“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2017-07-28



  Alisa cruza el umbral. Sus pestañas se adhieren, y por unos instantes únicamente escucha notas distorsionadas retumbando en su pecho. Después el tiempo emite un chasquido y toma una gran bocanada de aire, como si acabara de emerger del agua. Las cálidas luces azules, la acogen. Sus ojos recorren la marea de cuerpos distantes, estrechados, retorciéndose en bacanales oleadas. Se sumerge en la blanda, incesante, marea. Los brazos, rizada espuma. El cabello, tiernos bosques de algas, acunadas por la corriente. Las pupilas, risueñas tormentas.  

  De pronto, se gira. Ha escuchado un "tic". Y un dorado reflejo. Y unas pisadas nerviosas. Se acerca, lo siente. La música se ha parado. El mar se ha transformado en un espectáculo aberrante. Las olas como torres, se alzan desafiantes, obscenas. Cegadores espasmos blancos iluminan el océano. Alisa se exalta, sus rasgos se contraen, su expresión se rompe. Desgarra la pesada falda, y sus dedos rodean desesperadamente los globos oculares. Adquieren la sucia negrura de su alma. 
-¡NO VOLVERÉ!-articula, horrorizada. Pero sus labios ya no le pertenecen. Están embrujados, la traicionan. La desfigurada mandíbula tiembla compulsivamente. Busca la salida, pero Alisa le planta cara. Su rostro se ve terrorífico, pálido como la cera, cubierto de sudor y rastros de lágrimas. Su mirada es tan amenazante y frágil como un cristal roto. 

  Alise consigue avanzar, encadenando pesados pasos, y jadea. Se da la mano a si misma, pues se compadece. Fuera, nieva. Los copos de nieve descienden, dulces notas de piano que bailan la danza de la muerte hasta abrazar la eternidad. Y la oscuridad del cielo es tan absoluta, que Alisa siente paz. En su último momento de lucidez, extiende la huesuda mano y sonríe. El pequeño copo que se derrite en su fría piel, es un reflejo de sí misma. Despega los labios y susurra: "Jamás regresaré". Entonces sus piernas humanas fallan, se escucha un leve golpe. El afilado pómulo de Alisa se tiñe de rojo, pero una reluciente lágrima lo difumina. Una delicada exhalación asciende en forma de blanco vapor. Cuando el telón se cierra, y la calidez desaparece, un infantil pensamiento corona a Alisa. Y una fina película de hielo cubre su piel celeste. 






2017-07-01

La joven sin rostro



  El joven jardinero alzó la mirada, y las plantas se inclinaron trazando una reverencia con la brisa. El cerezo en flor, ya anciano, inundó el aire y la tierra de pétalos. El estanque suspiró vapor.

  El muchacho jamás había presenciado tal belleza. Frente a él descansaba sobre la hierba una joven de piel lunar, cuyo hermoso cabello de ébano danzaba al ritmo del jardín. Tibias las mejillas, el joven jardinero sentía que aquella criatura debía estar prohibida para la vista humana. Sin embargo, era incapaz de despegar la vista de las ondas de aquel negro cabello sobre la piel de porcelana. Pero, cuando una ráfaga más intensa y más fría recorrió el jardín, y el rostro de la joven quedó al descubierto, el jardinero exhaló un ahogado grito. La bella joven, no tenía cara.

  -¿Es suyo este jardín?-habló una voz tan musical como la melodía de una flauta de bambú.
-No, pertenece a mi señor. Yo no soy más que un simple jardinero.-musitó el joven.
-Entonces las flores de loto han de estar equivocadas... Ellas lo veneran como su amo.
-¿Entiende a las plantas?
- Oh, ellas son muy fáciles de comprender. Basta con cerrar los ojos y sentirlas. Los humanos, en cambio, sois diferentes. Habéis olvidado el lenguaje del mundo.
El jardinero, confuso, lanzó la vista al estanque.
-Perdone la indiscreción, joven doncella, pero... ¿qué es usted?
-¿Qué cree que soy?
-Parece humana, pero... su rostro...
-Lo cierto es, que al igual que carezco de rostro humano, lo hago de nombre. No soy nada en específico, pero la fresca brisa mueve mi cabello al igual que las flores de este jardín. Y, aunque no poseo labios, usted me escucha. ¿Sigue necesitando asignarme una palabra?
-Ciertamente, siento que nada tendrá sentido hasta que así sea.
-Porque así son los humanos, y así es su lenguaje el horizonte de todo conocimiento que puedan poseer. Pero dime, ¿qué es la muerte?
El muchacho dudó.
-No lo sé. No la entiendo.
-Y  sin embargo, la delimitáis. Ese es el motivo, por el que os sentís incómodos ante una existencia abstracta, o no escucháis las flores. Yo soy la prueba de que no es necesario tener ojos para ver, boca para hablar, y oídos para escuchar. Pero, cuando tus pupilas no me encuentren... ¿creerás en mí?


  La pregunta de la joven sin rostro hizo eco y se fue desvaneciendo, al mismo tiempo que su cuerpo y su cabello. Finalmente, no quedó nada. El joven jardinero parpadeó, y sintió un escalofrío. Después su mirada descendió a las plantas, y continuó con su tarea. El aire estaba tan en calma como las aguas del estanque.



La Joven Sin Rostro
Nahia Perez de San Roman