que sentía, impotencia ante alguna criatura endemoniada que conocía muy bien las debilidades mágicas de una elfina. ¿Quién podía ser, sino alguna otra de mi especie?


  El agua me llegaba hasta las rodillas. Intenté gritar, pedir socorro a Lish, pero no pude. El lector debe recordar que una elfina, bajo el efecto del agua, se debilita hasta el punto de que su garganta es incapaz de gritar mucho. Lo máximo que puede hacerse oír es lo que, en proporción, sería equivalente a la voz del humano. Ningún animal tiene el oído tan fino como para poder escuchar hablar a una elfina. Su grito no sería más que un pitido agudo e ininteligible. Así que imaginadme atrapada, sola, discapacitada por el agua, mojada y sin el consuelo de la luz. 


  El agua me llegaba ya al cuello, y yo era, lógicamente, incapaz de nadar. ¿Para qué necesita aprender a nadar una criatura a la que eso debilitaría, pues evidentemente el contacto con el agua le produce efectos tan negativos? Es una idea absurda. Pero aquel día me hubiera venido bien. A lo alto del "cuenco" de mármol apareció una carita infantil, sonrosada y dulce. Unos tirabuzones rubios se agitaban como muelles alrededor de su redondeada cara. Si el tamaño del rostro no hubiera sido muchísimo más diminuto, hubiera creído que era Helena.   

  -Hola.-dijo una vocecita dulce. Naturalmente, no respondí-¿Te ayudo?
-¡¡¡SÍIIIII!!!-grité, llorando como una tonta, aunque no llegó a entenderme. El agua también me volvía muy sensible. La pequeña criatura voló haciendo cabriolas hasta el grifo, y, con un parpadeo, logro que se cerrara. Luego, extendiendo las manitas rechonchas hacia mí, logró que un mar de purpurina dorada me levantara en el aire. Me llevó hasta arriba, posándome delicadamente sobre una pastilla de jabón con forma de huevo junto al grifo. Y la purpurina desapareció. Agradecida y un poco avergonzada, dediqué a la pequeña elfina -pues eso era-una mirada de gratitud.  Esperé en silencio a secarme, y, cuando me hube recuperado, le dirigí la palabra.
-Gracias, amiga. Estoy en deuda contigo.-Volé junto a ella, sonriente.
-No es nada, Luz.-respondió con su adorable voz, regalándome dos monísimos hoyuelos. 
-¿Cómo sabes mi nombre?-pregunté, sorprendida.
-Sé mucho sobre ti.-susurró ella, con una sonrisa misteriosa pero encantadora.-Acompáñame.
-No puedo...Lish...-titubeé, volviendo a temer por ella. 
-Me debes una. Además, tu buena protegida estará bien. Después de todo, está con la mía.-dijo, guiñándome un ojo.
-¿Eres la elfina de Helena?-pregunté, ruborizándome, notando en sus ojos que sabía de mis sospechas. 
-Sí, lo soy, y te aseguro que Helena es una criatura excelente. No haría daño ni a una mosca.-dijo, clavándome sus profundos ojitos grises. Ni siquiera entonces se le borró la sonrisa de los labios. 
-¿No eres muy joven para ser una elfina guardiana?-pregunté, curiosa. 
-Sí, lo soy. Más que su conciencia, soy amiga suya.-sonrió.
-¿Quién ha abierto el grifo?-pregunté, ensombreciendo el rostro.
-Ha sido mi hada.-dijo con la voz quebrada y los ojos brillantes, a punto de romper a llorar. Apartó la mirada. Volé a su lado, envolviéndola en un  abrazo. Le di palmaditas en la espalda, mientras la consolaba con palabras dulces.
-Sígueme.-gimió, con un triste hipido. Me guió a la habitación donde descansaban nuestras protegidas. Estaban enlazadas en un tierno abrazo. Lish exhibía una sonrisa maravillosa, el lienzo del placer y la liviana paz del sueño más dulce que cabe imaginar. Estuvimos unos minutos, observando con el corazón en un puño. Una cálida lágrima de cristal descendió por mi mejilla. 
-Hoy, tu niña no fingía confiar en la mía. Su amistad es tan profunda, que se quieren pese a todas las dificultades que la magia les inflige. No llevo mucho tiempo conviviendo con humanos, pero he aprendido que son muy superficiales y simples sus ideas. Tus advertencias están en un segundo plano, como las mías. Los humanos le dan una importancia excesiva al amor y a la amistad, más allá de lo que pueda suponer perder sus poderes o su elfina.-susurró la joven elfina.
-Pero ellas nos quieren, dulce caramelo, somos sus guías en esta vida.-dije con tono dulce, acariciando la mejilla de mi amiga.
-Eso no lo dudo, pero más se quieren entre sí. ¿No ves, buena elfina, que no suponemos más que un obstáculo entre ellas dos y su amistad?
-Desde ese punto de vista...-dudé, observando el profundo letargo de Lish.
-Ven conmigo, buena amiga, y dejemos de complicar sus simples vidas de ensueño. Tú y yo seremos algo más en otro lugar en el que podamos ser independientes y nos valoren por lo que somos.-dijo la pequeña, extendiéndome una mano llena de promesas.
-Un obstáculo...-repetí, derritiéndome en lágrimas. 
-A veces hay que buscar el mal menor, querida...-susurró ella, arrulladora.
-¿A donde vamos?-gemí, tras despedirme de Lish con un beso.  
Mi tierna compañera borró de las memorias de las niñas los recuerdos de nosotras. Al despertar, no nos recordarían. 




  Los dorados rayos de sol se colaban entre las blancas cortinas, pintando los contornos del cuarto con unos adorables tonos melosos. Parpadeé. Vi dos grandes ojos grises que me observaban desde muy cerca. 
-Buenos días, Yiyí.-dijo una dulce voz.
-Sdias.-respondí, restregándome los ojos con las manos. Se me escapó un bostezo.
-Levántate, lirón, que no pienso llegar tarde al mercadillo. ¡No quiero quedarme sin muestras gratis que degustar!
Arrastré las piernas hasta el baño, e hice un cuenco con las manos para llenarlo de agua fría y limpiarme la cara con él. Hablando de cuencos, ¿cómo se llamaban los cuencos que suele haber bajo los grifos? Eso...eso me recordó algo...una situación...¿De qué me sonaba la conversación que tuve con alguien que tampoco sabía la palabra? ¿Quién era esa persona? Una insoportable sensación de  ausencia me pinchaba la curiosidad. 






  Era una música arrulladora, hipnótica incluso. Las elfinas y los elfos danzaban en el aire, haciendo gala de sus hermosos vestidos dorados y plateados. Todos los rostros eran angelicales y preciosos, todos los cuellos lucían perlas o diamantes, todas las sonrisas eran encantadoras...Una luz anaranjada flotaba en el aire brillante, y un perfume delicioso alimentaba nuestro fino olfato. En la mesa de mantel dorado, una cena de apetitosas delicias relucía con cubertería de plata. Una bella elfina me saludó con sonrisa amable, y me invitó a charlar con ella. Su conversación era brillante e inteligente, y, por una vez, sentí que el mundo estaba hecho a mi medida. Pude lucirme con mi experiencia y  sabiduría. La damisela valoró mis ideas, y  escuchó mi historia con gentileza. Fue una velada excelente, y, por una vez, me sentí una persona de verdad, un alma  independiente. Aunque una vergüenza, un doloroso arrepentimiento, latía en mi pecho quemando mi bienestar. Intenté ocultar mi lucha interior, pero, por más que comprimiera ese sentimiento, siempre estaba presente en mí.  


  Cuando mis ojos comenzaron a cerrarse descaradamente y mis bostezos amenazaban por dejarme en evidencia, mi joven amiga, la de los rizos rubios, me acompañó a mi habitación. En aquel momento, turbada y cansada, me acordé de que aún no sabía su nombre, y se lo pregunté con amabilidad. 
-Pues...creo que mi nombre sigue siendo el mismo.-bromeó, haciéndome un guiño de ojos.-Kвітка, encantada.
-Yo soy Guāng. Significa "luz" en chino.-expliqué, somnolienta.
-El mío quiere decir "flor" en ucraniano.
-Oh...Qué nombre más lindo.-susurré, sonriendo. 
-Hemos llegado. Es aquí.-me dijo la pequeña hada, señalando un gran tulipán azul que se mecía suavemente con el cálido aire perfumado.-He de irme, la luna ya se esconde tras los prados azulados. Hasta mañana.-sonrió Flor, haciendo gala de una sonrisa maravillosa.
-Adiós, mi dulce amiga. Sueña con los angelitos.-me despedí, con los ojos brillantes de lágrimas desconsoladas. Y es que la ausencia de Lish era peor que una espada clavada en el estómago. 


  


  Nos vestimos y nos despatarramos en el mullido sofá rojo de Helena. Ella parloteaba sobre algo que no me interesaba. Yo asentía, pero mis pensamientos estaban muy lejos. Sentía un enorme vacío en mi corazón, un frío que engullía mi alma poco a poco, dolorosamente. Tenía la extraña sensación de que algo no encajaba, la espuela del olvido clavada en el costado. Humedecí los labios con la leche humeante que rodeaban mis manos. Faltaba algo en mi hombro, lo sentía demasiado frío. Me faltaba una chispa de...luz. ¿Qué había pensado? Una chispa de...¿luz? Estaba cansada y turbada. Todo estaba oscuro en mi mente, y yo tenía que hallar la iluminación cuanto antes, pues algo me decía que algo muy extraño estaba ocurriendo dentro de mí. 






  Mi nueva casita era preciosa y acogedora. El hermoso tulipán era desde el interior una bella cúpula color celeste, una morada digna de un dios que dejaba entrar una luz azul aterciopelado. Las suaves paredes eran en realidad los pétalos de una delicada flor de un maravilloso reino mágico. 


  Había una mesilla de noche, una gran bola de algodón que sería mi nueva cama, y una nota de letras doradas que me daba la bienvenida, junto con unos deliciosos bombones. 


  Me sumergí en la suave nubecilla de algodón, apretando las rodillas contra mi pecho. 


  El viento cantaba tristes melodías, mi tulipán ondeaba con el viento amargo, la luna se apagaba y las estrellas lloraban lágrimas de luz perlada. Y así, acurrucada en mi nuevo hogar, lloré. 






  Me despedí de Helena con una sonrisa que realmente no sentía, y me perdí por las calles oscuras con la mochila en el hombro, y un peso mucho más doloroso en el corazón. Era muy temprano, aún amanecía y el alba pintaba las calles con su acuarela rosada. El silencio moraba en las tristes calles, y yo lloraba desconsolada. ¿Por qué lloraba? No lo sabía. Pero me sentía una niña desdichada y sin motivos para seguir viviendo. Lloré hasta que se me secaron las lágrimas, y, después, lloré por dentro. 


  Saqué las llaves y abrí la puerta de casa, sintiéndome una desconocida. Tenía miedo de que mis padres no me reconocieran. Entré, y nadie me recibió. Todos estaban durmiendo. Tiré al suelo mi mochila, y me acurruqué apretando las piernas contra mi pecho. ¿Qué me estaba pasando?






  Ambas almas gemelas se derretían por dentro en llantos, compadeciéndose de sí mismas. La una por la otra, y la otra por la una. Sintiendo lo mismo, pensando lo mismo. El mismo fuego ardiente crepitaba en sus corazones sangrantes, y teñían de rojo sus ilusiones. 


  Y, entonces, ocurrió. El cielo se enterneció por las dos criaturas que se lloraban a sí mismas, y el espacio y el tiempo volvieron a estar en armonía, juntando las dos piezas.






  Y mi oscuridad se aclaró, y una presencia hermosa como la vida cegó mi corazón, iluminando con sus rayos dorados todas mis pesadumbres, y limpiando todo mi ser como una fuente de aguas cristalinas. 
Guāng!






  Una exclamación de voz de cascabel llegó a mis oídos. Era la voz de mi Lish, del ángel de mi vida, de mi vida misma. Un viento celeste la había traído desde muy lejos, como un regalo del cielo. Yo la atesoré en mi corazón, sintiéndome dueña de la mejor virtud del enorme Universo. Volé con todas mi fuerzas, me alejé del mundo de ensueño que lo hacía todo dulce hasta llegar a ser empalagoso.


  Busqué la voz que se repetía en mi alma, que volvía a latir de esperanza y alegría. Atravesé inmensos desiertos de fuego abrasador, mares siniestros de aguas espumosas, bosques laberínticos que se arrastran en la noche, tormentas horribles que relampagueaban con luz eléctrica, y, al fin, me dejé caer sobre el mundo de los humanos. Y mi corazón galopó desenfrenadamente.






 Al salir de casa di un portazo. Mis piernas volaban sobre el asfalto, mi pecho amenazaba con explotar, y mi boca se llenaba de suspiros contenidos. Corrí lo más rápido que pude, perdiéndome en la telaraña de calles de la ciudad. El destino me llevó a un ondulante claro de las afueras de la ciudad. Resoplando, me dejé caer en la húmeda hierba, refrescándome con el brillante rocío de la mañana.














  Y allí estaba mi sueño, mi vida y mi amor. Encerrada en un cuerpo infantil, en una delicada rosa que posaba en la hierba verde. Volé hacia el inevitable encuentro, gritando su nombre con toda la capacidad de mis pulmones. 






  Escuché mi nombre, y me pareció el nombre más bonito del mundo entero pronunciado por la arrulladora voz que me nombraba. Y un halo de luz se acercaba a mí, como un deseo cumplido o una esperanza hecha realidad. Con una sonrisa deslumbrante y los brazos extendidos en un abrazo que solo el aire separaba. Y mi alegría en ese momento fue indescriptible, una explosión de emociones y recuerdos perdidos, una bomba de maravilla y ansias de vivir. 






  Allí estaba mi Lish, temblando de emoción, un lienzo de hermosura y dulzura de mejillas rosadas. Y el encuentro fue maravilloso, el mejor de todos los que ha vivido el tiempo interminable. Abracé su cara angelical, acaricié sus suaves mejillas y su naricita respingona. 


  Y lloramos, lloramos durante mucho tiempo, incapaces de decir nada más que lo que decían nuestras enormes sonrisas. Las  cálidas lágrimas de Lish me mojaban de ternura, y las palabras sobraban en aquellos maravillosos instantes. 






  Una persona más observaba el encuentro. Una elfina que fruncía el ceño, murmurando maldiciones. "No acabará así", se decía con una sonrisa retorcida.