“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2011-12-24

Luz III

         Ver Luz y Luz II

  -¡DESPIERTA, LUZ! ¡DESPIEEEEEEEEERTA!

  Abrí un ojo.  Di un respingo. Era Lish, que mostraba una sonrisa de oreja a oreja muy cerca de mí, quizá lo suficiente para matarme de un susto.

  Me incorporé de un salto. 
-Lish, cuantas veces te he dicho que no...-susurré, volando  del mareo como una mosca borracha . 
-Vamos, Luz, ¡es Navidad!-exclamó, haciéndome explotar los tímpanos. Saltó de la cama como si se tratara de un trampolín,  y abrió las cortinas. 
-¡Está nevando! ¡Luz, nieva! ¡Está ne-van-do!-gritó, correteando por la habitación. En efecto, un glaseado de plata titilaba en el amanecer dorado. 
-¡Ya te he o-i-do!-contesté, sonriendo. 
-Luz, te quiero requetemuchísimo.-me dijo, con una sonrisa de mil maravillas. 
-Yo también, cariño.-le di un beso en la frente.-Hoy vístete muy guapa, ¡que es navidad!
-¡De acuerdo, Luz! ¡Hoy voy a brillar como la estrella del árbol de Navidad! ¡Ya lo verás!

  Ese día Lish se puso un gran vestido de terciopelo gris que le llegaba hasta las rodillas y unos botines del mismo color. Además, se hizo un esplendoroso moño decorado con brillantes trozos de delicado cristal anudados entre sí. Pero lo más hermoso de ella era su preciada ilusión, que centelleaba en sus ojos cual estrella luminosa. Y su sonrisa de  ricos hoyuelos...¡qué alegría era verla así!  

  Bajamos a desayunar con el corazón latiendo a mil por hora. Lish estaba emocionadísima, y no paraba de repetir que era el mejor día de su vida. Si hubiera sabido...

  Desayunamos té y pastas, pero Lish no pudo probar bocado por los nervios. Yo me conformé con una deliciosa miga de un extraño dulce que jamás había probado.

  Lish y yo dedicamos la mañana a las manualidades. Hicimos guirnaldas de papel de plata, decorados para el árbol de Navidad, e incluso le ayudamos a mamá Aò dài té a hacer su famosa receta secreta (que no puedo precisar) para la gran cena familiar que se celebraría en nuestra casa. Parecía todo tan maravilloso...

  Hacia el mediodía Lish y yo salimos a hacer recados de última hora. Había que comprar pan, algún postre y el regalo de la tía Hortensia, de la que habíamos recibido esa misma mañana una carta en la que anunciaba  que se presentaría a la tradicional ceremonia de Navidad de la familia de Lish. 

  -Lish, abrígate, estrellita; fuera hace un frío...-aconsejó mamá  Aò dài té. 
-¡Sí, mamá!-canturreó Lish, contenta. 

  La madre de Lish tenía razón, en el exterior hacía una temperatura helasupermegafriísima.  Todo el encantador pueblo Dalia brillaba bajo una mágica película de cristal perlado. Ah, por cierto, Dalia es el pueblo en el que tenemos el honor de vivir. Está situado en algún lugar lejano, en el valle Garden. Este ondulante y tranquilo valle se halla en la falda del carismático monte Colmillo, que roza el cielo con su  punta, siempre rodeada por un mar de algodonosas nubes. Se dice que nadie hasta hoy ha podido presenciar el final de esa majestuosa torre natural. El final del valle Garden está pintado con un magnífico acantilado contra el que explotan las estruendosas olas del siniestro mar. Los que conocen muy bien la zona, aseguran que entre la roca quebrada de este acantilado sin nombre hay una pequeña cala de arenas blancas. 

  El caso es que Lish y yo salimos al hermoso exterior con fascinación.  En el portal de casa había una preciosa cesta de Navidad. Como todos los años, la gente del pueblo hacía este singular regalo a aquella familia que le hubiera pintado alguna vez una sonrisa. Todo habitante de Dalia añadía un presente, y, poco a poco, se llenaba la generosa ofrenda del pueblo. Como siempre, había una postal del pintor de la aldea, con un mensaje que se repetía cada Navidad: "Gracias por ser como sois".  Es una singular manera de querernos. 

  Las calles estaban decoradas con luces de colores y papeles dorados. Los decorados de las tiendas aportaban mucho a la acogedora imagen de esa maravillosa época de felicidad. Fuimos a la panadería de los McGuire. Habían decorado su tienda con velas de todo tipo, que daban a la estancia de madera un ambiente dulce. El lugar olía de maravilla, como siempre.
-Hola,  Yà lì shān dé lín.-saludó la señora McGuire, abrazando a Lish con cariño. La señora McGuire era una mujer rechoncha, de ojos azules y maneras dulces. Todos la queríamos mucho-¿Qué tal está tu madre? ¿Ya ha encontrado ese precioso broche que se le perdió? 
-Sí, señora. Resultó que estaba en el baño, debió de caérsele al limpiarse las manos.-respondió Lish, educadamente. 
-Ah, menos mal. Bueno, preciosa, ¿que deseas?-dijo con dulzura, volviendo a su puesto tras el escaparate. 
-Cuatro barras de pan, por favor. Y algún postre para esta noche.-añadió Lish, comiendo con la mirada los dulces que se exponían aquel día en el mostrador. 
-Mmmm...Algo especial para un momento especial...-pensó la amable señora, rascándose la barbilla. En aquel instante entró en la estancia el bueno del señor McGuire, llevando una humeante bandeja con una apetitosa tarta de moras. 
-Decidido.-sonrió Lish, lamiéndose los labios.-Me llevo esa.

  Cuando salimos de la panadería de los McGuire, nos dirigimos a la casa de Eleanor. Era una muchacha extranjera que había venido hace pocos años con su hijo Manuel. Era florista, y en su invernadero cuidaba con cariño todo tipo de flores exóticas que vendía a los pueblerinos. Era una chica muy amable y generosa, y en cuanto vino todos nos encariñamos con ella y su tímido hijo. 

  -Luz, estoy nerviosa. Jamás he visto a la tía Hortensia, y temo que no sea la persona que todos esperamos. Sin embargo, ni se molesta en asistir a los eventos familiares.-murmuró Lish, perdiendo la vista en el cielo encapotado. 
-Pequeña hada, sabes que no la conoces porque vive muy lejos, en un lugar desconocido y diferente. Debe de costarle un esfuerzo viajar hasta aquí, ¿no crees? Y si este año viene, es porque ha asumido la enorme responsabilidad de viajar sola atravesando lugares peligrosos. Y todo por estar con nosotros. Es un acto muy valiente, y se lo agradeceremos como es debido. 

  Eleanor nos recibió (o, mejor dicho, recibió a Lish, pues a mí no me veía) con una sonrisa.
-Hola, pequeña y dulce criatura.-Se asomó a la calle, aún en bata-¿Vienes sola, encanto?-"¡Nooooooooooooooooo, viene  conmigo!" quería gritarle, pero, como siempre, me mordí la lengua. Era horrible para mí el hecho de que nadie me tomara en cuenta, que yo no fuera más que una sombra en el viento, sin nombre ni identidad. Miré a Lish. Era lo único que me hacía sentir en casa, pensé. Me abracé a su cuello, sensible. 
-Sí, mamá me ha enviado a hacer unos recados. ¿Podrías venderme una flor? Es que necesito un regalo de última hora y...
-A, entiendo, pasa, pasa...-ofreció, haciéndose a un lado. 

  Eleanor era una joven preciosa, de pelo rizado y ojos melosos. Siempre estaba de buen humor, y en su tiempo libre se dedicaba a regalar caramelos que ella misma preparaba a los niños del pueblo. Era el ídolo de todos, y como una hermana para Lish. 

  Cruzamos la modesta pero acogedora casa de Eleanor, repleta de hermosos cuadros de Cicerón, el pintor del pueblo. Eran grandes amigos, y estaban todo el día intercambiando regalos. 

  Llegamos al magnífico invernadero de la joven. Era una preciosa cabaña con luminosos ventanales por pared. La tibia luz del sol pintaba el lugar con sus suaves colores. Estaba lleno de cómodas sillas de mimbre y plantas de todo tipo que le daban al sitio un encanto natural. Además, la temperatura era siempre cálida y de ensueño. 

  Eleanor mostró a mi niña las plantas silvestres más hermosas que cabe imaginar. Pasó el tiempo, y Lish se decidió por una resplandeciente flor de tallo blanco, con  pétalos púrpura y destellos dorados . Eleanor le puso a la planta un  lazo dorado y nos despidió. Insistió en regalarnos la flor, y, por mucho que Lish se negó a aceptarlo, la muchacha no se movió ni un centímetro en su decisión.
-Adiós, dulce niña, y saluda a tu tía de mi parte. ¡La flor le encantará, ya lo verás!-se despidió, sonriente. 

  Regresamos a casa dando un paseo por las pintorescas callejuelas de Dalia, siempre tan maravillosas. 

  En una bocacalle, cuando salimos a la plaza del pueblo, nos encontramos cara a cara con Helena. El corazón me galopó desenfrenadamente, y sentí frío. Su soñadora mirada se posó en Lish, y sonrió con coquetería. Mi pequeña se quedó quieta y tensa, sin saber cómo reaccionar. Yo contuve la respiración. Pasaron dos eternidades, y mi odio se convirtió en ira. Sin embargo, tenía ante mí a la dueña de la criatura que había intentado separarnos a Lish y a mí. El alma me sangraba al recordar que casi lo logró.

  -¡Hola, Yiyí!-exclamó con alegría, como si realmente no hubiera pasado nada. Lish no respondió. Frunció el ceño y apretó los puños hasta que los nudillos se le quedaron blancos. Helena le lanzó una mirada desconcertada.
-Yiyí ...¿te encuentras bien?-susurró, acariciando la mejilla de mi hada. Lish clavó una mirada melancólica en su ex amiga, triste pero afilada. 
-¿Cómo te atreves a dirigirme la palabra, serpiente?-murmuró, apartando la mano de Helena secamente. 
-No te entiendo, Yiyí...-dijo la niña con un hilo de voz, intentando abrazar a Lish. Sus ojos iban adquiriendo brillo. Por un instante, me enternecí. Luego recordé el daño que nos había hecho esa cruel criatura disfrazada de inocente niña. 
Lish apartó a Helena de su lado con un empujón. A Helena le flaquearon las piernas, y cayó en la nieve con estrépito. Sus mejillas se sonrosaron, y de sus ojos emergieron tristes lágrimas cristalinas que se fundieron con la nieve. El miedo se leía en sus ojos que incubaban agua de diamante. 
-¡Estás loca!-gritó Helena, incorporándose y corriendo en llantos a su hogar. Lish la siguió con la mirada, con un reflejo de arrepentimiento en su sombría expresión. Volé a su cuello y la consolé con palmaditas y palabras dulces. Entonces me di cuenta de que una niña nos miraba fijamente desde el otro lado de la plaza. Estaba llorando, y en su rostro se veía el miedo. La pequeña corrió a la falda de su madre, y nos señaló con un dedo acusador. Su madre nos miro de reojo con indignación, y cuchicheó algo al oído de la mujer que se hallaba a su lado. Pronto toda la plaza estaba rumoreando sobre Lish, y miradas furtivas se escapaban con desprecio hacia ella. Mi hada respiró hondo y cruzó la plaza con paso rápido, conmigo al hombro. Fue humillante sentir todas las miradas clavadas en mi disgustada niña triste. 

  No hablamos en todo el camino, y, ya en casa, nos dirigimos directamente al cuarto de Lish. Allí, sin intercambiar palabra alguna, le preparé un baño caliente, lo que siempre levantaba el humor de la pequeña. 

  Pero eso tampoco funcionó, Lish seguía en aquel estado de tristeza contenida. Si al menos llorara y se desahogara un poco...

  La mamá de Lish, intuyendo en su soledad un problema sentimental, subió a su cuarto con una taza de humeante chocolate caliente. Estuvieron hablando largo rato (mejor dicho, la madre de Lish habló, pues ella no separó los labios de la taza). No logró sacarle nada, y, rendida, se apresuró a bajar para adelantar los preparativos de la noche. 
-Por cierto, estrella de luz,-dijo, ya en el umbral de la puerta-tal vez esto te anime:una amiga tuya va a venir esta noche a cenar con nosotros, ya que sus padres están muy ocupados. Había reservado la sorpresa para luego pero...creo que ahora la necesitas más. 

  La sorpresa vino hacia las ocho de la tarde. Tenía un gran despampanante abrigo rosa  y una mueca de desagrado. La habían traído obligada, según parecía.
-¿¡¿Tú?!?-exclamó Lish, mirando a su madre con odio.
-Yo no quería venir. No me han dejado otro remedio.-masculló Lisa de mala gana. Dejó su vistoso abrigo en la percha y entró en la casa sin la menor educación. 
-¡Adiós, queridaaaaaaaaaaaa!-chilló su madre, con una sonrisa falsa en los labios pintados con un cegador color rojo. Sus padres les dieron las gracias a los padres de Lish por cuidar a Lisa y se fueron, felices por haberse librado de su exigente hija. 

  Su madre  obligó a Lish a ir con Lisa, y esta obedeció maldiciendo entre dientes. A mí me dio lástima, y decidí consolarla. Pero, aunque lo disimulara, yo sabía que mi niña seguía angustiada por lo de Helena. ¡A la pobre solo le faltaba hacer de criada de una víbora como Lisa!

   
  Lish estaba de pie, con la mirada más oscura que nunca,  el ceño fruncido y los brazos cruzados sobre el pecho. Lisa, en cambio, se hallaba sentada en el sofá con las piernas cruzadas y un rostro sereno e indignado. El fuego de la chimenea crepitaba sobre sus brasas, el gran reloj de la sala marcaba las ocho y media con sus ruidosas agujas que tensaban el ambiente.
-Yo no quería venir.-repitió secamente Lisa, mirando a Lish de reojo.
-Yo tampoco quería que vinieras.-respondió Lish, en el mismo tono. Pellizqué a Lish en su cuello desnudo por sus malas maneras. Ella se hizo el gesto de limpiarse el hombro para tirarme de mi puesto.  ¡Desagradecida!
-Siento estropearte tus…maravillosas Navidades.-dijo, mirando a su alrededor con desprecio.- ¿A esto le llamáis una fiesta?
-Eso era hasta que llegaste.-dijo Lish, subiendo las escaleras de caracol que conducían a su habitación. Lisa se quedó sola en el salón, rumiando maldiciones. Yo volé con mi hada.

  Lish estaba acurrucada en su cama, acariciando su conejo de peluche. Se mordía el labio inferior, con los ojos brillantes de lágrimas.

  -Lo siento, amor. Sé que este ha sido un día difícil para ti. Pero sabes que siempre me tendrás a tu lado para consolarte, pase lo que pase. Lo demás, caramelito, es pasajero.-susurré con una triste sonrisa. Acaricié la mejilla de mi hada.-Sonríe, pequeña, la sonrisa es la mejor medicina. Ilumina al mundo con tu alegría, cariño. 
-Déjame sola, elfina.-gruñó, dándome la espalda.
-De acuerdo, corazón herido, reflexiona. Estaré en el jardín, si necesitas algo.-Y, sin esperar respuesta, salí volando por la ventana. 

  El ambiente era fresco y tranquilo. El jardín de Lish es precioso. Tenía un antiguo roble, un majestuoso árbol de ramas nudosas y hojas brillantes y enigmáticas. También había flores de tonos tibios, y sinuosas enredaderas que decoraban las paredes con sus cabellos verdes. La noche nacía en el valle Garden, y el cielo se teñía de azul océano, con sus espumosas nubes negras y el fascinante faro de nívea luz que aparece cada noche. La hierva se vestía de colores pálidos, y las bellas luciérnagas de vestidos estrellados vagaban en el valle cual mágicas nubes de fantasía. 

  Volé junto con una noble mariposa de alas rosáceas, observando el elegante batir de su ondulante vuelo. Y así, en el sagrado silencio de la plácida noche, sentí por primera vez la gélida presencia de la soledad. Algún día Lish decidiría dar comienzo a una nueva vida, un día a día libre e independiente. Y, entonces, ¿qué sería de mí? Tuve miedo. Volvía a ser egoísta, y me sentía como aquél día en el que el efecto del agua me hizo humana. Me sentí insegura y frágil, y lloré sobre el hermoso crepúsculo. Esa no era yo, no podía serlo. Lish era mi vida al completo, el fruto de mi existencia, pero al imaginar una vida sin ella había encontrado mi lado egoísta. Y eso no era bueno.  Me sequé las lágrimas, intenté controlar mis sentimientos y regresé a la habitación de Lish.


  Estábamos todos en el salón. La madre de Lish había preparado pastas, que los invitados agradecían con sonrisas y palabras amables. El padre de mi hada hablaba con el herrero del pueblo sobre no sé qué de las cañerías (siempre tan ingenioso), con una pipa en la boca y mirada enigmática. Los niños se entretenían jugueteando en el sótano, y Lish y Lisa intercambiaban miradas de odio. La velada transcurría muy lentamente. El reloj casi se había parado.


  Fue un instante de confusión. Un rayo explotó en el cielo, y un estremecedor trueno rugió e hizo temblar todo el valle. Las lámparas se apagaron. El fuego de la chimenea se extinguió. Las contraventanas y puertas se abrieron, y del hogar de Lish se apoderó un gélido silencio. El frío aire de la noche se coló por la puerta principal, que dejaba entrever el  ceniciento cielo. Y una oscura silueta entró a grandes zancadas a la estancia. Todos aguantaron la respiración. Se escucharon los gritos de los niños, que había presenciado el terrible espectáculo. Hubo un golpe sordo. Más tarde sabrían que la pobre señora McGuire se había desmayado. 


  Era una figura envuelta en una gruesa capa, que ondeaba con el fuerte vendaval que se desataba fuera. Poseía un rollizo bastón de madera. Sus ojos brillaban bajo la capucha, amenazadores. Un fuego helado se adueñó de mi pecho.   


  La luz de la luna se apagó, cubierta por un telón de negras nubes. La oscuridad inundó todo el pueblo. 



  -¿Yà lì shān dé lín?-susurró una voz grave y áurea, como el sonido de las olas al hincharse para abatir el muelle. La madre de Lish la envolvió con un abrazo protector. Percibí que sus manos temblaban.
-¿Yà lì shān dé lín?-repitió el visitante encapuchado,  con la voz más ronca que antes. "No dejaré que te haga nada, pequeña. No te tocará mientras yo siga viva" dije telepáticamente a Lish. Su madre le acarició la frente, tranquilizadora. Pero yo sabía que quien más temía en aquel instante era ella misma, no la niña. Porque mi hada es fuerte, valiente y audaz. Y en ese momento no tenía necesidad de leerle el pensamiento para saber sus intenciones. 
-Soy yo.-vociferó, adelantándose un paso y liberándose de su madre, que le rogaba quedarse con una mirada acuosa. Yo la acompañé a vuelo, preparada para reaccionar. Las elfinas seremos maternales y cuidadosas, pero, cuando se trata de la seguridad de nuestras hadas...  

  Mi joven hada se abrió paso entre la muchedumbre, robando todas las miradas confusas de la multitud. Su corazón naufragaba en un océano de siniestras dudas, pero su valentía hinchaba las velas de su voluntad.  El destino barajaba con malicia las cartas de la suerte de Lish, mientras esta se exponía a la furia del temporal. 

  De la oscura túnica del encapuchado manó una mano blanca como la nieve. El delicado miembro ascendió hasta la mejilla de la pequeña Lish, para posarse con suma delicadeza en su piel de porcelana. Mi hada contenía la respiración, mientras sus ojos de tigresa escrutaban la oscuridad de más allá de esa enigmática capucha. 

  -¿Quién eres?-preguntó en un susurro, mientras esos dedos inquietantes resbalaban hasta la barvilla de Lish para perderse de nuevo bajo el grueso manto.  
-¿No sabes quién soy?-habló de nuevo esa fascinante voz como de un oleaje furioso que ponía los pelos de punta. Mi dulce niña negó con la cabeza levemente, como si estuviera en un letargo mental, aturdida por las emociones del momento. Un fuerte viento azotó el umbral de la casa. Se escuchó un crugido, probablemente de madera. Las luces parpadearon. Se encendieron lentamente, como por arte de magia. 

  Y, por primera vez, el encapuchado descubrió su rostro. 

  Jamás creí que una  mirada mágica pudiera hacerme sentir...humana.

  

  

   

  


  


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