“The reason birds can fly and we can't is simply that they have perfect faith,

for to have faith is to have wings.”

Peter Pan, J.M. Barrie


2014-09-22

Lady Rainbow



  No. Sé lo que estás pensando. Y no. No voy a empezar a contarte un cuento maravilloso junto al mar. Esta vez no. Supéralo, ¿vale?  

  Será un día soleado. O... no, mejor un día lluvioso de esos en los que serías feliz haciéndote una bolita bajo las sábanas para siempre jamás. El despertador ha interrumpido de golpe el mejor sueño de tu vida. Tienes un sueño atroz, tu pelo ha decidido plantarle cara al peine, te ha salido un horrible grano en la nariz y hace un frío de perros. No, no es un día diez. 

  No encontrabas el paraguas, por lo que has salido corriendo un minuto antes de las siete y media y, cuando has pisado la parada, el autobús ha cerrado las puertas y se ha reído en tu cara. Además de jadeante y frustrado, estás empapado de pies a cabeza, tanto que si te zambulleras en aquel charco de allí, mojarías el charco. 

  Arrastras tus entumecidos pies hasta el portal de tu casa, y al palpar el bolsillo interior de tu cazadora caes en la cuenta de que las llaves que deberían estar ahí, no lo están. Estupendo, gruñes, el único día del mes en el que mis padres no están en casa. Bueno, sé positivo, al menos tienes unas cuantas monedas para el autobús de línea que pasa en veinte minutos. Vuelves a la parada exhibiendo tu mejor sonrisa suicida y ni siquiera te molestas en refugiarte de la lluvia, ya forma parte de ti. 

  Percibes tras el manto de lluvia la cálida luz de una heladería que acaba de abrir. ¿Quién compraría un helado con estas temperaturas?  ¡Es de locos! Sin embargo, te acercas movido por la curiosidad y por simple aburrimiento. 

  La puerta es amarilla, y un educado letrero adornado con el dibujo de una rosa te da la bienvenida. El local está pintado de verde lima, las mesas son redondas y blancas, y los asientos parecen de lo más cómodos. En el techo cuelga una peculiar lámpara de araña que proyecta destellos plateados en una decena de jarrones de cristal repletos de todo tipo de flores que aportan un toque colorido a la estancia. En el mostrador se aprecian delicias heladas de toda clase: queso y mermelada de frambuesas, chocolate noir con miel y esencia de canela, dátiles y crema de menta...

  -Buenos días, ¿qué desea?
Un amable anciano te sonrié tras el cristal al que te has quedado mirando embobado. ¿Qué diablos ha pasado? Has entrado en la heladería sin darte cuenta dejando un rastro de agua a tus espaldas. Consultas tu reloj de muñeca. El autobús de línea debe de estar a punto de aparecer entre la lluvia. Te dispones a decir algo totalmente estúpido y a salir disparado cuando tu mirada se encuentra con un helado en especial que atrae tu atención. El "Lady Rainbow". 
-¿Qué sabor es?-susurras ensimismado.
-No es un sabor común.-dice el anciano, con un misterioso brillo en su mirada gris.-Es algo totalmente diferente. Algo...mágico.



  La lluvia arremete con fuerza contra los cristales. Sobre los tejados de los edificios, ha aparecido una fina línea de luz. Sientes que la ropa ya se ha secado, y el rubor ha vuelto a tus mejillas al mismo tiempo que el dulce calor a tu cuerpo. Hace tiempo que ha llegado el autobús rojo. Pero no había nadie esperando. Las calles están vacías. Un paraguas rosa hace cabriolas en el aire por el fuerte viento. Todo el mundo duerme o finge estar despierto delante de unos libros. Todo el mundo, menos la extraña persona que se encuentra en una heladería con los ojos cerrados frente a un recipiente vacío de helado mágico. 







2014-09-15

Anna Bécker


  

  Siempre pensé que todo el mundo tenía una historia. Y así es, pero no de esa forma. Creía que todos teníamos un objetivo, algo importante que hacer en la vida. Cenicienta tenía que perder un zapato de cristal para que el amor de su vida la pudiera encontrar. Pero, ¿y si la Bella Durmiente no hubiera recibido aquel beso? ¿Y si nadie hubiera dejado una manzana en la mesa del Olimpo con una nota que dijera "Para la más hermosa"? ¿Y si Alonso Quijano no hubiese abierto aquel libro de caballerías que lo trasladó a la locura?

  El viento ululaba al arañar las negras ramas de los árboles. Las nubes proyectaban espectros en los muros de cemento. La blanda tierra alfombrada de musgo se hundía bajo mis pisadas. Anna Bécker. No sabía quién era Anna. Ni siquiera la había visto nunca. Me pregunté cómo sería. Quizás fuera una chica morena de ojos verdes, cabello almendrado y sonrisa tímida. O puede que una  pelirroja con inocentes pecas, rizos rebeldes y voz cálida. Podía haber sido una gran pintora, una soprano deliciosa, la más inteligente de su clase...

  Sin saber el motivo, había llegado a sentir un gran afecto por la misteriosa Anna. Fuera quien fuera, estaba segura de que había sufrido por amor, discutido con sus padres, reído, llorado, suplicado, perdonado, odiado, abrazado... Seguramente le gustaran los dulces, el verano, las Navidades, la música, las tardes en buena compañía... Pensándolo bien, habría tenido mucho en común con Anna Bécker, quizás incluso hubiéramos llegado a ser íntimas amigas.  

  Pero, ¿habría sabido realmente Anna ser feliz? ¿Habría tenido su propia historia? ¿Habría vivido junto a las personas indicadas? ¿Habría sabido apreciar aquello que la hiciera dichosa? Tantas preguntas para ninguna respuesta...

  Dediqué una tierna sonrisa a Anna, introduje las manos en los bolsillos y di media vuelta. Me alejé con la mirada perdida en ninguna parte cuando el plateado disco de la luna roció de noche la lápida de Anna Bécker, mientras yo me preguntaba cuál había sido su historia.