“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2015-02-22



  Era una mañana de febrero. No especialmente luminosa, no especialmente bonita. Era una mañana de febrero.

  El cielo estaba en blanco. Como si pidiera que alguien escribiese sobre él. Pero a mí me gustaba así, tan neutro, tan lleno de ideas sin materializar.  El tono gris de la ciudad no me hacía sentir triste. Las calles estaban desiertas. En los parques se podían escuchar los roces del viento, el temblor de las flores y los aleteos de algún pájaro perdido.  De vez en cuando, un transeúnte solitario atravesaba el puente sobre el río espumoso. Y nada más. El mundo dormía plácidamente y los semáforos brillaban risueños.

  Cuando salí al exterior, me sentí un fantasma errante sobre la acera. Los maniquíes de los escaparates me miraban. Me paré frente a una delgada portadora de un sombrero azul. Era tan blanca y perfecta como el cielo, y me pregunté si aquellos fríos ojos pertenecían a un ángel. Quise ser como ella, un rostro indiferente tras el cristal que sin embargo suponía un gran reto. Inmune al tiempo y a las estaciones, desafiante. Amante de la soledad, burlaba mediante la perfección la vida que se consume. Réplica de millones de iguales, y sin embargo tan especial. Una diosa inmortal que contemplaba en silencio. Tan frágil y tan gélida.


  Estaba tan absorta en el reflejo de su mirada, que no me di cuenta de que su mano  se había extendido hasta rozar con la punta del dedo corazón el cristal que nos separaba. Su rostro, empero, no se había alterado. Miré el interior de la tienda, pero estaba vacía. Nadie la había movido. Sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo, y cerré los ojos. Pero, al separar las pestañas, comprobé que había sido real. Ella, un simple cuerpo fabricado por manos humanas, había extendido la mano hacia mí. No cabía duda.

  Me acerqué con pasos inseguros, sin separar la mirada de aquellas pupilas inexpresivas. E, instintivamente, posé la yema de mi dedo corazón en el cristal allá donde ella lo había hecho. Y cerré los ojos con fuerza.