“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2012-03-02

Un amor de capa canela

Una cálida brisa dorada penetró en mi habitación a través de las blancas cortinas. Trajo hasta mi cama un aroma a romero, rosa y jazmín. La esencia de la primavera, en definitiva.

   Aparté las gruesas mantas que me cubrían, remetiéndolas bajo el colchón de paja. Tenía un sonriente bostezo en los pulmones cuando me preparé para lavarme con el agua fresca que había en un recipiente de arcilla. El tibio aire de la mañana acarició mi morena piel desnuda, y dibujó unos hoyuelos en mis mejillas, que desaparecieron cuando el corsé me abrazó la cintura. Me cubrí con una camisola ancha de mangas abombadas y unos pantalones. No estaba muy bien visto que una mujer los llevara, pero para una moza de cuadras eran casi imprescindibles, como montar a horcajadas. 

  Puse a hervir una gran cacerola llena de fresca leche, mientras rociaba de mantequilla unos gruesos panes duros. La señora Marta bajó a la cocina, con el escandaloso gorro de dormir aun puesto. 
-Buenos días, señora. ¿Ha dormido bien?-saludé alegremente, mientras me limpiaba  las manos en el delantal.
-Naaaa...-respondió, dando por zanjada la conversación. Le serví el desayuno en silencio, tragándome la risa.  Poco después apareció el señor Fermín, con Pancho correteando entre sus piernas. Saltó sobre mí en cuanto me vio, al mismo tiempo que me propinaba dos grandes lametones en la mejilla. Le rasqué en el cuello, para apartarlo en un intento de servir la humeante taza de leche sin derramarla. No salió del todo bien, y Fermín se quejó, pero todo quedó en eso. 

  Pasé un grueso trapo húmedo por la mesa, y coloqué el delantal en la percha. Dejé a Pancho en la cocina mordisqueando con ahínco una rolliza pata de buey. 

  Después rodeé la casona hasta el establo, donde me encontré con Perico, que partía al monte con el rebaño. Me dedicó una amable sonrisa desdentada y un "Agur!" casi ininteligible, que yo le devolví agitando la mano en el aire. 

Un crujido acompañó la apertura de la puerta. Ahí estaba Politta, una yegua dócil y dulce de capa canela, ojos marrón chocolate y crines de un negro reluciente. Entré a grandes zancadas y le acaricié el hocico. Ella respondió rascándose la cabeza contra mí, en un bonito gesto afectivo. La cepillé con cuidado, trazando círculos en su brillante pelaje. Luego la peiné, y le coloqué el sudadero, el protector y la silla de cuero, junto con el bocado, a mi pesar. Jamás me había gustado colocarle esos horribles hierros en la boca, pero Fermín era muy estricto respecto a eso. Y era su yegua, así que no había nada que hacer. 

  Puse un pie en el estribo (que había ajustado con anterioridad) y monté. Salimos al exterior, a los prados  en los que brillaban los estrellados rocíos de la mañana. Hacía frío, el aire ondulaba mi cabello. El galope era desenfrenado, fascinante y precioso, un arte en el pleno sentido de la palabra. Ese, no ningún otro, era el cielo.          
 

  Recorrimos un serpenteante camino de grava, rodeado por un inmenso mar de viñedos, árboles frutales y encrespados mares de fresca hierba o trigo, espumeantes de amanecer plateado. Politta jadeaba llena de placentera pasión. Con su galope hacía saltar nubes de polvo al mismo tiempo que hacía vibrar la tierra bajo sus fuertes pezuñas. Su lomo ondulaba al limpio galope, casi inmóvil en el aire. 

  Me sequé el sudor de la frente con el reverso de la mano, y observé el dorado sol. Estaba ya en su cenit, sería el mediodía. Tiré levemente de las riendas, y chasqueé la lengua repetidas veces. La yegua se detuvo obediente al cabo de cinco metros, la velocidad impedía que lo hiciera en menos espacio. Era joven pero sabia, me recordé con orgullo. 

  La dejé pastar en un soleado claro, surcado por un riachuelo de aguas frías. Yo me acurruqué bajo un viejo árbol,y engullí un trozo de queso de cabra con pan duro. Después, sedienta, acudí al riachuelo, refrescándome con sus aguas y saciando mi sed. Me quedé dormida hecha un ovillo en las raíces del árbol, con el sombrero tapándome la cara. 

  Me desperté con el gorjeo de unos pajarillos, y volví a ensillar a Politta. Esta vez viajamos al paso,pues a esas horas de la tarde hacía un calor empalagoso.

  Llegamos a la aldea hacia las tres de la tarde, cuando la temperatura comenzaba a ser más estable. Los cascos de la yegua resonaban por las callejuelas adoquinadas. Ese sonido era música para mis oídos. La acaricié en la crin, susurrando palabras de ánimo, a lo cual ella respondió con un bufido de satisfacción. 

  Llegamos a la posada "Basurde urdina". Tuve que entregarle mi yegua a un muchacho extremadamente delgado, Txomin, al que di una moneda para que se comprara algo de comer. Me lo agradeció con una sonrisa de dientes torcidos. El chaval tenía un aspecto adorablemente torpe, pensé casi con cariño. 

  Propiné tres fuertes golpes en la gran puerta, que se abrió con un crujido y un golpe seco. De ella asomó un gran hombre de barriga cervecera y sonrisa simpática. Se limpió las manos en el grasiento delantal (incluso más sucio que las manos) y me estrechó en un abrazo de oso.
-¡Hombre, Antton!
-Zer moduz, Leire?
-¡Bien, amigo, bien!-respondí, dándole una palmadita en el hombro, al que logré llegar de puntillas. 
-Betikoa?
-Betikoa.
Me hizo una señal para que le acompañara al interior de la posada. Había una gran hoguera, un tonel lleno de vino y gruesas mesas repartidas por toda la estancia, abarrotada de gente muy animada. Me acompañó a la bodega, donde me dio un saco lleno de pienso para los caballos, y otro con sobras para las gallinas de Marta y Fermín. 
-¿Han llegado ya los caballos y yeguas?-pregunté, arrastrando ambos sacos hasta la entrada. 
-Sí, hoy a la mañana. Están en las cuadras, como siempre. Ya sabes, pura rutina.-añadió, guiñándome un ojo.
-Como debe ser.-apunté con una sonrisa agradecida, entregándole una bolsita llena de monedas.-Es un placer.

  Salí media hora después con una docena de robustos caballos y yeguas, traídos desde el interior. Yo marchaba al frente con Politta, siempre fiel, seguida del resto. Eran preciosos ejemplares de complexión fuerte, colores brillantes y un oscuro brillo de orgullo en la mirada. Eran casi feroces, pero leales en cuanto te ganases su confianza. Yo ya me conocía la historia, y trabajaba encantada con ese tipo de animal. Tenían un coraje y una personalidad fascinantes, morirían al lado de aquella persona que lograra su respeto y su gran corazón. 

  Marchamos a buen ritmo, dejando una humareda a nuestro paso. Atardecía, el horizonte ardía en una línea de fuego, una brecha de sol, y los campesinos me saludaban con la mano mientras retornaban a sus hogares tras el duro día en el campo. 

  Volvimos al anochecer, cuando las estrellas titilaban en el azulado cielo. Introduje a los sementales en las cuadras, les alimenté y volví a la casona con el pelo lleno de polvo y el cansancio acumulado en todo mi cuerpo. Me puse el camisón y me sumergí entre mis maravillosas sábanas. Y el dulce sueño se posó en mis  párpados.                          


 

1 comment:

  1. siur nago zaldiak asko gustatzen zaizkizula ......bai? muxus. amoña Mentxu

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