“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2014-12-09

Viento



     Con los ojos cerrados, sólo sentía viento. Viento helado que  entraba de polizón en mi ropa y  jugaba con mi pelo. 

  Aquel viento no hablaba, y tampoco mentía. Portaba secretos y los golpeaba contra todo hasta que se debilitaban y se perdían en la eternidad.

  Siempre pensé que los lugares altos eran peligrosos, pero realmente lo peligroso hubiera sido volver al nivel del suelo. Sin embargo, sobrevolando las absurdas vidas humanas, en mi propia burbuja de claridad, me di cuenta de que todo en lo que había creído era ficticio. Los amigos, los estudios, el trabajo, el dinero, el amor... ¿Qué son sino frases hechas que nos inculcan para crear un ideal de felicidad irreal?


  Negros pájaros recortaron sus siluetas contra el cielo encapotado. Volar, qué maravilloso debía ser... Desafiar al viento, atravesar tormentas, elevarse libre en una noche estrellada. Y yo estaba ahí, anclada al suelo, sin poder escapar de los demonios que libraban destructivas batallas en mi mente. Resultaba fascinante la idea de saltar al vació y sentir el mundo plegarse a mi alrededor. 

  Cuando miré las aceras que bordeaban los grises edificios y eran transitadas por diminutos paraguas, comprendí que todo era una gran mentira. Nada es lo que dicen. No entendemos nuestro mundo, y por ello nos aferramos a lo que creemos saber. 

  Yo sólo creo en la muerte, y no deja de ser algo que mi limitadísima mente jamás entenderá hasta que exhale mi último aliento, y entonces quizá sea demasiado tarde. 

  Nunca sabré qué hubiera pasado si hubiera saltado al vacío. ¿Y si despertase de un profundo letargo? Lo único que sé es que por mucho que alguien pueda hacerme callar, jamás silenciarán mis pensamientos, pues irónicamente son lo único que considero real. 







2014-12-04

Sonrío miel


 

  Sonrío miel. 

  Me pierdo entre las mantas y sonrío miel. Esto va de duendes de orejas puntiagudas, de cosquilleos en los pies y de mariposas que no duermen nunca. Arrugo la nariz respingona sin dejar de sonreír miel. 

  Juraría que mis pecas corretean y bailan. La ventana destila hilos de luz, y me acerco de puntillas. El gato ronronea y se estruja contra mi tobillo al pasar. Juego con él. Es una bola peluda que rueda y rueda hasta que se queda dormida y suspira en sueños. Poso mis manos en el alfeizar de la ventana y pierdo la mirada mientras se me cierran las pestañas como a un niño pequeño que dice que no quiere ir a dormir. 



  Abro los ojos al borde de dejarme llevar por el sueño y observo a la gente. Se enroscan las bufandas, beben cafés humeantes, cenan tanto que se sujetan el vientre con las manos como si fuera a escaparse botando...



  ¿Quién ha apagado la luz? Separo lentamente los párpados y veo a familias que ríen o discuten, parejas cogidas de la mano, amigos que bromean y comparten secretos, se abrazan y se besan, niños jugando hasta estallar en lágrimas, ancianos solitarios que alimentan a las grises palomas...



  Me rindo. Me hago diminuta en la penumbra. No necesito ver para sentir. Percibo el calor artificial que abraza, el canto del viento al ulular,  las risas, los silencios, los coches en pleno ronroneo, la suave bata que acaricia mi piel, el delicioso sabor a chocolate caliente en el paladar, esa misteriosa melodía de piano, el sonido de la televisión desde la sala de estar...

  Y, también en sueños, sonrío miel.