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2016-11-14






Hay historias que se escriben solas. No necesitan ser  contadas, porque simplemente existen, o no. A veces pensamos que tenemos introducción, cuerpo y desenlace. Pero no, no tenemos estructura. Hay existencias que son poesía en verso libre. Pero, ¿qué hacemos con ellas? Les contamos las sílabas. Las encadenamos, nos encadenamos a ellas. Como si fueran reales. Como si existiera una definición para la existencia objetiva. Y, una vez más, caemos en el error de inventar respuestas a preguntas que no entendemos. Rompamos una regla en nombre de las criaturas innombrables. Del infinito del cosmos, del mundo de las ideas tangibles. Asumamos que tenemos visión equina, que somos motas de polvo en un (...). No sé si soy real, y menos aún si tú lo eres. Pero sé una cosa…




O tal vez no.



2016-10-31

red riding hood painting bilaketarekin bat datozen irudiak


 
      En el fantasmal bosque, donde los cadáveres de la luna se hunden en las sombras, una capucha roja. Y un susurro. ¿A dónde vas tan sola? Brilla una mirada negra en la oscuridad. Es peligroso deambular por este páramo de noche. La capa roja ondea. Un chasquido. Menos mal que yo no soy un lobo feroz. Una silueta se yergue sobre los árboles, inclinada hacia delante. Relame sus labios retorcidos. Claro que, no son los mayores depredadores... Una mano calavérica ase con fuerza la capucha, y la atrae hacia sí. Esta se despliega y vuela. Titilan dos pupilas doradas. Y un susurro dulce.
Los depredadores son una presa fácil. La cuestión es, ¿quién caza al verdadero asesino?

  Suena un último acorde,
 en el fantasmal bosque:
 un aullido humano. 



2016-10-28

Cassie


   


   Una niña fue una vez a aquel pantano. Su muñeca se hundió en el lodo, y desapareció. Parecía sonreír cuando el fango la devoraba. Se llamaba Cassie.

  Cassie lloró, lloró y lloró. Su madre se enfadaría con ella cuando descubriera lo que le había ocurrido a su muñeca. Se había hundido, despacio, agónicamente, y sus pulmones de porcelana se llenaron de tierra. Y la niña permaneció inmóvil, mirando cómo Cassie se hundía y moría. La luna iluminó el pantano. Cassie introdujo los brazos en el lodo, pero no pudo sacar a la muñeca. Solo pudo tocar su fría mejilla.

  Cuando la niña llegó a casa, llena de barro y un rastro de lágrimas, su madré aparentó no enfadarse con ella. Pero Cassie sabía que no era verdad, y ese era el peor castigo. Su madre no puso comida en su plato, y al día siguiente, tampoco. La odiaba, lo sabía. Y no lo soportaba. Necesitaba que la quisiera. La mujer estaba alterada, tenía los ojos rojos, y lloraba frecuentemente. La niña intentaba consolarla, pero era ignorada. Por mucho que Cassie gritase, que rompiera cosas por rabia, su madre la ignoraba. Fingía no estar enfadada.

  Una noche, la niña soñó con Cassie. Soñó que aparecía, llena de barro, en su habitación. Estaba enfadada. "Mamá te quiere", le dijo. "No, me odia", dijo la niña. "Le daremos un abrazo", sentenciaron ambas. Entró en la habitación de su madre. Esta abrió los ojos, desorbitados, y gritó. Cassie, la niña, la abrazó tan fuerte, que la tocó. La atrajo hacia sí. "Nunca te soltaré, mama", le susurró entre lágrimas. "No me abandones nunca". 

  Madre e hija, en un pantano.
                                                Unidas por siempre.
                                                                                  Ahora Cassie no estaba sola. 






2016-10-24



"Sueño lúcido"
Tal vez no podía dormir...




2016-09-20




  "Sé el mejor, estudia", le decían a Johnny. Sabían que podía hacerlo. Él también lo sabía. Pero él se escondía en el fuerte de su habitación, rodeado de discos y dibujos de luces y sombras. "Arréglate, podrías conquistar a cualquier mujer", le decían a Johnny. Él lo sabía. Pero él acechaba con sus ojos profundos tras un largo flequillo azabache, y se enfundaba en ropa tan ancha que a veces parecía vacía. "Búscate un buen trabajo, te proporcionará estabilidad", le decían a Johnny. Él lo sabía. Pero él se pasaba los fines de semana gritándole a una guitarra en antros mal iluminados y llenos de humo. "Preséntanos a alguna novia, estamos deseosos de verte felizmente enamorado", le decían a Johnny. Él lo sabía. Pero él estaba obsesionado con un camarero pálido de ojos grises, y eso lo sabían los rostros anónimos que escuchaban los desgarrados aullidos de su alma rota en escenarios abarrotados. "Queremos que nos digas por qué no eres feliz, ahora que por fin estás triunfando", le decían a Johnny. Él lo sabía. Pero él era apasionado cuando sonaba el primer acorde de guitarra. Entonces se transformaba en una auténtica bestia, un monstruo de poesía a gritos, bombeando su frenética sangre en violentas convulsiones, con la melena azotando sus hombros desnudos y la mirada en llamas. Ahí emergía la verdadera esencia de Johnny, el alma candente y las murallas derribadas. Sus sentimientos  escapaban de su boca, vibrantes, salvajes y tan tangibles que te quemaban. 

  Una noche, el camarero pálido de ojos grises lo vio en el escenario, e inevitablemente, se enamoró de él. Cuando, al finalizar la última canción, sus miradas se encontraron, ambos se dieron cuenta de que eran reales, que podían tocarse, y se escaparon juntos, muy lejos, a perderse.

  "Nadie puede comprenderte", le dicen a Johnny. Él lo sabe. Y le encanta. 



2016-08-16

La niña que salió a volar en una tormenta



Los árboles temblaban. La atmósfera, húmeda, se cristalizaba por momentos. Reinaba una extraña quietud. La niña era una muñeca de hielo, inmóvil, minúscula bajo un inmenso mar de nubes. Apenas sentía el cosquilleo de su cabello, ondear suavemente a su alrededor. Pero su mirada se halla muy lejos. Está empapada, acometida por terribles embestidas del furioso viento. Ella es intermitente. Parpadeos azulados laten bajo su fina piel, como en una bombilla defectuosa. Ella  es una gota casi transparente, a punto de evaporarse en un mundo de acuarela naranja y gris, donde la pintura se aglomera y ramifica, y se extiende, y estalla, y ruge. Es un mundo de dragones invisibles.




Imagen de sky, grunge, and lightning


2016-04-09

Pensamientos azules



  Natalie abrió el armario de madera y cogió una caja de latón. Quitó la tapa, sacó una bolsita verde y la volvió a cerrar con cuidado. La colocó exactamente donde estaba, junto al tarro de cereales, y cerró el armario. Introdujo la bolsita en una pequeña taza de té, previamente colocada en la mesa sobre un plato de cerámica que debía ser del mismo juego. Puso agua a hervir y esperó. 

  Absorta en el silencio, su mirada enfocaba perezosamente las flores azules que temblaban de lo frío que era el color del cielo. Volvió a ella esa inquietante sensación, de que era una extraña en aquella habitación. Había contemplado tantas veces los escalofríos de aquellos pensamientos púrpura, provocados por el viento, agitando sus pétalos como campanillas, que para ella eran sus compañeros de tormenta.  Había memorizado tantas veces el estampado de las largas cortinas amarillas, que podría dibujarlo con los ojos cerrados. Había añorado tanto las imágenes de niños correteando por el campo en primavera, que lo lejano de los marcos colgados en la pared la hacía estremecer. Son sólo fantasmas, se decía. 

  Salió de su ensimismamiento cuando advirtió que ya casi eran las ocho. Debo darme prisa, Margaret bajará en cualquier momento. Apagó el fuego, asió la jarra de agua caliente, y la sirvió en la taza. Sacó de un cajón una servilleta y una cucharilla de metal, y las colocó a ambos lados de la taza humeante. Cielos, la miel. A Margaret le gusta el té con miel. Apurada y mirando el reloj de reojo, introdujo la cucharilla en un tarro de cristal, la giró en la miel, y después la dejó resbalar en el interior de la taza, donde la bolsita había teñido el agua de un color oscuro. Colocó una pasta de mantequilla en el platito y lo recogió todo. Se escuchó el leve sonido de los calcetines de Margaret bajando las escaleras de madera, y el murmullo provocado por el roce de su mano derecha al recorrer la barandilla. Natalie, con el corazón desbocado, comprobó que todo estuviera en su sitio. 

  Margaret tomó asiento en la mesa, y miró fijamente la taza de té. Son sólo fantasmas, se dijo. 





  

2016-03-28



   Siento una gota de sangre en la muñeca. Disminuyo la presión de mis uñas, pero el dolor sigue ahí. El dolor imaginario.

  Arrojo lejos la mirada, rebota en la pared. Vuelve. No puedo evitarlo. 

  Intento imponer un ritmo a mi respiración, pero es inútil. Mis engranajes chocan entre ellos, se aceleran, desencajan. Estoy desprogramado.

  
  Mientras tanto, el reloj no suena. ¿Qué cojones le ocurre? Hay demasiadas cosas en esta habitación que no funcionan. La puerta se ha hecho pequeña, ya no sirve de nada huir. Sé que esa persona frente a mí, que imanta todos y cada uno de mis pensamientos, me perseguiría. Nunca me alcanza, pero se queda ahí, observando. 

  Su presencia me inquieta. Ese mirar inquisitivo se me adhiere a la piel y me obstruye las venas. Camina alrededor, entre las sombras, y a veces pasa tan cerca que se me hiela el corazón. Y todo se amplifica, en esta sala de espejos. 






2016-02-16

Una Niña



  Érase Una Niña un cuatro de marzo. Su vestido se hinchaba cual navío orgulloso, enmarañado en hilos de  cabello anaranjado y dorada mañana. Sus blancos tobillos arrullaban el verdor de la tierna hierba, aún incrustada en rocío. Sonaba, desde algún lugar lejano, una melodía encantadora. Una Niña la había escuchado antes, pero no recordaba cuándo.

  Una Niña recorría con las yemas de los dedos las caracolas de los árboles al pasar, mientras su vestido cabezeaba, campanil, a punto de dormirse. Si se escuchara atentamente, incluso se podría percibir un ligero ronroneo.

  Las mejillas de Una Niña se desteñían a cada paso rumbo a la oscuridad del bosque, como deshilachándose, tal vez difuminadas por la bruma. Sus ojos de algún color brillaban en la penumbra, prendados del silencio. Su reflejo mitológico iluminaba mil pecas que parecían girar al ritmo de sus pasos. Mientras tanto, notas perdidas entre las arácnidas ramas formaban una canción desordenada, que sin embargo Una Niña encontraba vagamente familiar.

  Una Niña llegó a la linde del bosque un cuatro de marzo con los ojos cerrados y un espejismo de sonrisa, iluminada por las primeras auroras. Como si caminase al son de una melodía encantadora.

 

2015-12-19

Lobos



 

  Un aliento de cristal ha empañado mi ventana. Es un telescopio pirata, a otro mundo. Un lugar reluciente, azulado. Las estrellas se mecen, giran. Son farolillos alineados en la noche. Hay grandes lobos de pelaje verde y tierno hibernando, pero solo se distinguen las formas de sus lomos. Las  columnas vertebrales son caminos y, las frías lagunas, sus ojos azules. Respiran al compás del viento, y el vaho que brota de sus hocicos hundidos en la tierra forma nubes plateadas. Cuando lloran en sueños fluyen por sus costados ríos cristalinos, y se forman mares de saladas lágrimas. Sus cuerpos como montañas son cálidos, palpitan. Están heridos pero vivos. Hibernando.

 

  Ahora el mundo se ve nítido a través de mi ventana. Igual, pero nítido.
 

2015-12-15

Susurros

Hoy, nadie ha respondido. Son ya 16 años sin recibir respuesta.

  Mis cuadernos están repletos de mensajes de socorro, notas a pie de página. Son susurros. Susurros como mis miradas al cielo, como los barcos de papel que se pierden río abajo, como las cintas que enredo en los árboles. ¿No los has escuchado?

  Siempre duermo con la ventana abierta, por si alguien llega a rescatarme y me encuentra dormida. Tengo una pequeña maleta bajo la cama, para poder marcharme sin olvidar.

Escribo susurros en la nieve cuando hace frío, pero nadie los escucha. Nadie oye la huella de mi dedo corazón en el vaho de la ventana del autobús, ni la desviación de mis pupilas en mis días tristes. Nadie percibe los arañazos en mi risa rasgada, ni los mensajes ocultos en las canciones que escucho. Nadie ve las señales de humo en mis versos, aunque se extingan por momentos.

Son ya 16 años soñando una ilusión que nunca he creído. 16 años soñando con  no soñar más.  Sería maravilloso que fuera real. Pero de ese modo, estaría soñando en un sueño que no es un sueño, por lo que estaría despierta en un falso sueño y dormida en el verdadero. ¿A qué sabe el invierno?

2015-11-27

Cincos



  Son  científicos de la belleza. Usan  fórmulas para comprender la incandescencia de una mirada, el cosquilleo que produce el viento en la nuca y la lentitud de un beso.

  Son destripadores de poesía. Descuartizan los versos, los desmembran, desangran. Y no paran hasta que se pierda el eco de su último latido.

  Son látigos de palabras. Roban obras de arte y las transforman en rotas, astilladas espadas, y te las clavan, aunque sean hermosas.

  Son puntuadores de talento. Da igual quién seas, o qué hagas, siempre serás un aprendiz, y aunque realmente no lo seas, te convertirán en ello. Aunque no te conozcan, te harán ser mediocre, como ellos. Y si te niegas, serás una oveja descarriada, y te juzgarán de inepto. No les gustan las personas misteriosas y profundas. Quieren mentes manipulables y conformistas a las que poder dar forma, de manera que si ya la tienen, se deformarán.

  Son  verdugos de ilusiones, caníbales de sueños, demoledores de imaginación. Te enseñan maravillas, pero no te dejan disfrutarlas. Te dicen que son lejanas, hipócritas, inmaduras. Que tu único propósito en la vida es observarlas y analizarlas detalladamente, desgastarlas hasta el punto de que pierdan el sentido.

  Son actores sin vocación. Apenas hablan, solo recitan diálogos mil veces repetidos, insípidos, fríos desde el primer instante. Algunos se salvan, unos pocos son apasionados, pero la gran mayoría cae en la inercia. En los comienzos fueron brillantes, revolucionarios y fascinantes amantes del mundo, pero el mundo cambió, y ahora son simples funcionarios cumpliendo normas. Escriben enunciados, crean bucles de fechas, y releen, y repiten. Están desmotivados, y se rinden fácilmente. No quieren enseñar, quieren que respondas su pregunta exactamente como ellos lo harían, para  ponerte un número que no demuestra nada.

  La mayoría son cincos; personas diez suspenden.






2015-09-06


  

  Algunas personas me llaman vampiresa. Y sí, en parte es cierto,  me considero un espíritu nocturno. En un mundo de ruido y excesos de estímulos, los amantes de la oscuridad y el silencio necesitamos unas horas de insomnio. La mayoría de la gente no comprende el encanto de las sombras. Y los compadezco, realmente los compadezco.

  Aquella noche de verano yo me erguía en un bosque de chimeneas. La quietud del Universo sobre los tejados llenaba mi mirada y mis pulmones de frescura. Redecillas de deslumbrantes estrellas se dejaban admirar entre las mansas nubes.  Algún coche solitario ronroneaba a unas cuantas manzanas, pero el lejano sonido se desvaneció en poco tiempo. Pronto amanecería.

  Caminé risueña de tejado en tejado. Al quinto me paré, y busqué la trampilla con acceso a la azotea. No pude abrirla, y por mucho que lo intenté, descubrí extrañada que la habían cerrado desde dentro. Mi madre estaba de vacaciones, por lo que no pudo ser ella, y mi padre trabajaba por la noche. Me puse tensa. Había alguien en la casa. 

  Bajé al jardín ayudada por una gruesa tubería, y me dejé caer suavemente en la hierba. La ventana de la planta baja estaba abierta, como la mayoría en aquella época de calor, por lo que me resultó fácil entrar en la sala de estar. No estaba muy segura de lo que hacía, ya que el intruso podía ser peligroso, pero desgraciadamente no pensé demasiado. 

  No veía nada en la oscuridad, pero advertí una silueta a menos de diez pasos de mí. Se trataba de una sombra imponente, indudablemente la de un hombre de gran estatura, y posiblemente no sabía que la había descubierto. Se me heló la sangre, y mi cuerpo se petrificó. Era incapaz de moverme. 

   Descubrí con horror que el intruso llevaba algo parecido a un bate en la mano, pero fue demasiado tarde. Se abalanzó sobre mí, salvando de un salto la distancia que nos separaba, y su arma fue directamente a golpear mi cabeza. Hubo un golpe seco, seguido por un débil forcejeo, y algo parecido a un roce o un susurro. Y, después, nada.

  

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  El cadáver yacía sobre la alfombra, iluminado por el tenue brillo de las estrellas que se colaba por la ventana. Su ropa y su rostro estaban cubiertos por negra sangre. Observé con impotencia y lástima su rostro aterrorizado, y su confundida mirada, perdida en la nada. Sentí un agudo sentimiento de culpa, y me alejé del cuerpo, incapaz de mirarlo por más tiempo. Abrí la puerta y llené mis pulmones con el aire de la mañana, pero eso ni siquiera consiguió aliviar un poco la sensación de ahogamiento que experimentaba. Me dispuse a volver a entrar en la casa, cuando lo vi. Aquel felpudo. No lo había visto nunca. Corrí al interior, tanteé la pared buscando el interruptor, y descubrí con el corazón a mil por hora que no estaba donde siempre. Cuando encendí la luz, creí desvanecer. Aquellos muebles, aquellos cuadros, aquel reloj que se interponía entre la vida y la muerte... Aquel cadáver tan familiar, con dos pequeñas marcas en el cuello... Salí al jardín y me dirigí a la casa de al lado. Mi casa. 

  Algunas personas me llaman vampiresa. Y sí, en parte es cierto,  me considero un espíritu nocturno.



Night

2015-07-19

Izadiren begirada





  Izadiren begirada ez zen besteak bezalakoa. Ez naiz gai begirada bitxi haren kolorea zehazteko, baina dakidan gauza bakarra da, inoiz ikusi dudan begiradarik bereziena zela. Unibertsoa bezain sakonak eta gaua bezain ilunak ziren nini-zulo horiek inoiz planteatu ez den galdera bat izkutatzen zuten, akaso sekula irakurria izango ez den sekretua. Bi herensugek inguratzen zituzten altxorraren kobazulo biribilak. Herensuge garden haien atzean tintarik gabeko historioak zeuden, gogoratzen direnak eta denboraren poderioz ahaztu direnak.

  Baina Izadiren begirada ez zen bere begietan murrizten. Begiratzeko modua ere bazen, pertsona jantziena instant batean biluzteko gai zena. Jende askorentzat begirunea hitzen bidez lortzen da. Izadiren kasuan, ordea, ez zen horrela. Neskaren aliaturik handiena isiltasuna zen. Hortan zetzan Izadiren dohaina, isiltasuna apurtu gabe hitz egitean. Bere poesiak ez zituen hitzak erabiltzen, begiradak baizik. Eta, hala eta guztiz ere, gainerakoek baino gauza gehiago esaten zituen.

  Izadi ez zen inor izan. Ez dut bere historioa gogoratzen, ez bere ilea, ez bere ahotsa, ez bere janzkera, ez bere letra. Izadi pertsona ikustezina izan zen, oso maitatua, baina guztiontzat guztiz ezezaguna. Ez zizkion inori kontatu bere sekretuak, eta horixe izan zen bere saminaren erruduna. Izadi irribarre egiten ez zuen neska izutia zen. Bere arimaren zurbiltasunak ezpainak izoztu zizkion, eta arrosa zuriz inguratuta ehortzi genuen. Inork ez daki nor izan zen benetan Izadi, baina ez du inork ahaztuko bere begirada.