“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2015-12-19

Lobos



 

  Un aliento de cristal ha empañado mi ventana. Es un telescopio pirata, a otro mundo. Un lugar reluciente, azulado. Las estrellas se mecen, giran. Son farolillos alineados en la noche. Hay grandes lobos de pelaje verde y tierno hibernando, pero solo se distinguen las formas de sus lomos. Las  columnas vertebrales son caminos y, las frías lagunas, sus ojos azules. Respiran al compás del viento, y el vaho que brota de sus hocicos hundidos en la tierra forma nubes plateadas. Cuando lloran en sueños fluyen por sus costados ríos cristalinos, y se forman mares de saladas lágrimas. Sus cuerpos como montañas son cálidos, palpitan. Están heridos pero vivos. Hibernando.

 

  Ahora el mundo se ve nítido a través de mi ventana. Igual, pero nítido.
 

2015-12-15

Susurros

Hoy, nadie ha respondido. Son ya 16 años sin recibir respuesta.

  Mis cuadernos están repletos de mensajes de socorro, notas a pie de página. Son susurros. Susurros como mis miradas al cielo, como los barcos de papel que se pierden río abajo, como las cintas que enredo en los árboles. ¿No los has escuchado?

  Siempre duermo con la ventana abierta, por si alguien llega a rescatarme y me encuentra dormida. Tengo una pequeña maleta bajo la cama, para poder marcharme sin olvidar.

Escribo susurros en la nieve cuando hace frío, pero nadie los escucha. Nadie oye la huella de mi dedo corazón en el vaho de la ventana del autobús, ni la desviación de mis pupilas en mis días tristes. Nadie percibe los arañazos en mi risa rasgada, ni los mensajes ocultos en las canciones que escucho. Nadie ve las señales de humo en mis versos, aunque se extingan por momentos.

Son ya 16 años soñando una ilusión que nunca he creído. 16 años soñando con  no soñar más.  Sería maravilloso que fuera real. Pero de ese modo, estaría soñando en un sueño que no es un sueño, por lo que estaría despierta en un falso sueño y dormida en el verdadero. ¿A qué sabe el invierno?

2015-11-27

Cincos



  Son  científicos de la belleza. Usan  fórmulas para comprender la incandescencia de una mirada, el cosquilleo que produce el viento en la nuca y la lentitud de un beso.

  Son destripadores de poesía. Descuartizan los versos, los desmembran, desangran. Y no paran hasta que se pierda el eco de su último latido.

  Son látigos de palabras. Roban obras de arte y las transforman en rotas, astilladas espadas, y te las clavan, aunque sean hermosas.

  Son puntuadores de talento. Da igual quién seas, o qué hagas, siempre serás un aprendiz, y aunque realmente no lo seas, te convertirán en ello. Aunque no te conozcan, te harán ser mediocre, como ellos. Y si te niegas, serás una oveja descarriada, y te juzgarán de inepto. No les gustan las personas misteriosas y profundas. Quieren mentes manipulables y conformistas a las que poder dar forma, de manera que si ya la tienen, se deformarán.

  Son  verdugos de ilusiones, caníbales de sueños, demoledores de imaginación. Te enseñan maravillas, pero no te dejan disfrutarlas. Te dicen que son lejanas, hipócritas, inmaduras. Que tu único propósito en la vida es observarlas y analizarlas detalladamente, desgastarlas hasta el punto de que pierdan el sentido.

  Son actores sin vocación. Apenas hablan, solo recitan diálogos mil veces repetidos, insípidos, fríos desde el primer instante. Algunos se salvan, unos pocos son apasionados, pero la gran mayoría cae en la inercia. En los comienzos fueron brillantes, revolucionarios y fascinantes amantes del mundo, pero el mundo cambió, y ahora son simples funcionarios cumpliendo normas. Escriben enunciados, crean bucles de fechas, y releen, y repiten. Están desmotivados, y se rinden fácilmente. No quieren enseñar, quieren que respondas su pregunta exactamente como ellos lo harían, para  ponerte un número que no demuestra nada.

  La mayoría son cincos; personas diez suspenden.






2015-09-06


  

  Algunas personas me llaman vampiresa. Y sí, en parte es cierto,  me considero un espíritu nocturno. En un mundo de ruido y excesos de estímulos, los amantes de la oscuridad y el silencio necesitamos unas horas de insomnio. La mayoría de la gente no comprende el encanto de las sombras. Y los compadezco, realmente los compadezco.

  Aquella noche de verano yo me erguía en un bosque de chimeneas. La quietud del Universo sobre los tejados llenaba mi mirada y mis pulmones de frescura. Redecillas de deslumbrantes estrellas se dejaban admirar entre las mansas nubes.  Algún coche solitario ronroneaba a unas cuantas manzanas, pero el lejano sonido se desvaneció en poco tiempo. Pronto amanecería.

  Caminé risueña de tejado en tejado. Al quinto me paré, y busqué la trampilla con acceso a la azotea. No pude abrirla, y por mucho que lo intenté, descubrí extrañada que la habían cerrado desde dentro. Mi madre estaba de vacaciones, por lo que no pudo ser ella, y mi padre trabajaba por la noche. Me puse tensa. Había alguien en la casa. 

  Bajé al jardín ayudada por una gruesa tubería, y me dejé caer suavemente en la hierba. La ventana de la planta baja estaba abierta, como la mayoría en aquella época de calor, por lo que me resultó fácil entrar en la sala de estar. No estaba muy segura de lo que hacía, ya que el intruso podía ser peligroso, pero desgraciadamente no pensé demasiado. 

  No veía nada en la oscuridad, pero advertí una silueta a menos de diez pasos de mí. Se trataba de una sombra imponente, indudablemente la de un hombre de gran estatura, y posiblemente no sabía que la había descubierto. Se me heló la sangre, y mi cuerpo se petrificó. Era incapaz de moverme. 

   Descubrí con horror que el intruso llevaba algo parecido a un bate en la mano, pero fue demasiado tarde. Se abalanzó sobre mí, salvando de un salto la distancia que nos separaba, y su arma fue directamente a golpear mi cabeza. Hubo un golpe seco, seguido por un débil forcejeo, y algo parecido a un roce o un susurro. Y, después, nada.

  

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  El cadáver yacía sobre la alfombra, iluminado por el tenue brillo de las estrellas que se colaba por la ventana. Su ropa y su rostro estaban cubiertos por negra sangre. Observé con impotencia y lástima su rostro aterrorizado, y su confundida mirada, perdida en la nada. Sentí un agudo sentimiento de culpa, y me alejé del cuerpo, incapaz de mirarlo por más tiempo. Abrí la puerta y llené mis pulmones con el aire de la mañana, pero eso ni siquiera consiguió aliviar un poco la sensación de ahogamiento que experimentaba. Me dispuse a volver a entrar en la casa, cuando lo vi. Aquel felpudo. No lo había visto nunca. Corrí al interior, tanteé la pared buscando el interruptor, y descubrí con el corazón a mil por hora que no estaba donde siempre. Cuando encendí la luz, creí desvanecer. Aquellos muebles, aquellos cuadros, aquel reloj que se interponía entre la vida y la muerte... Aquel cadáver tan familiar, con dos pequeñas marcas en el cuello... Salí al jardín y me dirigí a la casa de al lado. Mi casa. 

  Algunas personas me llaman vampiresa. Y sí, en parte es cierto,  me considero un espíritu nocturno.



Night

2015-07-19

Izadiren begirada





  Izadiren begirada ez zen besteak bezalakoa. Ez naiz gai begirada bitxi haren kolorea zehazteko, baina dakidan gauza bakarra da, inoiz ikusi dudan begiradarik bereziena zela. Unibertsoa bezain sakonak eta gaua bezain ilunak ziren nini-zulo horiek inoiz planteatu ez den galdera bat izkutatzen zuten, akaso sekula irakurria izango ez den sekretua. Bi herensugek inguratzen zituzten altxorraren kobazulo biribilak. Herensuge garden haien atzean tintarik gabeko historioak zeuden, gogoratzen direnak eta denboraren poderioz ahaztu direnak.

  Baina Izadiren begirada ez zen bere begietan murrizten. Begiratzeko modua ere bazen, pertsona jantziena instant batean biluzteko gai zena. Jende askorentzat begirunea hitzen bidez lortzen da. Izadiren kasuan, ordea, ez zen horrela. Neskaren aliaturik handiena isiltasuna zen. Hortan zetzan Izadiren dohaina, isiltasuna apurtu gabe hitz egitean. Bere poesiak ez zituen hitzak erabiltzen, begiradak baizik. Eta, hala eta guztiz ere, gainerakoek baino gauza gehiago esaten zituen.

  Izadi ez zen inor izan. Ez dut bere historioa gogoratzen, ez bere ilea, ez bere ahotsa, ez bere janzkera, ez bere letra. Izadi pertsona ikustezina izan zen, oso maitatua, baina guztiontzat guztiz ezezaguna. Ez zizkion inori kontatu bere sekretuak, eta horixe izan zen bere saminaren erruduna. Izadi irribarre egiten ez zuen neska izutia zen. Bere arimaren zurbiltasunak ezpainak izoztu zizkion, eta arrosa zuriz inguratuta ehortzi genuen. Inork ez daki nor izan zen benetan Izadi, baina ez du inork ahaztuko bere begirada.





2015-05-30



  En un lugar nevado en el que ningún humano estará nunca, bajo una gruesa película de hielo, hay unas pequeñas huellas. Si alguien las encontrara, pensaría que pertenecen a las pisadas de un niño. Puede que sí. Pero nadie las verá jamás.

  Las diminutas huellas forman un sinuoso camino que surca un valle en el que siempre nieva. El rastro sigue por un  camino en el que una telaraña de ramas grises y negras forma un perfecto túnel de luces y sombras. Ese túnel es más denso a cada paso, hasta que se ensancha en una bóveda en la que apenas se cuelan cabellos de luz plateada. Las raíces de los enredados árboles se ensortijan creando perfectas espirales sobre un suelo misteriosamente nevado, en el cual crecen flores traslúcidas que, en ocasiones, parecen brillar.

  En el exacto centro la bóveda natural, hay una hermosa fuente de piedra blanca. De su boca emerge un agua cristalina que recorre el suave contorno de la fuente y cae a un estanque circular rodeado de cristales azules. El estanque no tiene salida, pero el agua sigue cayendo desde hace eones, y el nivel no aumenta ni un solo milímetro.

  Las intactas huellas rodean tres veces el contorno del estanque, y después desaparecen. La última pisada está a medias, pues la otra mitad no es visible sobre un cristal azul que separa el agua de la superficie de nieve.

  Nadie se preguntará nunca a dónde va el agua. Ni a dónde conducen las pisadas. Ni qué fue de su dueño. Pero, ¿significa eso que nada de ello es real? ¿O quizás es lo único real?






2015-02-22



  Era una mañana de febrero. No especialmente luminosa, no especialmente bonita. Era una mañana de febrero.

  El cielo estaba en blanco. Como si pidiera que alguien escribiese sobre él. Pero a mí me gustaba así, tan neutro, tan lleno de ideas sin materializar.  El tono gris de la ciudad no me hacía sentir triste. Las calles estaban desiertas. En los parques se podían escuchar los roces del viento, el temblor de las flores y los aleteos de algún pájaro perdido.  De vez en cuando, un transeúnte solitario atravesaba el puente sobre el río espumoso. Y nada más. El mundo dormía plácidamente y los semáforos brillaban risueños.

  Cuando salí al exterior, me sentí un fantasma errante sobre la acera. Los maniquíes de los escaparates me miraban. Me paré frente a una delgada portadora de un sombrero azul. Era tan blanca y perfecta como el cielo, y me pregunté si aquellos fríos ojos pertenecían a un ángel. Quise ser como ella, un rostro indiferente tras el cristal que sin embargo suponía un gran reto. Inmune al tiempo y a las estaciones, desafiante. Amante de la soledad, burlaba mediante la perfección la vida que se consume. Réplica de millones de iguales, y sin embargo tan especial. Una diosa inmortal que contemplaba en silencio. Tan frágil y tan gélida.


  Estaba tan absorta en el reflejo de su mirada, que no me di cuenta de que su mano  se había extendido hasta rozar con la punta del dedo corazón el cristal que nos separaba. Su rostro, empero, no se había alterado. Miré el interior de la tienda, pero estaba vacía. Nadie la había movido. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo, y cerré los ojos. Pero, al separar las pestañas, comprobé que había sido real. Ella, un simple cuerpo fabricado por manos humanas, había extendido la mano hacia mí. No cabía duda.

  Me acerqué con pasos inseguros, sin separar la mirada de aquellas pupilas inexpresivas. E, instintivamente, posé la yema de mi dedo corazón en el cristal allá donde ella lo había hecho. Y cerré los ojos con fuerza.


2015-01-14

Hola




Hola. Simplemente quería eso, decirte "hola". 

  No te confundas, no es nada insignificante. Soy ese extraño que se te sienta al lado en el metro y te sonríe sin motivo. Esa anciana sin nombre que, con un brillo nostálgico en la mirada,  te habla de cuando sus noches eran mágicas. Ese niño lleno de pecas que te coge la mano por error. Esa persona misteriosa que al pronunciar la primera palabra te hace ruborizar inevitablemente.


  Sé que hoy en día todos somos desconocidos que caminan y caminan como si fueran invisibles, como si realmente estuviéramos solos en la calle gris un sábado a las cinco. Como si fuésemos fantasmas anónimos fríos como la lluvia que dibuja anillos en los charcos que pisamos sin inmutarnos. 



  ¿Te has quedado en blanco? No hay problema, no es necesario responder. Puedes quedarte en silencio. Me gusta el silencio. Podría pasarme la vida sin decir palabra. Te permite darte cuenta de muchas cosas. Yo, por ejemplo, he descubierto lo importante que puede llegar a ser un simple "hola". Créeme, lo sé. He comenzado millones de historias con esa sencilla palabra. Recuerdos en sepia que vienen a mi mente como fugaces instantáneas. De hecho, odio los finales, y creo que toda historia debería comenzar y terminar con un "hola".