“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2017-04-24

Sam




  Sam nació una mañana de abril. Cuando sus valiosos ojos verdes tocaron la luz, se bañaron en lágrimas, y toda la habitación resplandeció. Y es que Sam brillaba con luz propia. Su cuerpo era sano, y sano su espíritu... pero aún no sabía cómo era el mundo. 

  Los primeros años fueron felices. La fragante risa de Sam impregnaba el aire, y era imposible resistirse a la natural pureza que emanaba. Era como un río fresco y lleno de vida.

  Después llegaron los malentendidos. Más bien, llegaron las preguntas no formuladas. Sam nunca supo responder. Sonreía con timidez y se metía las manos en los bolsillos. No entendía, por qué tenía que ser todo tan difícil, y tan simplificado al mismo tiempo.

  Sam creía que su madre tenía muy mal gusto, y digo su madre porque su padre creía no tenerlo. ¿Por qué le compraba siempre el mismo tipo de ropa? No es que no le gustase, pero hubiera preferido ser quien la eligiera. Salía a la calle y descubría variedad. Entonces, ¿por qué limitarse? Pero tal vez fuera mejor no preguntar, ya que nadie lo hacía. 

  Un día a Sam le gustó una persona. Le gustaba cómo se le encendían las mejillas, le gustaban sus ojos, su voz, sus bromas. Pero esa persona se desvaneció. Y la siguiente, y la siguiente. La sonrisa de Sam era demasiado transparente. 

  Si le preguntaras a Sam cómo fue su adolescencia, sentiría un escalofrío. Sam no había cambiado en absoluto, y ese era el problema. Pero le surgió una duda. ¿Qué era? ¿Qué no era? ¿Qué casilla tachar? Finalmente, Sam tuvo que agachar la cabeza. La luz del día le hacía daño. No quería ver, verse, nunca más. 

  Cuando Sam entró en el mundo de los adultos, descubrió cuán educados pueden ser los matones. La longitud de su pelo y las ropas que por fin Sam elegía parecían ser un interesante tema a debatir.  Sam se escabullía por la ventana, donde todo parece menos cuadrado, y se hacía preguntas. Sufría el síndrome de las casillas. 

  Un buen día, alguien se levantó, y le arrojó un ancla. ¿Qué eres? Sam miró, sonrió, y se encogió de hombros. Una lágrima verde temblaba en su expresión. ¿Qué opciones tengo?, preguntó. Y, rápidamente, contestó el silencio. 

  Sam, por suerte, nunca se apagó. Se limitó a ser, a buscar cumbres altas y no pensar demasiado.  Incluso fue feliz en algunos momentos. Pero no puedo evitar pensar, en lo difícil que debió de ser para Sam nacer tan pronto. He de admitir que incluso a mí se me han resistido las palabras, por lo que se me hace imposible imaginar una vida entera luchando contra las dos omnipotentes casillas, la rosa y la azul. Ojalá no existiera ningune Sam en el mundo. Ojalá Sam no necesitase entender el mundo. Ojalá el mundo comprendiera a Sam.




  

  

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