“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2012-03-03

Un ángel sin nombre

  Yo iba con mi vestido blanco y mis botas altas, el pelo oscuro rizado y la música de los cascos a tope.

  Me senté en aquel banco, esperando la llegada del topo. Media hora antes de que entrara en la estación.

  Estaba sola en el lugar, una chica anticipada cuando el último topo acababa de abandonarlo un par de minutos antes. Las ocho menos veinticinco.

  Una anciana se sentó a mi lado y me saludó, como si me conociese de toda la vida y no fuera más que una conversación cotidiana. Yo le respondí con una sonrisa y un tímido hola.

  Pasó algun minuto, dos como mucho.
-¿Te has hecho daño en la mano?-me preguntó ella dulcemente, lo más dulcemente que se puedan pronunciar estas palabras desinteresadamente. Le dije que no, sonriendo al darme cuenta de que lo había deducido dado el guante sin dedos que llevaba en la mano izquierda.

  Me preguntó mi edad, yo le respondí que tenía doce años. La adorable anciana afirmó que tenía una nieta de mi misma edad, y recuerdo que dijo que esa nieta (cuyo nombre no mencionó) cumplía los años el trece de mayo. Y pensar que, mientras escribo esto a las 20:48 del mismo día, me acuerdo del cumpleaños de una chica que nisiquiera conozco...

  La anciana, a su vez, cumplía los años el veintinueve de agosto. Un día antes que yo. Qué curiosa es la vida, ¿verdad?

  Su nieta es -me contó- muy inteligente y txintxoa, muy madura para su edad. Es muy estudiante, toca el piano, y practica euskal dantza  y balonmano. Su nombré quedará en la duda por siempre jamás.

  Esperamos sentadas, hablando de dichas cosas y muchas más, tardaría una eternidad ennumerándolas. Hablamos de su nieta, de otros miembros de su familia, mi hermanito, de mí,  y de la vida.

 Yo la observaba en silencio mientras ella me contaba mil cosas fascinantes sobre todas las cosas de las que se pueda hablar en media hora. Observaba sus pequeños y acuosos ojos, y la florida lágrima que se deslizaba por su mejilla pintada de arrugas. Sus labios cariñosos, que parecían saberlo todo acerca de mí en cuanto su mirada amable atrapaba la mía.

  Al final llegó el topo, con sus rugidos, rechinos, y luces. Antes de subir, ella me dirigió una tierna y enorme sonrisa.
-Es muy probable que jamás me vuelvas a ver. Y, cuando tú crezcas, yo ya no estaré aquí. Pero, a pesar del tiempo transcurrido, recordarás a esa amoña que te empezó a hablar. Porque nosotras también fuimos jóvenes, y recordamos.
Subimos a bordo. Había mucha gente, y no encontramos dos asientos juntos. Permanecimos en silencio.
Yo sentía cabalgar mi corazón por mi venas, latente con el nuevo ritmo de la música que llegaba a mis oidos a través de los cascos. Llegué a mi parada, pulsé el boton de abrir la puerta. Alcé la mano en el aire, agitándola sonriente, y me sumergí en la tibia noche. Le diriguí una última mirada a la anciana a través del reluciente cristal, y nuestras miradas se tocaron por última vez. Y me alejé, pensativa.

  Hoy me he dado cuenta de lo fácil que es querer a alguien al que ni siquiera has visto antes. Y de que existen ángeles sin nombre que moran por la vida encontrando un hueco en tu corazón.

  Ni siquiera le he preguntado su nombre. Pero seguirá siendo un ángel, aunque solo exista en mi memoria.

  Estés dondo estés, seas quien seas, y en el remoto caso en que leas esto...gracias.   :)

1 comment:

  1. Ze polita Nahia! Ojala esa amoña pudiera leer estas palabras que te salen directamente del corazón. Si ella supiera la huella que ha dejado en ti , se sentiría muy orgullosa!

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