“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2014-01-04

Cierro los ojos y sonrío


 
  Cierro la puerta con llave. Un tintineo. Aspiro fuerte para conseguir almacenar en mis pulmones el olor a canela. Cascabeles mecidos por suspiros amarillos. Saludo a todo el mundo con la nariz roja aún. Está cerca. Lo noto. Me desprendo del abrigo y froto mis manos entumecidas por el frío. Noto su azul pálido, sus dorados, sus colores vivos, latentes. Tiro por ahí las botas y meto rápidamente los calcetines en las zapatillas de casa. Percibo su dulce aroma, cálido. Su sabor frío y ardiente atravesando mi garganta. Me inunda una marea de abrazos y besos en la mejilla. Un cosquilleo recorre cada poro de mi piel. Llega a mis manos una deliciosa taza de chocolate caliente.  Está ahí, casi lo toco con la yema de los dedos. Y, sin embargo, siento su aterciopelado tacto. Me siento en el sofá rodeada de gente y miro cómo nieva al otro lado de la ventana. Degusto cada nota de ese susurro embriagador que se me hace tan familiar. Cierro los ojos y sonrío. Adoro la Navidad.



La metáfora perfecta


  Las auroras rasgan lo azul de la noche. Las estrellas titilan; tiemblan como pétalos al viento. La ciudad duerme.

  Siento en mi propia piel la sosegada respiración del mundo. Un solitario escarabajo azul celeste ronronea al pasar. La carretera se vuelve gris. Noto el frío de la mañana en la nariz respingona que sobresale de la bufanda. Es la metáfora perfecta: todo en calma, el cielo gélido, una canción sencilla en la radio, el café humeando en el asiento del copiloto, mis manos acariciando el volante de cuero, el olor a mi perfume de frambuesa y canela, un muñeco de Mario Bross rebotando en cada bache colgado en el espejo retrovisor, y yo acelerando y pasando de todo, dejando atrás todo cuanto conocía. 


  Ahora, despierta. Despierta y arranca. 

¿Recuerdas?...




    ¿Recuerdas aquella tarde bajo el sauce?

  Era otoño, y los matices dorados se extendían por todas partes: los árboles, el rocío, las lagunas intactas como espejos, las tardías farolas a punto de apagarse, los escaparates de las tiendas, las gotitas que colgaban de los tejados como adornos de navidad...Sus pestañas risueñas... Y mi mirada perdida.


   Nos sentamos bajo el sauce, con las espaldas contra su tronco, hundiéndonos en las bufandas. No era fácil. Las palabras se me quedaban atascadas en la garganta. Los hilos de luz dorada jugaban con los destellos verdes de las ramas colgantes. Cogí una piedrecilla blanca y la arrojé lejos. Estuvimos en silencio un buen rato. Finalmente, me decidí a hablar. Una vez empezada, no pude parar. Dije todo lo que me había guardado cada vez que me mordía el labio inferior. Dejé caer una fría lágrima por cada noche llorando en silencio. Pero no callé, por mucho que me doliera como mil cuchillos atravesando mi cuerpo. Y, cuando acabé, sentí que me había librado de una pesada carga. Por fin, después de tanto tiempo. Le regalé una última sonrisa porque, a pesar de todo, las mejores cosas nunca terminan definitivamente. Siempre quedarán las brasas de aquel fuego que ardió una vez dentro de mí. Pero tenía que ser así, tenía que extinguirse antes de consumirme. Siempre quedarán las cenizas del recuerdo.

  ¿Recuerdas aquella tarde bajo el sauce? ¿Recuerdas aquella tarde bajo el sauce en la que me marché dejando atrás un rastro de lágrimas y canciones que nunca volverán a sonar?