“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2012-02-09

Zorigaiztoko Loti Ederra




    Txirrinak esnatu ninduen. Begiak igurtzi nituen. 

  Segundo batzuk behar izan nituen ikasle guztiak arrapaladan irten zirelaz ohartzeko. Eta ni hor geratu nintzela, bakarrik, arbelari so.

  Burrunba bat entzun nuen, txintxin bat, danbada bat eta...isiltasuna.



  Motxila era zatarrean artu nuen, eta bizkarrera jaurti. Ez nintzen konturatu irekita zegoelaz, eta liburu guztiak lurrean sakabanatu ziren. Nire golkorako madarikazio bat bota, eta materiala lurrean utziz ziztu bizian irten nintzen gelatik.

  Pasiloak argi zurbil batez estalita zeuden, hilobi batzuk bailiran. Nire zapaten hotsa besterik ez zen entzuten marmolarek aurka kolpeka, ihesi urdurian. Eta nire barrunbeetatik irteten ziren kolpe bortitz horiek, ene bularrean jaiotakoak.  

  Eskailerak estropozu batez jeitsi nituen, eta hesiaren aurka egin nuen talka. Itxita. 

  Arnasestuka gelditu nintzen, lurrean botata, eztarria itota. Zer egingo nuen ba nik, oraingoan egiaz eskolaren preso?



  Goiko solairura igo nintzen arrapaladan. 

  Hor zegoen nire erronka. Nire aurrean. Literalki zabalik.

  Lehio estu bat zen hura, arratsaldeko argi-izpi ahulen sarrera. Eta nire irteera, akaso?

  Arazoa oso sinplea zen. Ikaragarrizko altuera zegoen handik lurrera,  eta bakarrik begirada zuzentzeak beldur-hotzikara bat eragiten zidan. 

  Ez neukan beste aukerarik. Tamalez ostirala zen, eta astelehenerarte ez zen deus ere eskolatik igaroko. Arnasa artu nuen, begiak itxi nituen, eta salto egin nuen. 



   Txirrinak esnatu ninduen.

   Intziri batez altsa, eta ero baten moduan egin nuen lasterka, pauso bakoitzean estropezu eginez. Atea hatzez inguratu nuen, kolpez irekitzeko asmoz, baina nire sorbalda tinko eutsi zuen esku hotz batek geldiarazi ninduen. 

  -Nora hoala uste dinan, Loti Eder hori?-egin zidan zizt belarrietan ahots txiki batek, mehatsuz eta irainez betea. Liztua irentsi nuen, bira ematearekin batera andereinoaren sudur luzearekin topo eginez.-Uste dut norbaitek gelakide guztien etxeko lanak egin beharko dituela...

  Suspirio luze bat bota nuen, masailak lotsaz pizten zitzaizkidan bitartean.



 



   

2012-02-05

La flor del viento.

   La luna ardía en hielo de mármol. Mágica. 

  No era demasiado pronto, pero, al ser, invierno, lo parecía.

  Tenía los ojos entrecerrados por el cansancio. Aquella noche no había descansado mucho, al parecer. 

  Hacía frío. Una gruesa bufanda de lana me tapaba hasta la nariz respingona, y mis frías orejas asomaban entre el gorro y mi pelo. 


  ¿Por qué no habría escuchado a mi madre? No debería haberme puesto esa corta minifalda gris y esas finas medias marrones. Me froté las manos para buscar el calor en ello, pero lo único que logré fue estornudar y volver a metérmelas en los bolsillos de la rígida chaqueta.


  Vi mi reflejo en el escaparate de una vieja librería. Vi en él a una chica delgada con las orejas, la nariz y las mejillas rojas. 


  Eché un vistazo al gran reloj de la iglesia. Su gran esfera competía con la luna por el dominio del cielo, cristal roto en brechas de luz. Amanecía. 

  Lesli apareció entre las sombras, con un gran abrigo verde que le llegaba hasta las rodillas. Debajo llevaba unos vaqueros claros, y en la parte superior del enorme cuello una sonrisa resplandeciente.  


  -Hola, Adriana.-susurró alegremente al llegar a mi lado.
-¿Dónde demonios has estado? ¡Casi me sirven en cubitos de hielo!-reproché con una sonrisa, contenta por su presencia.
-¡Ja, ja, ja! ¿Te imaginas?-Irguió la espalda y colocó un brazo como si fuera un camarero.-Señora, ¿desea un poco de Adriana en su infusión? -luego imitó a una anciana encorvada usando su paraguas a modo de bastón-¿Está muy fría? -volvió al camarero estirado-Recién sacada del congelador, mademoiselle. -luego agitó el paraguas en el aire-De acuerdo, échame un poco.

  Reimos a carcajadas con la broma de mis cubitos de hielo, con una risa tonta y los ojos llenos de lágrimas, y nos tumbamos en un banco (con una fina película de hielo, advertí después) suspirando e intentando recuperar la respiración. 

  Al despedirme de Lesli y tomar el camino a casa, metí una mano en el bolsillo. La saqué con una tierna flor rosada. Sonreí. No sabía como, pero había hecho una nueva amiga del espacio. 

  La mañana fue cortísima, sospecho que alguien habría robado las horas al tiempo. Tal vez la presencia de Lesli, tal vez esas risas alocadas que aligeran los ladrillos que nos arroja la vida a las espaldas.  O, tal vez, una pequeña florecilla.


 

  

  Desperté de un sobresalto. Había soñado algo desconcertante. Ni siquiera sería capaz de explicarlo. 

  Me levanté con el melodioso canto de las flores. Esbocé un risueño bostezo. Abrí las cortinas, y saludé al cielo verde esmeralda. Aquel día el planeta Nomy brillaba más que de costumbre. Su gigantesco anillo despedía  resplendores maravillosos de colores azulados. Me pasaría horas observando ese precioso astro.  El cielo estaba tan limpio de nubes, que se podían distinguir los tres soles desde mi ventana.  Aquél sería un día luminoso, sí. 

  Un delicioso aroma a néctar captó mi atención. Venía de arriba, de la cocina. Mamá me estaría preparando el desayuno, claro. 


  Me puse un ajustado vestido tejido en plata y un gran y delicado anillo (también de plata) en la cabeza. Realicé un ligero vuelo hasta el techo de mi habitación, y abrí cuidadosamente sus pétalos azules. Se abrieron con facilidad, dejando caer sus tiernas y aterciopeladas paredes. Me impulsé y volé más alto, dejándome mecer por la cálida brisa que recorría mi pelo dorado, haciéndolo ondear como las algas a las que que hace bailar el tibio mar púrpura. Acarició mis mejillas con suavidad, regalándome unas flores rosáceas que se habrían desprendido de los árboles que se vislumbraban muy abajo. Cogí una con delicadeza y la guardé entre las manos, en un cofre sagrado, para retomar el vuelo hacia la flor de mis padres. Abrí los grandes pétalos, y entré en la estancia. Toda mi familia estaba reunida en la mesa, incluida mi madre, a la que di un dulce beso en la mejilla. Y me senté a desayunar con ellos, escuchando en silencio sus arrulladoras palabras. Extendí una mano y le coloqué la flor del viento tras la oreja a mi encantadora hermanita. Ella me la agradeció con una sonrisa.


  Cuando me preparaba para descender a la tierra, donde me esperaban mis amigas, mi hermana se me acercó. Me colocó la bella flor tras la oreja, despidiéndome con un aterciopelado "adiós".






  

  Me desperté de un sobresalto. Había tenido un sueño muy...real. 
Cuando me incorporé, algo se me cayó desde detrás de la oreja. Una flor. La observé con atención, extrañada. 


  Mire el reloj. Eran las 6:36. Me vestí lentamente, sin quitarle la mirada a la flor. La flor de mi sueño. 


  Era la hora. Tenía que ir con Lesli. Estaba confusa por lo de la flor. Me la metí en el bolsillo,  y salí a la fría mañana. 









  Caminé por las grises calles desiertas, repasando aquel sueño imposible. Le di mil vueltas, y llegué a una conclusión. Guardaría aquella estrella sedosa, no solo entre mis manos, sino también en mi corazón. Sin embargo, había hecho una buena amiga, por muy lejos que estuviese. Por muy distantes que fueran nuestros mundos. 


  Me sentí feliz. Una nueva estrella brillaba en mi mirada. 


 

   La luna ardía en hielo de mármol. No era demasiado pronto, pero, al ser, invierno, lo parecía.

  Tenía los ojos entrecerrados por el cansancio. Aquella noche no había descansado mucho, al parecer. 


  Hacía frío. Una gruesa bufanda de lana me tapaba hasta la nariz respingona, y mis frías orejas asomaban entre el gorro y mi pelo.

 
  La mañana fue cortísima, sospecho que alguien habría robado las horas al tiempo. Tal vez la presencia de Lesli, tal vez esas risas alocadas que aligeran los ladrillos que nos arroja la vida a las espaldas.  O, tal vez, una pequeña florecilla.