“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2012-01-28

Mi mundo de los reflejos rotos





  La lluvia golpetea en los gruesos cristales de la ventana. El cielo está enladrillado, y han debido de acabársele los colores al pintor del mundo. 

   Mi nombre poco importa, es uno entre otros muchos. Seguramente se os olvidaría después de leer esto, así que me he ahorrado la molestia de escribirlo. 

  Mi historia, sin embargo, no se os olvidará. Tal vez por el hecho de mencionar ahora esta rareza, o quizá porque, simplemente, es diferente.

  Hoy me he despertado con la misma lluvia de plomo que me resuena en los oídos ahora mismo, apoyada contra la pared de mi cuarto a la vez que escribo esto en un folio gastado. Era pronto, y me he levantado sin soltar las sábanas, arrastrándolas hasta el baño. Podríais imaginarme con una gorda capa raída, el rebelde pelo cobrizo revuelto y los ojos verde chispeante mirando a algún sitio perdido en el aire de cristal. 

  Soy diferente. Eso me dicen. Vivo en otro mundo ajeno al de los demás. Una dimensión paralela, aparentemente en el mismo lugar pero con una distancia en el espacio y el tiempo alejándome de las personas normales. Yo le llamo Mi Mundo de los Reflejos Rotos.  



  Mis padres están desesperados conmigo. Ellos no saben que yo me doy cuenta, pero así es. Veo a mi madre derretirse en lágrimas con cuentos. Exacto, yo veo esas imágenes en los reflejos y brillos de esas gotas que resbalan por sus pálidas mejillas. En algunos aparezco yo de pequeña, con seis años, hablando con Mili. Mili es mi muñeca de porcelana, la que me regaló la abuelita a los tres años. Aún lo recuerdo. También recuerdo que yo, al no hallar la amistad en las niñas de mi edad, entablaba conversaciones con Mili. En cierto aspecto se parece a mí, pues escucha pero no responde. Sé que no tiene vida, no soy estúpida. Pero sé que, cuando hablaba con ella, me encontraba a mí misma en su interior. Era una forma de analizar los aspectos ocultos de mi mente, esos que al principio no había desarrollado aún. Como ver los reflejos que otros no ven. Porque de cría yo era como los otros. Pero luego todo cambió en mi mente, me hice mucho más inteligente y calculadora. Ahora controlo todo mi potencial mental, y soy capaz de hacer cosas que el resto del mundo jamás sería capaz de realizar. 


  La gente cree que yo no sé analizar el exterior. Algunos piensan que me encierro en mí misma por alguna experiencia postraumática. Todos se equivocan. 


  Yo soy capaz de darme cuenta de lo que está pasando, probablemente mucho mejor que los demás. Puedo memorizar un instante, con todos sus olores, detalles y sensaciones. Puedo grabarlo en mi cabeza y revivirlo en cualquier momento. Lo he probado. 


  Sólo tengo un problema. Nadie me cree. 


  Me tachan de loca, problemática, y muchos otros adjetivos descalificativos. He ahí la razón de que escriba este diario. 


  Tengo mucha imaginación, y un punto de vista diferente. No soy religiosa. Sé demasiado como para plantearme algo así. Aunque nadie me haya enseñado, sé muchas cosas que los demás ignoran. 


  


  Hoy ha sido como otro día cualquiera. He bajado cubierta con mi gruesa manta de los recuerdos. En efecto, esa prenda personalísima contiene reflejos de mi triste infancia. No los que suelo ver, basados en imágenes transmitidas por los sentimientos llenos de energía que descargan las personas en algunos objetos que suelen tener mucho peso emocional en sus almas. Esa manta guarda en su interior los recuerdos más risueños de cuando era pequeña, transmitidos en lejanos perfumes que me trasladan a esos instantes del pasado.


  Arrastré los pies a la cocina, donde discutían mis padres acerca de mí. Entré en la estancia, invisible y silenciosa como siempre. Me senté frente a la mesa, y mi madre arrojó un cuenco de leche frente a mí. Acerqué mis labios a la nívea superficie y sentí sus frías ondulaciones en la lengua. Después dejé de beber a los diez centímetros del fondo del cuenco, y lo sostuve cambiando el ángulo hasta lograr una buena visión en el reflejo de la leche. En él vi a mis padres reñir sin que se dieran cuenta, memorizando cada palabra, tono y gesto. Ellos como siempre, no se dieron cuenta y siguieron gritando.
-¡Luis, yo no puedo seguir así!-vociferó mi madre, extendiendo ambas manos y frunciendo el ceño con un brillo desesperado en la mirada y una gota de sudor descendiendo lentamente por su nariz.-¡Voy a acabar por volverme loca!
-Lo sé, Susana, pero...-intervino mi padre, desviando la mirada con un gesto nervioso. Se retorcía las frías manos mientras susurraba palabras ininteligibles. 
-¡Nada de peros, Luis! ¡Esto no es vida! Tenemos que llevar a la niña a un centro especializado, ¡o acabará con nosotros! -gritó, con el llanto en la garganta. Se apoyó contra la pared para no caer-Ya tiene doce años. Cada instante es un infierno así... No duermo por las noches temiendo que se haga daño a sí misma o a otra persona. La quiero demasiado como para sufrir sus enfermizos silencios, sus miradas perdidas y sus melancólicas sonrisas. Quiero curarla, cueste lo que cueste. Pero esta no es la manera, no hemos acertado en nada...Es lo correcto, lo mejor para todos...
-¡No disponemos de tanto dinero y lo sabes, Susana!-levantó el tono Luis, agarrando a su mujer por las muñecas y clavando su mirada en la de ella. Pasaron diez segundos así, mirándose el uno al otro. Entonces mi madre comenzó a llorar, y mis padres se unieron en un alicaído abrazo. 
-Tranquila, Susana, todo saldrá bien. La niña no necesita una corte de fríos médicos a su alrededor, sino el cariño y el amor de unos padres que se sacrifican por ella. ¿Verdad, cielo?


  Yo despegué la mirada del conmovedor reflejo con los ojos llenos de lágrimas, y busqué la mirada de ambos. Entonces me levanté, pasé a su lado con la manta contra el pecho, y me perdí escaleras arriba. 


  Una hora más tarde mi madre subió a mi habitación y me encontró frente a Mili, contemplándola en silencio. Se sentó a mi lado y suspiró, rendida. 
-Hola, cielo.
-Mili y yo vemos reflejos de sentimientos estrellados, batallas libradas en recónditos lugares, lejanos, muy lejanos...ocultos en ti, en mí, en papá... Y una paloma blanca  bate las alas, la familia, suspirando lágrimas de marfil, nadando en el cielo lunar para alcanzar el espacio infinito, la felicidad. Pero hay una gran tormenta. La paloma, pobre animal de delicadas plumas y tembloroso corazón dorado, lucha contra el vendaval. Y su ánimo fiel y valiente, con empeño hallarán el amor y la armonía en las cálidas estrellas. Algun día, tal vez, cuando entienda los signos de las estrellas, sin ignorarlas, escuchando, encontrará la paz.-susurré con pasión y poesía, señalando los rayos dorados que se colaban entre los grises corderitos del cielo. Mi madre sonrió, me revolvió el pelo y se fue con un "te curarás, hija mía, te curarás" . Y me dejó sola con mi pensamiento, entristecida por su incapacidad para encontrar  sentido en mis sentimientos. Me había costado mucho abrir mi corazón y dejar salir aquel río de confesiones. Se marchitaban en mi mente al verme tan incomprendida. Y todo vestigio de esperanza se evaporó en mí, cual nubecilla plateada de sueños hechos añicos. 







  No quiero morir sin haber sido comprendida. No temo a la muerte. Ni al sufrimiento, soy demasiado fuerte psicológicamente para eso. Sencillamente, temo desaparecer del mundo como una sombra extinguida, una raya en el cielo. Faltan muchos años para mi final, pero mi vida va a contrarreloj. Quiero acabar esta vida en paz. 


  Por favor, ayúdame...


 


  



  


  
 

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