“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2017-08-09

La estrella del dolor



  Nada. No había absolutamente nada en el arcón del sótano.

   Así como entendía que la oxidada llave produjera un sordo chasquido dentro del cerrojo... Así como era lógico que las bisagras emitieran un chirrido horrible, tras tantos años selladas... Así como esperaba que las retorcidas escaleras de madera, mordisqueando el terso silencio, crujieran bajo una película de endurecido polvo...  Así como naturalmente el plomizo aire, en su vengativo beso de amante despechado, vertía su encerrado aliento en mis pulmones... Así como para mi alivio y tormento la completa oscuridad confundía la realidad con mis más aberrantes pesadillas... El arcón... estaba completamente vacío.

  Mis uñas, largas y rotas, encontraron el consuelo de la carne en mi rostro, deformado en un inhumano gesto de desesperación. Lo sé porque frente a mí se erguía un opaco espejo, sepultado bajo el espeso polvo que se adueñaba de aquel agujero del horror. Mis manos corrieron a deshacerse de las motas pegajosas que representaban incontables noches de insomnio. Pero la sangre que cubría mi rostro se adhirió a la repugnante superficie, y no pude ver más que retazos de una expresión pálida y desfigurada. Sus ojos desorbitados, inyectados en locura, estaban a punto de estallar. ¡Era él! ¡Era yo! ¡Era el tan ansiado heraldo del descanso, que venía a rescatar mi alma y por fin llevarla al infierno! No grité de alegría, pues los sonidos que emití distaban enormemente de ser humanos. Aullé, grazné, relinché en endemoniado alarde de éxtasis, me revolqué por el suelo y las astillas quebrando mi enfermiza piel echaron leña a mi profana algarabía y avivaron los desgarrados sonidos que salían de mi garganta. ¡Por fin iba a ocurrir! ¡Por fin ardería por la eternidad, libre de aquella pesadilla! ¡El arcón estaba completamente vacío!

  Guardé silencio, y me incorporé. Por un instante, mi semblante volvió a su forma natural. Pero por poco tiempo, pues al escuchar un musical chasquido, seguido por un chirrido horrible y lentos quejidos... mis facciones se contrajeron, la piel se estiró y los ojos emergieron de sus respectivas cuencas, presa de una emoción obsesiva, magistral...  Los arañazos estimulaban el compulsivo fluir de mi sangre, la cual vibraba en pulsaciones aceleradas, ardientes. ¡Alguien se acercaba!

  Presa de la emoción, mis ojos se dirigieron hacia el espejo. ¡Qué maravillosa idea se me acababa de ocurrir! Saltando sin control, tapándome la boca para ahogar agudos chillidos. Me escondí tras el majestuoso espejo y espere. No pude evitar dejar escapar una traviesa risilla, ¡pues qué momento!
-¿Hay alguien... ahí?-Era la inconfundible voz de una chiquilla. ¡Qué emoción! ¡Una vida tan tierna! ¡Qué sorpresa se iba a llevar!

  Asomé un ojo desde un lateral del marco. ¡Si ella me viese! Caminaba con miedo, una pequeña linterna en la mano derecha, y en la izquierda... ¡un tembloroso cuchillo! ¡Magnífico! Impaciente, hice que emergiera del genial escondite el rostro entero, y permanecí a la espera. Cuando la luz de la linterna rebotó en el espejo, ahora atravesado por rastros de mi propia sangre, vi su iluminado rostro contraerse de terror. Y el reflejo de la luz en el espejo iluminó el lento recorrido que formularon sus petrificados ojos, hasta encontrarse con los míos. ¡Me había encontrado! Entonces le sonreí, todo lo que pude, estirando la piel de las mejillas hasta que se me desencajó la mandíbula y se abrieron las heridas, y el sabor de la sangre me llegó al paladar, ¡pero seguí sonriendo todo cuanto podía! ¡Y mis ojos, rebosantes de alegría, también sonreían todo lo que podían! La chica gritó, con voz humana, dulce, estridente... ¡Y yo salté, salté a abrazarla, a abrazarla muy fuerte! ¡Y lo conseguí! Logré llegar a la jovencita, mi rostro se hundió en su blando pelo, y permanecimos así, sin movernos... ¡Era tan increíble!¡Nunca lo olvidaré! ¡Nunca!




  ¿Qué es el dolor? La gente ignorante, aquellos que no saben, solo parlotean... Ellos dicen que el dolor es una sensación del cuerpo por una causa concreta. Eso mismo pensaba yo, cuando jamás lo había sentido realmente. El dolor verdadero, lo conocen única y exclusivamente aquellos que han nacido bajo la estrella más desolada, aquella cuyo resplandor violáceo, invisible para la mayoría de las criaturas que moran superficie alguna, incrusta una hechizada estela en la mirada de aquel que pueda mirarla directamente. Este fulgor, como la mayoría de los encantamientos ocultos y extraños que ningún libro ha osado recoger, se arrastra frenéticamente hasta alcanzar el umbral del alma, y ahí se enraíza y extiende como la más vil de las ponzoñas. No hay forma de escapar de esta energía milenaria, más anciana que la existencia misma, que entrelaza mediante sus afiladas garras tu destino con la más cruda desdicha. Y es así, por fuerza de designación o azar, como se traza el rumbo de las más retorcidas historias que solamente pueden ser susurradas con miedo por criaturas horripilantes del Inframundo. De esta, y ninguna otra forma, nace el dolor.


  La joven abrió los ojos, asustada, y probó a incorporarse lentamente. Sufrió una arcada al encontrarse frente a frente con mi cadavérico rostro, surcado de heridas en carne viva, los ojos entornados y acuosos y la lengua colgando flácida, cubierta de espuma. Sacó reteniendo las náuseas el cuchillo de mi estómago, ya inerte y frío, dejando fluir una considerable cantidad de espesa sangre negra. Respiró hondo. Se cercioró de que todo aquello era real, y no su más horrenda pesadilla. Y, apartándose el pelo del rostro, arrastró mi cuerpo sin vida hasta el arcón, aún abierto. Al haber sido yo un hombre alto, tuvo que retorcer mis extremidades, con algún que otro crujido, para introducirme en él. Finalmente, lo cerró de un golpe seco.

  Ella estaba todavía sosegada, la mente fría y transparentes las ideas. Había cerrado a conciencia aquella puerta maldita, y la llave descansaba en el cajón de su mesilla de noche. Lo había comprobado varias veces. Se había limpiado la sangre de la aterciopelada piel, y ahora lucía increíblemente hermosa, envuelta en un vaporoso camisón blanco en su ventana. La luna aportaba a su perlada piel un tinte azulado, pero no era aquel el destello que imantaba las pupilas de aquella joven. Una estrella de luz violácea había aparecido aquella cristalina noche en el firmamento. Y seguirá brillando, cada luna con más intensidad, en los hechizados ojos de aquella hija del dolor. Hasta que en el arcón del sótano... no haya absolutamente nada.







 

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