“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2016-04-09

Pensamientos azules



  Natalie abrió el armario de madera y cogió una caja de latón. Quitó la tapa, sacó una bolsita verde y la volvió a cerrar con cuidado. La colocó exactamente donde estaba, junto al tarro de cereales, y cerró el armario. Introdujo la bolsita en una pequeña taza de té, previamente colocada en la mesa sobre un plato de cerámica que debía ser del mismo juego. Puso agua a hervir y esperó. 

  Absorta en el silencio, su mirada enfocaba perezosamente las flores azules que temblaban de lo frío que era el color del cielo. Volvió a ella esa inquietante sensación, de que era una extraña en aquella habitación. Había contemplado tantas veces los escalofríos de aquellos pensamientos púrpura, provocados por el viento, agitando sus pétalos como campanillas, que para ella eran sus compañeros de tormenta.  Había memorizado tantas veces el estampado de las largas cortinas amarillas, que podría dibujarlo con los ojos cerrados. Había añorado tanto las imágenes de niños correteando por el campo en primavera, que lo lejano de los marcos colgados en la pared la hacía estremecer. Son sólo fantasmas, se decía. 

  Salió de su ensimismamiento cuando advirtió que ya casi eran las ocho. Debo darme prisa, Margaret bajará en cualquier momento. Apagó el fuego, asió la jarra de agua caliente, y la sirvió en la taza. Sacó de un cajón una servilleta y una cucharilla de metal, y las colocó a ambos lados de la taza humeante. Cielos, la miel. A Margaret le gusta el té con miel. Apurada y mirando el reloj de reojo, introdujo la cucharilla en un tarro de cristal, la giró en la miel, y después la dejó resbalar en el interior de la taza, donde la bolsita había teñido el agua de un color oscuro. Colocó una pasta de mantequilla en el platito y lo recogió todo. Se escuchó el leve sonido de los calcetines de Margaret bajando las escaleras de madera, y el murmullo provocado por el roce de su mano derecha al recorrer la barandilla. Natalie, con el corazón desbocado, comprobó que todo estuviera en su sitio. 

  Margaret tomó asiento en la mesa, y miró fijamente la taza de té. Son sólo fantasmas, se dijo.