“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2017-05-22



  Las lunas, hablan. Su voz es como un temblor de cristales, arañándose en la oscuridad. Un tintineo rasgado, que ningún humano podría escuchar, incluso si posase el oído sobre sus fríos labios.  

  Se dice que una vez un astro se enamoró del resplandor de una luna. Pobre ingenuo, los satélites no son capaces de sentir amor, aunque sí la ausencia de este. Aquella luna, por ejemplo, anhelaba percibir siquiera un latido que interrumpiese el inalterable ronroneo de sus rotaciones. Pero sabía que nunca podría descongelarse, que sus blancas pestañas pesaban demasiado, que el día de sentir una cristalina lágrima acariciando sus cráteres no llegaría. Y la estrella relució, y le envió calidez, y destellos, y cielos pintados. Pero la luna, consumiéndose en deseos de poder dirigirle una -tan solo una- mirada de compasión, dejó flotar el alma en la soledad de la penumbra, y esta se deshilachó, y se alejó poco a poco. La plateada luna veía cómo esta, su querida y odiada alma de hielo, se perdía para siempre en el infinito cosmos. Y su rostro se tornó marmóreo, inerte. Una película de escarcha se posó sobre sus risueñas facciones, y vapores celestes la envolvieron con ternura.  La estrella, desolada, enloqueció, y finalmente se apagó. Dejando un rastro de verdes fulgores que en un instante, sumieron la galaxia en la más bella oscuridad. Pero pobre luna, ella ni siquiera pudo morir por amor. 





2017-04-24

Sam




  Sam nació una mañana de abril. Cuando sus valiosos ojos verdes tocaron la luz, se bañaron en lágrimas, y toda la habitación resplandeció. Y es que Sam brillaba con luz propia. Su cuerpo era sano, y sano su espíritu... pero aún no sabía cómo era el mundo. 

  Los primeros años fueron felices. La fragante risa de Sam impregnaba el aire, y era imposible resistirse a la natural pureza que emanaba. Era como un río fresco y lleno de vida.

  Después llegaron los malentendidos. Más bien, llegaron las preguntas no formuladas. Sam nunca supo responder. Sonreía con timidez y se metía las manos en los bolsillos. No entendía, por qué tenía que ser todo tan difícil, y tan simplificado al mismo tiempo.

  Sam creía que su madre tenía muy mal gusto, y digo su madre porque su padre creía no tenerlo. ¿Por qué le compraba siempre el mismo tipo de ropa? No es que no le gustase, pero hubiera preferido ser quien la eligiera. Salía a la calle y descubría variedad. Entonces, ¿por qué limitarse? Pero tal vez fuera mejor no preguntar, ya que nadie lo hacía. 

  Un día a Sam le gustó una persona. Le gustaba cómo se le encendían las mejillas, le gustaban sus ojos, su voz, sus bromas. Pero esa persona se desvaneció. Y la siguiente, y la siguiente. La sonrisa de Sam era demasiado transparente. 

  Si le preguntaras a Sam cómo fue su adolescencia, sentiría un escalofrío. Sam no había cambiado en absoluto, y ese era el problema. Pero le surgió una duda. ¿Qué era? ¿Qué no era? ¿Qué casilla tachar? Finalmente, Sam tuvo que agachar la cabeza. La luz del día le hacía daño. No quería ver, verse, nunca más. 

  Cuando Sam entró en el mundo de los adultos, descubrió cuán educados pueden ser los matones. La longitud de su pelo y las ropas que por fin Sam elegía parecían ser un interesante tema a debatir.  Sam se escabullía por la ventana, donde todo parece menos cuadrado, y se hacía preguntas. Sufría el síndrome de las casillas. 

  Un buen día, alguien se levantó, y le arrojó un ancla. ¿Qué eres? Sam miró, sonrió, y se encogió de hombros. Una lágrima verde temblaba en su expresión. ¿Qué opciones tengo?, preguntó. Y, rápidamente, contestó el silencio. 

  Sam, por suerte, nunca se apagó. Se limitó a ser, a buscar cumbres altas y no pensar demasiado.  Incluso fue feliz en algunos momentos. Pero no puedo evitar pensar, en lo difícil que debió de ser para Sam nacer tan pronto. He de admitir que incluso a mí se me han resistido las palabras, por lo que se me hace imposible imaginar una vida entera luchando contra las dos omnipotentes casillas, la rosa y la azul. Ojalá no existiera ningune Sam en el mundo. Ojalá Sam no necesitase entender el mundo. Ojalá el mundo comprendiera a Sam.




  

  

2017-04-04



  "¿En qué piensas?". Es una voz que está demasiado cerca para escucharla con claridad. Ni siquiera hago el amago de buscarla, simplemente dejo que rompa en mí, que se transforme en niebla. Pero su aroma a sal se enreda en mis distantes pupilas. ¿Que en qué pienso? Es como preguntar en qué respiro. 

  "¿Sabes quién soy?". Persistente voz. De tus sonidos cuelgan anclas. Te empeñas en enraizarte, y te perderás en tu propia espiral. Todos somos extraños, y nos cruzaremos con nosotros mismos sin reconocernos, y nos enamoraremos de algún antiguo yo. No intentes recordarte, tal vez sea la única forma de decirte "hola". 

  "¿Que ocurrirá si no despertamos?". Para estar dormido tendrías que existir. Y no hay forma de saberlo, amigo. Tú, yo, la nada. Saber que somos no sería sino una forma de ponerlo en duda. Y todo, absolutamente todo es maravillosamente cuestionable. Un solo pensamiento puede derribar cualquier mundo en un instante. Y, ese pensamiento, es tan incierto como quieras creerlo.  Entonces, ¿cómo sabrás que formulaste esta pregunta? ¿Qué sentido tiene mirar sin ver, en lugar de ver y no mirar? ¿En qué piensas?




2017-01-09




    A veces, los cementerios son lugar de reuniones. El pico del cuervo traza una elegante reverencia, y la luz de las estrellas se atenúa, como si alguien las hubiera soplado. Los muertos se miran de soslayo, con actitud serena, y bailan. Largos velos blancos se despliegan, y los pies descalzos sienten el frío tacto del rocío. La nube fantasmagórica avanza con pompa sobre el firmamento, y los sauces se inclinan levemente a su paso. Suena una melodía de piano, o quizá sea el canto del gélido viento, que besa una rosa negra y la hiela. Los murciélagos, complacidos, parpadean. La luna, hechizante mujer de ojos grises postrada en su trono de marfil y pieles, asiste la danza como anfitriona. Merodean por los alrededores, guardianes de la noche, sus albinos lobos, cuyo llanto estremece a las luciérnagas. Estas, ociosas, iluminan las tumbas de los asistentes. La noche avanza, y los bailarines giran, y desaparecen bajo sus deslumbrantes vestimentas, y luego sonríen, pues saben que son hermosas criaturas de la noche.

Erlazionatutako irudia

2017-01-04


  Había algo en su forma de no mirar las cosas cotidianas, en olvidar nombres y fechas, en perder la noción del tiempo, en desorientarse, en recorrer los tejados con la mirada como quien pasa un dedo sobre una barandilla... Había algo, algo hermoso, indescifrable, extravagante, ingenuo. Su rareza era un ave de pupilas distraídas. A veces musitaba cosas con demasiado sentido para que fueran racionales. No era especial, ni encantadora. Tal vez sea absurdo decir que tenía talento. ¿Podría considerarse estúpida? Es posible. Un buen día, llegó. Y como llegó, se evaporó. Sus vecinos dicen que vieron una delgada nube ascender, como sonriendo. Cuando les pregunté si alguna vez había sido otra cosa, me ofrecieron té y miraron por la ventana. El aroma que me impregnó cuando acerqué mis labios a la tibia taza era el mismo que ella hubiera rechazado ya frío. Eso mismo opinaba su gato gris, apostado en el alféizar haciendo gala de cierta elegancia nata. Su cola se enredaba en la cortina, y eso ella lo sabía muy bien. Una vez compró una cortina, aunque no fuera del tamaño de sus ventanas. Pero al gato gris no le gustó, por lo que se hizo un vestido con la tela. Os lo enseñaría, pero ese preciso vestido es el que ella llevaba cuando se evaporó. Y es una pena, porque os hubiera horrorizado. A ella también la horrorizaba, por eso estaba tan orgullosa de él. Tanto, que vendió tres a tres damas hipócritas que los pusieron de moda, y creo que fueron tendencia en las pasarelas por un tiempo. Pero ella no lo supo, porque nunca se enteraba de las cosas sin importancia. Podía pasarse horas observando los diferentes matices del ala de una mosca, y sin embargo ignoraba quién mentía en las elecciones. Y supongo que no le importaría en absoluto tener visión de microscopio. Me atrevo a asegurar que, si pudiera, rellenaría libretas sobre el olor de los bizcochos de nueces, manzana y canela que nunca se comía. Sabía más de poesía que los propios poetas, aunque jamás se dio cuenta de que era daltónica. Y, ¿era ignorante?  Tal vez, solo fuese.

Erlazionatutako irudia

2016-12-13

Mi Cuento de Invierno

winter's tale shakespeare bilaketarekin bat datozen irudiak

  Cuando el velo se descorrió, el tiempo se detuvo, y las luciérnagas o motas de polvo quedaron suspendidas. El Rey, cuyas violáceas ojeras delataban un largo invierno de insomnio y pesadillas, sintió frío. 

  El tiempo no se había atrevido a tocar el noble rostro, cuyos pulidos labios pronunciaron por vez primera las dulces palabras con las que el Rey soñaba al evadirse en los más brillantes astros. Su piel de mármol, lisa y delicada, cubría delicadas hebras de plata, y casi podía percibirse su calidez. Era tal el realismo de la estatua, que el Rey sintió que aquellos años de culpa y miseria no habían sido sino una ilusión. Que ella estaba exactamente allí, mirándolo con matices de tristeza y ternura, como si no supiera qué decir. 

  El Rey se acercó, tembloroso, temiendo que sus dedos deshicieran la magia. Pero la mano del monarca sintió el frío tacto de la de piedra. Entonces, con la visión diluida por las lágrimas, vio cómo la bella mujer parpadeó, con el clásico aire somnoliento. Entonces sus manos buscaron el rostro añorado, aquel que sucumbió bajo su propia vanidad.  Perdóname, susurró la voz rasgada. La estatua no respondió. Recibió su caricia, inclinando la cabeza tal y como lo haría el alma del fiel equino. 

  El viento aullaba fuera. Por primera vez en mucho tiempo, comenzó a nevar. El Rey, el más trágico enamorado, acercó sus labios a los de la antigua reina, y cuando encontró la nívea superficie, su simple roce evocó en su memoria aquella primera promesa. Tuya soy para siempre. Pero él, su despótico orgullo, la habían arrancado de la vida. Vida que sólo el más apasionado artista había podido crear, fuese con una pluma o un cincel.  Y aquella obra de arte, aquella esencia deslumbrante, congeló el corazón del Rey en aquel beso de mármol. Por primera vez en mucho tiempo, comenzó a nevar. 



2016-11-14






Hay historias que se escriben solas. No necesitan ser  contadas, porque simplemente existen, o no. A veces pensamos que tenemos introducción, cuerpo y desenlace. Pero no, no tenemos estructura. Hay existencias que son poesía en verso libre. Pero, ¿qué hacemos con ellas? Les contamos las sílabas. Las encadenamos, nos encadenamos a ellas. Como si fueran reales. Como si existiera una definición para la existencia objetiva. Y, una vez más, caemos en el error de inventar respuestas a preguntas que no entendemos. Rompamos una regla en nombre de las criaturas innombrables. Del infinito del cosmos, del mundo de las ideas tangibles. Asumamos que tenemos visión equina, que somos motas de polvo en un (...). No sé si soy real, y menos aún si tú lo eres. Pero sé una cosa…




O tal vez no.



2016-10-31

red riding hood painting bilaketarekin bat datozen irudiak


 
      En el fantasmal bosque, donde los cadáveres de la luna se hunden en las sombras, una capucha roja. Y un susurro. ¿A dónde vas tan sola? Brilla una mirada negra en la oscuridad. Es peligroso deambular por este páramo de noche. La capa roja ondea. Un chasquido. Menos mal que yo no soy un lobo feroz. Una silueta se yergue sobre los árboles, inclinada hacia delante. Relame sus labios retorcidos. Claro que, no son los mayores depredadores... Una mano calavérica ase con fuerza la capucha, y la atrae hacia sí. Esta se despliega y vuela. Titilan dos pupilas doradas. Y un susurro dulce.
Los depredadores son una presa fácil. La cuestión es, ¿quién caza al verdadero asesino?

  Suena un último acorde,
 en el fantasmal bosque:
 un aullido humano. 



2016-10-28

Cassie


   


   Una niña fue una vez a aquel pantano. Su muñeca se hundió en el lodo, y desapareció. Parecía sonreír cuando el fango la devoraba. Se llamaba Cassie.

  Cassie lloró, lloró y lloró. Su madre se enfadaría con ella cuando descubriera lo que le había ocurrido a su muñeca. Se había hundido, despacio, agónicamente, y sus pulmones de porcelana se llenaron de tierra. Y la niña permaneció inmóvil, mirando cómo Cassie se hundía y moría. La luna iluminó el pantano. Cassie introdujo los brazos en el lodo, pero no pudo sacar a la muñeca. Solo pudo tocar su fría mejilla.

  Cuando la niña llegó a casa, llena de barro y un rastro de lágrimas, su madré aparentó no enfadarse con ella. Pero Cassie sabía que no era verdad, y ese era el peor castigo. Su madre no puso comida en su plato, y al día siguiente, tampoco. La odiaba, lo sabía. Y no lo soportaba. Necesitaba que la quisiera. La mujer estaba alterada, tenía los ojos rojos, y lloraba frecuentemente. La niña intentaba consolarla, pero era ignorada. Por mucho que Cassie gritase, que rompiera cosas por rabia, su madre la ignoraba. Fingía no estar enfadada.

  Una noche, la niña soñó con Cassie. Soñó que aparecía, llena de barro, en su habitación. Estaba enfadada. "Mamá te quiere", le dijo. "No, me odia", dijo la niña. "Le daremos un abrazo", sentenciaron ambas. Entró en la habitación de su madre. Esta abrió los ojos, desorbitados, y gritó. Cassie, la niña, la abrazó tan fuerte, que la tocó. La atrajo hacia sí. "Nunca te soltaré, mama", le susurró entre lágrimas. "No me abandones nunca". 

  Madre e hija, en un pantano.
                                                Unidas por siempre.
                                                                                  Ahora Cassie no estaba sola. 






2016-10-24



"Sueño lúcido"
Tal vez no podía dormir...




2016-09-20




  "Sé el mejor, estudia", le decían a Johnny. Sabían que podía hacerlo. Él también lo sabía. Pero él se escondía en el fuerte de su habitación, rodeado de discos y dibujos de luces y sombras. "Arréglate, podrías conquistar a cualquier mujer", le decían a Johnny. Él lo sabía. Pero él acechaba con sus ojos profundos tras un largo flequillo azabache, y se enfundaba en ropa tan ancha que a veces parecía vacía. "Búscate un buen trabajo, te proporcionará estabilidad", le decían a Johnny. Él lo sabía. Pero él se pasaba los fines de semana gritándole a una guitarra en antros mal iluminados y llenos de humo. "Preséntanos a alguna novia, estamos deseosos de verte felizmente enamorado", le decían a Johnny. Él lo sabía. Pero él estaba obsesionado con un camarero pálido de ojos grises, y eso lo sabían los rostros anónimos que escuchaban los desgarrados aullidos de su alma rota en escenarios abarrotados. "Queremos que nos digas por qué no eres feliz, ahora que por fin estás triunfando", le decían a Johnny. Él lo sabía. Pero él era apasionado cuando sonaba el primer acorde de guitarra. Entonces se transformaba en una auténtica bestia, un monstruo de poesía a gritos, bombeando su frenética sangre en violentas convulsiones, con la melena azotando sus hombros desnudos y la mirada en llamas. Ahí emergía la verdadera esencia de Johnny, el alma candente y las murallas derribadas. Sus sentimientos  escapaban de su boca, vibrantes, salvajes y tan tangibles que te quemaban. 

  Una noche, el camarero pálido de ojos grises lo vio en el escenario, e inevitablemente, se enamoró de él. Cuando, al finalizar la última canción, sus miradas se encontraron, ambos se dieron cuenta de que eran reales, que podían tocarse, y se escaparon juntos, muy lejos, a perderse.

  "Nadie puede comprenderte", le dicen a Johnny. Él lo sabe. Y le encanta. 



2016-08-16

La niña que salió a volar en una tormenta



Los árboles temblaban. La atmósfera, húmeda, se cristalizaba por momentos. Reinaba una extraña quietud. La niña era una muñeca de hielo, inmóvil, minúscula bajo un inmenso mar de nubes. Apenas sentía el cosquilleo de su cabello, ondear suavemente a su alrededor. Pero su mirada se halla muy lejos. Está empapada, acometida por terribles embestidas del furioso viento. Ella es intermitente. Parpadeos azulados laten bajo su fina piel, como en una bombilla defectuosa. Ella  es una gota casi transparente, a punto de evaporarse en un mundo de acuarela naranja y gris, donde la pintura se aglomera y ramifica, y se extiende, y estalla, y ruge. Es un mundo de dragones invisibles.




Imagen de sky, grunge, and lightning


2016-04-09

Pensamientos azules



  Natalie abrió el armario de madera y cogió una caja de latón. Quitó la tapa, sacó una bolsita verde y la volvió a cerrar con cuidado. La colocó exactamente donde estaba, junto al tarro de cereales, y cerró el armario. Introdujo la bolsita en una pequeña taza de té, previamente colocada en la mesa sobre un plato de cerámica que debía ser del mismo juego. Puso agua a hervir y esperó. 

  Absorta en el silencio, su mirada enfocaba perezosamente las flores azules que temblaban de lo frío que era el color del cielo. Volvió a ella esa inquietante sensación, de que era una extraña en aquella habitación. Había contemplado tantas veces los escalofríos de aquellos pensamientos púrpura, provocados por el viento, agitando sus pétalos como campanillas, que para ella eran sus compañeros de tormenta.  Había memorizado tantas veces el estampado de las largas cortinas amarillas, que podría dibujarlo con los ojos cerrados. Había añorado tanto las imágenes de niños correteando por el campo en primavera, que lo lejano de los marcos colgados en la pared la hacía estremecer. Son sólo fantasmas, se decía. 

  Salió de su ensimismamiento cuando advirtió que ya casi eran las ocho. Debo darme prisa, Margaret bajará en cualquier momento. Apagó el fuego, asió la jarra de agua caliente, y la sirvió en la taza. Sacó de un cajón una servilleta y una cucharilla de metal, y las colocó a ambos lados de la taza humeante. Cielos, la miel. A Margaret le gusta el té con miel. Apurada y mirando el reloj de reojo, introdujo la cucharilla en un tarro de cristal, la giró en la miel, y después la dejó resbalar en el interior de la taza, donde la bolsita había teñido el agua de un color oscuro. Colocó una pasta de mantequilla en el platito y lo recogió todo. Se escuchó el leve sonido de los calcetines de Margaret bajando las escaleras de madera, y el murmullo provocado por el roce de su mano derecha al recorrer la barandilla. Natalie, con el corazón desbocado, comprobó que todo estuviera en su sitio. 

  Margaret tomó asiento en la mesa, y miró fijamente la taza de té. Son sólo fantasmas, se dijo. 





  

2016-03-28



   Siento una gota de sangre en la muñeca. Disminuyo la presión de mis uñas, pero el dolor sigue ahí. El dolor imaginario.

  Arrojo lejos la mirada, rebota en la pared. Vuelve. No puedo evitarlo. 

  Intento imponer un ritmo a mi respiración, pero es inútil. Mis engranajes chocan entre ellos, se aceleran, desencajan. Estoy desprogramado.

  
  Mientras tanto, el reloj no suena. ¿Qué cojones le ocurre? Hay demasiadas cosas en esta habitación que no funcionan. La puerta se ha hecho pequeña, ya no sirve de nada huir. Sé que esa persona frente a mí, que imanta todos y cada uno de mis pensamientos, me perseguiría. Nunca me alcanza, pero se queda ahí, observando. 

  Su presencia me inquieta. Ese mirar inquisitivo se me adhiere a la piel y me obstruye las venas. Camina alrededor, entre las sombras, y a veces pasa tan cerca que se me hiela el corazón. Y todo se amplifica, en esta sala de espejos.