“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2012-07-26

AL OTRO LADO DEL CÍRCULO DE FUEGO Segunda parte



  -Es el ángel que ha bajado de las estrellas.-dijo una vocecita.
-Oh, sí. Pero no tiene sus alas...-dijo una segunda voz.
-Por eso debemos dárselas, para que vuele hasta la montaña de la Luna de Fuego y cierre el portal del Mundo Oscuro.-habló la primera. 
-Ah, sí. Lo recuerdo, lo dijo el último ángel, el que se perdió en el abismo del Mundo Oscuro arrastrado por las Sombras.
-¡Shhh! El ángel ha despertado.
-Oh, sí. Ya lo veo, ya lo veo. 

  Abrí los ojos, con la nariz arrugada por la deslumbrante luz. Me hice una visera con las manos para poder ver mejor. 

  -¿Dónde estoy?-pregunté a las dos luces que susurraban entre sí.
-En el planeta de la Luna de Fuego.
Me acostumbré a la luz, y distinguí en el aura de luz de aquellas diminutas criaturas (aproximadamente del tamaño del dedo corazón) a dos personitas rubias de vestidos hechos a base de plantas y pétalos.
-Es un sueño, ¿verdad?-Medité en voz alta.
-Si fuera un sueño, podrías despertarte.-apuntó la primera voz. 
-Oh, si, podrías.-repitió la más pequeña. 
-Bien, os seguiré el rollo.-dije, intentando pensar con calma-Suponiendo que estuviera en un planeta adverso al mío, ¿porqué? ¿cómo? ¿basándome en qué? ¿ha ocurrido...?
-Deja las divulgaciones y haz la pregunta obvia.-me cortó el 'hada' grande, extendiendo una mano hacia mí. Lo vi claro.
-¿Cómo puedo volver?-Articulé las palabras con cuidado. 
-Oh, ¡yo lo sé!-exclamó la más pequeña, al mismo tiempo que se me acercaba en un vuelo corto, dejando un rastro brillante.-Debes cerrar la barrera de la Luna de Fuego. 
-Sólo cuando hayas sellado la Luna de Fuego para que nunca más se vuelva a abrir, las Estrellas Doradas que la rodean se hallarán en una circunferencia perfecta. Entonces, cuando estemos a salvo de las Sombras de la otra dimensión, el ancestral Círculo de Fuego te transportará a tu hogar tal y como lo recuerdas.-agregó la otra criatura, solemne. 
-¿Y cómo he puedo cerrar el portal de la Luna de Fuego?-pregunté, absorta. 
-El dragón diamantino te dará la llave.-recitaron las dos a la vez.-Suerte, ángel-Y desaparecieron dejando tras de sí una cascada de purpurina. 

  -¿Ángel?-repetí, confusa. En ese mismo instante un par de sedosas alas blancas me crecía en la espalda. 

  De la nada surgió una gran criatura de escamas perladas y ojos grises como diamantes. Era alargada, alada y majestuosa como ella misma. Su anciana y sabia mirada se ancló en mi mente.
-¿Eres el dragón diamantino?
-Es evidente incluso a ojos angelicales.
Me guiñó un ojo.
-Me han dicho unas hadas brillantes que usted, noble criatura, debe entregarme la llave del portal lunar.-expliqué, perdiéndome en su cristalina mirada. 
-Cierto. Toma, ángel piadoso, nos encontraremos de nuevo en tu camino, más pronto de lo que crees. Vuela hacia tu hogar.
Sacó una lengua plateada de su hocico, en la cual estaba depositada una llave de cristal. La tomé y la agarré con fuerza, a sabiendas de que era el único modo de llegar a casa. El elegante dragón sopló, y su soplido me elevó alto, muy alto, hacia una nada blanca y vacía. 

  Ascendí tanto que perdí la noción, y la realidad que me rodeaba era la misma. Estaba sola en el infinito, con la esperanza depositada en una llave sin cerradura. Era increíble y fascinante que en tan poco tiempo me hubiera acostumbrado a lo que nunca creí. 

  Dejé de subir. Caí, muchísimo, pero recordé mis alas. Las agité suavemente, y floté en el aire. Sin rumbo.

  Al final, divisé en la lejanía la silueta de una montaña muy empinada y con la forma de un helado que se enrolla en sí mismo. Y, en su afilada cumbre, una luna roja; ardiente.

  Mis alas se cayeron de mi espalda y se deshicieron en plumas, y luego en polvo que se perdió en el aire hueco. 

  Aterricé como una pluma en algún punto de la montaña de la Luna de Fuego. Tenía la llave y la luna. Pero, antes de nada, me tendría que enfrentar a unas tales Sombras que querrían proteger el umbral para no ser encerradas en su Mundo Oscuro.

  Y, en efecto, acudieron a mí. Eran como agujeros negros en el aire, siluetas  en el suelo que se dirigían a mí con sus garras de sombra extendidas. Sentí el ponzoñoso terror recorrer mis venas. Recordé las palabras de la luminosa niña, la pequeña: "lo dijo el último ángel, el que se perdió en el abismo del Mundo Oscuro arrastrado por las Sombras". Temblé, sintiéndome frágil como la flor marchita ante un viento huracanado. 

  Al final, llegaron. Estaban ahí, frente a mí. Las Sombras. Dispuestas a sumergirme en algún lugar tenebroso para toda la eternidad, sola e indefensa. 

  Yo representaba la luz; ellas la oscuridad. Y, recordé, la luz siempre vence. 

  Mis manos comenzaron a brillar ante la idea. Me sentí poderosa, capaz de todo. Fruncí el ceño, me concentré, intenté sentir el poder en cada una de las partículas de mi cuerpo. Me encerré en mí misma, uniendo coraje y valor para renacer, encontrarme y superar mis miedos. Y expulsar al exterior todo ese poder que cada uno de nosotros llevamos dentro, y dejar brillar mi luz interior.

  Una bola de energía cósmica apareció de mi fuerza unida para combatir el mal, y, de esa idea, un gran rayo de luz se desplegó como un abanico deslumbrante que ahuyentó a las Sombras que representaban los obstáculos en la vida para conseguir los sueños por los que cada uno lucha. Las Sombras se perdieron entre las oscuras llamas de la Luna de Fuego. Yo corrí con todas mis fuerzas, con una mirada brillante y satisfecha iluminada por las azuladas estrellas, apretando la llave de cristal contra mi pecho, segura de haber encontrado mi camino. Y el maravilloso planeta de la Luna de Fuego relució como una piedra preciosa, azul y brillante como la mágica noche.

  Desde la torre de la cumbre de la montaña, admiré por última vez el hermoso planeta. Junto a mí estaban las hadas y el dragón diamantino. Les sonreí y me despedí con la mano, antes de introducir la llave de cristal en la cerradura de la Luna de Fuego.

  Las ocho estrellas rojas de la gran luna centelleante formaron una circunferencia perfecta, y me dejé transportar por las llamas del Círculo de Fuego.

  Cuando abrí los ojos, ya estaba allí. En el otro lado. 

  En casa.

  







  

EL CÍRCULO DE FUEGO Primera parte


  No todos los días se cumplen los dieciséis, me había dicho mi madre mientras colocaba cuidadosamente flores blancas alrededor de mi gran moño. Hoy será un día especial e inolvidable para ti, y estarás deslumbrante toda la noche. Toda TU noche. Sonreí. 


  Los invitados llegaron hacia las diez, y el jardín parecía como sacado de un cuento de hadas. Mi madre se había tomado la enorme molestia de colocar millones de farolillos azules entre las ramas de los sauces llorones, así como un arco de narcisos, un minibar forrado con tulipanes y una banda tocando mis canciones favoritas. 


  Me gustaría parar el tiempo y vivir eternamente en aquella noche estrellada riendo con mis amigos y dejándome arrullar por las inocentes notas que flotaban en el aire, envuelta en aquella mezcla de fragancias florales. 


  La brisa de agosto hacía aflorar nuestros vestidos, temblar los blandos pétalos y acunar las ramas de los soñadores sauces. 


  De improviso, un farolillo dejó volar una chispa blanca, que dibujó una flor de llamas que caldeó el ambiente. Una explosión de fuego que provocó gritos, y una marea de pisadas huyendo al otro lado del jardín. Escuché el beep de algún móvil en busca de ayuda. La música seguía sonando, y el mundo entero empezó a dar vueltas. Las estrellas se movían, sin duda, dibujaban círculos luminosos en la cúpula celeste. Mis ojos miraban si ver, me sentía abrumada por una sensación muy especial, sin gravedad. No era una mala sensación, al contrario. Era maravilloso, como si estuviera dentro de una burbuja de paz y sosiego. Escuchando la canción que seguía sonando. Distinguí el suelo avanzando, como si realmente orbitara alrededor del sol. Rápido, muy rápido. Ya estaba en el centro del círculo de fuego. El calor acarició mi piel, lamió mi vestido y lo hizo brillar. Cerré los ojos, y sentí como mi cuerpo se acurrucaba entre las llamas. Cálidas, cálidas llamas. 


  Cuando abrí los ojos, ya estaba allí. En el otro lado. 


  En el planeta de la Luna Roja.