“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2015-09-06


  

  Algunas personas me llaman vampiresa. Y sí, en parte es cierto,  me considero un espíritu nocturno. En un mundo de ruido y excesos de estímulos, los amantes de la oscuridad y el silencio necesitamos unas horas de insomnio. La mayoría de la gente no comprende el encanto de las sombras. Y los compadezco, realmente los compadezco.

  Aquella noche de verano yo me erguía en un bosque de chimeneas. La quietud del Universo sobre los tejados llenaba mi mirada y mis pulmones de frescura. Redecillas de deslumbrantes estrellas se dejaban admirar entre las mansas nubes.  Algún coche solitario ronroneaba a unas cuantas manzanas, pero el lejano sonido se desvaneció en poco tiempo. Pronto amanecería.

  Caminé risueña de tejado en tejado. Al quinto me paré, y busqué la trampilla con acceso a la azotea. No pude abrirla, y por mucho que lo intenté, descubrí extrañada que la habían cerrado desde dentro. Mi madre estaba de vacaciones, por lo que no pudo ser ella, y mi padre trabajaba por la noche. Me puse tensa. Había alguien en la casa. 

  Bajé al jardín ayudada por una gruesa tubería, y me dejé caer suavemente en la hierba. La ventana de la planta baja estaba abierta, como la mayoría en aquella época de calor, por lo que me resultó fácil entrar en la sala de estar. No estaba muy segura de lo que hacía, ya que el intruso podía ser peligroso, pero desgraciadamente no pensé demasiado. 

  No veía nada en la oscuridad, pero advertí una silueta a menos de diez pasos de mí. Se trataba de una sombra imponente, indudablemente la de un hombre de gran estatura, y posiblemente no sabía que la había descubierto. Se me heló la sangre, y mi cuerpo se petrificó. Era incapaz de moverme. 

   Descubrí con horror que el intruso llevaba algo parecido a un bate en la mano, pero fue demasiado tarde. Se abalanzó sobre mí, salvando de un salto la distancia que nos separaba, y su arma fue directamente a golpear mi cabeza. Hubo un golpe seco, seguido por un débil forcejeo, y algo parecido a un roce o un susurro. Y, después, nada.

  

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  El cadáver yacía sobre la alfombra, iluminado por el tenue brillo de las estrellas que se colaba por la ventana. Su ropa y su rostro estaban cubiertos por negra sangre. Observé con impotencia y lástima su rostro aterrorizado, y su confundida mirada, perdida en la nada. Sentí un agudo sentimiento de culpa, y me alejé del cuerpo, incapaz de mirarlo por más tiempo. Abrí la puerta y llené mis pulmones con el aire de la mañana, pero eso ni siquiera consiguió aliviar un poco la sensación de ahogamiento que experimentaba. Me dispuse a volver a entrar en la casa, cuando lo vi. Aquel felpudo. No lo había visto nunca. Corrí al interior, tanteé la pared buscando el interruptor, y descubrí con el corazón a mil por hora que no estaba donde siempre. Cuando encendí la luz, creí desvanecer. Aquellos muebles, aquellos cuadros, aquel reloj que se interponía entre la vida y la muerte... Aquel cadáver tan familiar, con dos pequeñas marcas en el cuello... Salí al jardín y me dirigí a la casa de al lado. Mi casa. 

  Algunas personas me llaman vampiresa. Y sí, en parte es cierto,  me considero un espíritu nocturno.



Night

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